Todos duermen 17
27%

17

Víspera.

Elisa sube cargada con la compra. Le abro la puerta y vamos juntas hasta la cocina, donde deja la bolsa sobre la mesa.

Cuando suelta las asas de tela, veo las marcas blancas en su mano.

Elisa sonríe satisfecha con cada producto que saca.

Yo los cojo uno a uno y le explico en qué habitación voy a usarlos.

—La cera para el suelo del estudio de mamá, este limpiador para el baño, esto para...

Después los guardo.

Después recorremos la casa.

Después volvemos a la cocina.

Después Elisa dobla la bolsa.

Después le pregunto qué flores les va a llevar este mes.

—Rosas rojas. Mañana es San Valentín. ¿Te parece bien?

—Claro.

En la cabeza, siento la voz de la abuela, fea, desdeñosa, «Estás loquito por esta mujer», y veo la expresión dubitativa de Elisa.

—¿Por qué tendría que parecerme mal?

—Voy a buscarlas a la floristería para que las veas.

Se marcha.

Demasiado tarde, me doy cuenta de que hemos cometido un error. No hemos cerrado la puerta con llave. El sonido de los pies de la abuela ya alcanza los últimos escalones. Corro y llego justo a tiempo para empujar la madera, robarle los pocos centímetros que había ganado y girar la llave.

—Pero..., pero..., ¡Ana!

Me siento en el suelo con la espalda apoyada en la hoja de la puerta para reforzarla. Noto primero el empujón fallido con que ella trata de abrir. Después, los golpes que da.

Yo permanezco en silencio, apretando la espalda.

—¿Por qué no me abres?

No respondo.

—¿Qué te he hecho yo? Si solo quiero tu bien.

Pasa la mano por la puerta como si la acariciara.

—Sé que me oyes, que estás al otro lado.

Mi silencio es el resultado de un esfuerzo cada vez mayor por no gritar.

Repite su petición en susurros, mientras araña la puerta. Siento cada uno de sus dedos afilados sobre mi espalda; la voz falsamente zalamera de las brujas de los cuentos cuando engañan a los niños.

—Solo quiero contarte algunas cosas y saber cómo estás.

Pero no olvido la trampa que me tendió.

Se echa a llorar.

—Es por tu bien. Es lo único que quiero, tu bien —hipa.

Les ordeno a las piernas que se levanten y me saquen de allí, pero no me obedecen.

—Solo quiero hablar contigo. No te haré nada, nena.

Araña la puerta con más fuerza. Sus uñas se me clavan en la nuca, en la columna.

—Vete, abuela —logro decir en voz baja—. Vete, por favor.

—Tú sabes que la abuela siempre te ha querido.

Es otra voz, la de la abuela que me contaba historias, me regalaba muñecas, me pasaba los dedos por el pelo y me decía que era su nubecilla...

—Vete, abu. Por favor.

Logro incorporarme. Apoyo las manos en la madera.

—Abre, por favor. Hay cosas que tienes que saber. Tienes que saber que ellos...

—¡Abuela! ¿Qué haces ahí?

Elisa. Otra vez llega a tiempo. Estaba a punto de abrirle la puerta.

—¡Baja de inmediato!

—Tengo que hablar con ella, tengo que decirle que...

—Que bajes, te he dicho.

Pego la oreja a la puerta. La abuela baja los escalones cada vez más deprisa, espoleada por la impaciencia de Elisa, que sube pocos minutos después.

—¿Cómo estás?

Le digo que bien, pero ella me toma el pulso.

—Está acelerado. Será mejor que calmemos un poco los nervios.

Mientras me prepara una de sus infusiones, me dice:

—Esta mujer cada día está peor. Tal vez sea hora de ponerla en manos de profesionales.

—Sí. Tal vez sea lo mejor.

—Lo mejor para todas.