Todos duermen 18
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A pesar del incidente con la abuela, me esfuerzo por que el resto del día sea normal. Trabajo, lectura, comidas.

En cuanto anochece, cierro los postigos y corro las cortinas.

Me siento en el sillón y, luchando contra la modorra que me ha provocado la infusión, veo un rato la tele hasta la medianoche.

Después empiezo el rito.

Porque no voy a dormirme.

Me calzo las zapatillas suaves que amortiguan el sonido de mis pasos.

Quito el polvo de los muebles, repaso la colección de globos terráqueos de papá. Como cada víspera, los bajo con sigilo de las estanterías, los deposito en el suelo y les paso un plumero con suavidad.

Lo siguiente es encerar el suelo del estudio de mamá.

Aplico la cera. Hay que dejarla secar media hora.

Me siento en el sofá. Al apoyar la cabeza en el respaldo, noto una rozadura en la nuca.

Me entra un escalofrío al recordar el sonido de las uñas de la abuela en la madera de la puerta.

Me recuesto contra uno de los brazos y me tapo las piernas con la manta de color azul.

Un fuerte tirón en los pies me despierta.

Inspiro. Intento inspirar. Pero estoy aspirando agua.

Se me están llenando los pulmones de agua.

Abro los ojos, estoy rodeada de agua negra, fangosa.

La manta se separa con movimientos ondulantes de mis piernas.

El sofá, reblandecido como un cartón empapado, va a ceder en cualquier momento.

Lo desgarro al intentar levantarme. Como a las hormigas que a veces encuentro en el lavabo, el agua me arrastra en un remolino, por el desagüe, el sifón, hasta llegar a la cloaca y al mar.

El agua es tan negra que cierro los ojos para no cansarlos con el esfuerzo de intentar ver.

Noto la presión en los oídos. Quiero cubrírmelos con las manos, pero otras manos me las sujetan.

Abro los ojos. Son ellos. Lo que queda de ellos tras cinco años bajo el agua, jirones de carne, cuencas vacías, moluscos habitándolos y cubriéndolos.

Mamá me coge la mano izquierda; papá, la derecha.

Intento zafarme, pero, aunque sus manos apenas tienen residuos de músculos, me sujetan con fuerza.

Me arrastran hacia el fondo, hacia dos círculos luminosos que reconozco, son los faros del coche.

Una pequeña parte de mi cabeza me dice que no debo tener miedo, son ellos, son papá y mamá.

Esa minúscula parte que conserva un punto de cordura huye de mí en cuanto esos restos de carne y huesos que habían sido mis padres empiezan a hablarme.

La mandíbula de mi padre casi se desencaja en unas carcajadas feas, agrias, sarcásticas.

—Mírala, la pequeña parásita, la impedida, la niña mimada.

El cuerpo de mi madre me habla también. Ella no ríe, pero tampoco sé si está llorando. Sin ojos y en el agua oscura no se pueden distinguir las lágrimas.

—Pobrecita, pobrecita, pobrecita.

Apoya su cabeza, cubierta por unos pocos pelos descoloridos, en mi pecho y veo entonces en su nuca el punto por donde se ha partido. Repite sin cesar esa palabra, «pobrecita», que retumba en mi interior como si cada sílaba fuera un golpe de baqueta.

Tengo que salir de allí, huir, abrir los ojos, abrirlos de verdad.

Tiro de los párpados. Se niegan a subir.

Me zafo. Corro por el fondo del mar, pesada, torpe. Ellos, en cambio, se mueven a mi alrededor, trazando suaves curvas como delfines.

—Pobreciiita.

—Pequeña parásita.

—Pobre..., pobrecita.

—Niña mimada.

—Impedida.

—Pobrecita impedida.

—Pobreciiita.

—Ven con papá y mamá.

—Ven, ven.

No puedo gritar porque no tengo aire.

Pero parece que sí lo he hecho porque de pronto unas manos me agarran con fuerza y oigo mi nombre. Primero lejos, después muy cerca de mi oído.

—¡Ana!

Abro los ojos. Estoy en el suelo, Elisa me abraza.

—¡Son ellos, son ellos! Vienen a buscarme.

—Ya está, ya pasó.

Miro alrededor. Es la casa, es Elisa. Aquí estoy bien. Aquí estoy segura. Pero sigo oliendo la sal y el yodo mientras me acompaña al dormitorio.