Todos duermen 16
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Después de que Elisa la reprendiera, la abuela dijo que ella tampoco iba a salir más de casa. Se encerró con un portazo en su habitación y anunció que iba a escribir un libro, la historia de la familia.

Ahora Elisa está al cargo de dos reclusas, aunque la abuela hace trampas, ya que a veces se escapa de casa.

Es la diferencia entre necesidad y capricho.

Yo la veo abandonar su encierro cuando mi hermana se va a hacer recados o a trabajar; aprovecha su ausencia para darse un paseo.

También para comprar ginebra, su bebida favorita, trago de reinas, transparente y limpio.

Ginebras caras, exclusivas, que, me imagino, sigue bebiendo en los vasos de la cristalería que habían comprado el abuelo y ella en Murano durante su viaje de novios.

«Nada de colorines», le dijo por lo visto el abuelo al artesano.

Le exigió formas puras y transparencia, pagó y dejó la dirección a la que tenía que llegar la cristalería.

El centro de mesa con pie de plata y forma de campana ondulada se quedó en mi parte de la casa. Allí pongo chuches.

En previsión de que la abuela venga a incordiarme, Elisa ha puesto una cerradura en mi puerta. Solo ella y yo tenemos la llave. Una suerte, porque, a pesar de la prohibición, algunas veces la abuela sube mientras mi hermana está fuera.

En cuanto oigo sus pasos en la escalera, siempre los oigo, me levanto corriendo y compruebo que la puerta esté cerrada con llave, después me meto en el estudio de mamá, que está insonorizado. Así no la oigo. Como mucho, me alcanzan sus primeras palabras.

—Ábreme, por favor.

Pero interpongo otra puerta que apaga su voz. Y música. Me siento en el sofá con los ojos cerrados y las manos sobre el regazo, como hacía mamá.

—Cuando se escucha música, se escucha música —decía.

Yo me sentaba a su lado en el sofá del salón o en el de su estudio imitando su posición.

—¿Qué ponemos hoy?

—Lo que tú prefieras, mamá.

En sus últimas semanas, ella parecía obsesionada con una canción del Spanisches Liederbuch de Hugo Wolf. Aunque a mí me gustaba más la versión de Schumann del mismo texto.

«Alle gingen, Herz, zur Ruh. Alle schlafen, nur nicht du.»

El alemán es la lengua de las horas compartidas escuchando música con mamá, es la lengua de los Lieder . Es la lengua que aprendí para estar más cerca de ella.

No he vuelto a escuchar el Lied de Wolf. Tampoco el de Schumann.

Pero sigo sentándome firme para escuchar música, concentrada.

Hoy busco algo opulento. Pongo los Vier letzte Lieder de Richard Strauss, me acomodo en el sofá y siento a mamá tan cerca que inclino la cabeza a la derecha buscando su hombro.