Todos duermen 15
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La doctora Molina venía a casa. Me trataba en el primer piso; la planta baja se había inundado.

—¿De qué tienes miedo?

—De que vuelva a pasarme.

—¿Qué?

—Eso.

—¿Qué es eso?

—Lo que me pasó.

—Descríbemelo.

—¿Otra vez?

—Sí, con tus palabras.

—Eran mis palabras.

—Busca otras.

—¿Por qué? Esas eran mis palabras.

—¿Temías morirte?

—¿Temías volverte loca?

—¿Temías perder el control?

—No.

—No.

—No.

—¿Qué era?

—Era lo que me pasó. Y no quiero volver a sentirlo.

—Descríbelo.

—No puedo. Si lo hago, vuelve.

—¿Tienes miedo al miedo?

—¿He dicho eso? Tengo miedo de que me vuelva a pasar lo que me pasó.

—Esfuérzate.

Me esforcé tanto. Arañé hasta el fondo de las palabras que tenía para encontrar el modo de describirle a la doctora lo que sintió mi cuerpo, lo que pasó por mi cerebro ese día.

Busqué símiles y metáforas, que ella simplificaba como en un comentario de texto escolar.

Busqué más metáforas y más símiles. Algo que la aproximara a aquello que me cayó encima, me cortó la respiración, me llenó los pulmones de agua; algo que les hiciera imaginar cómo se siente un corazón dando saltos enloquecido porque las costillas se van a quebrar como palillos y todo el peso del océano va a caer sobre él, cómo los brazos y las piernas se deforman como barritas de plastilina aplastadas por dedos gigantes...

¡Cuánto me esforcé! Nada anhelaba más que librarme del miedo.

Deseaba tanto volver a ser la de antes, que hice todo lo que ella me pidió: ejercicios de respiración, hablar, hipnosis, hablar más...

Y una y otra vez intenté cruzar la puerta de la planta que por entonces todavía compartía con Elisa.

Hasta que un día, mi hermana, al verme en el rellano de la escalera hecha un amasijo de miseria, temblando y llorando mientras la doctora me instaba a levantarme, dijo basta.

—Creo que es suficiente de momento.

Me levantó y me metió en mi cuarto. Después habló con la doctora Molina.

—Está de acuerdo conmigo en que en estos momentos no te encuentras en condiciones —me explicó.

Del mismo modo que era difícil explicar lo que sentía cuando me atenazaba el pánico, me faltaron las palabras para expresar la forma particular de alivio que experimenté, no se trataba solo de aligeramiento, era liberación, era indulto.

La abuela no estaba conforme.

—Pero ¿no ves cómo sufre? —replicó Elisa.

—Es necesario, para que pueda superarlo.

—¿Necesario? ¿Te parece necesario verla en el suelo llorando de puro miedo?

—¿Y a ti te parece normal que no pueda salir de casa de puro miedo?

—Ya lo hará. Cuando esté preparada.

—¿Y cómo?

—Yo me encargaré. Asesorada por la doctora Molina.

La abuela la miró con escepticismo y yo la odié porque parecía empeñada en robarme la paz que acababa de serme concedida.

—¿Estás otra vez borracha, abu? —solté.

Casi se pudo oír cómo el dardo hendía la carne y se le clavaba en el corazón. Se marchó llorosa. No me importó.

—A partir de ahora, te cuidaré yo, solo yo.

Elisa, mi hermana escudo, mi hermana paraguas, mi hermana dique, mi hermana barrera...