Todos duermen 14
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—Quiero quedarme aquí.

—Tienes que intentar salir, Ana —era la voz de la doctora Molina, la psiquiatra que me visitaba entonces y sigue ahora mi tratamiento.

Se estaba despidiendo de mí tras una sesión de terapia. Mi hermana había subido al final de la hora para acompañarla abajo.

—No voy a poder.

—Inténtalo, Ana.

Ya estaban en el rellano de la escalera. Me tentaba cerrar la puerta, dejar fuera de mi vista sus exigencias, que para mí eran amenazas.

—Pero...

—Tienes que intentarlo, Anita.

—Mañana —a Elisa no se lo podía negar.

—Muy bien. —Mi hermana, orgullosa de mí, miró a la doctora—. Mañana haremos una salida.

Apenas dormí esa noche.

La abuela se despidió de mí en la puerta de casa agitando la mano como si estuviera a punto de emprender un largo viaje. Elisa me llevaba del brazo mientras cruzábamos la cancela del jardín, pasito a pasito.

—Muy bien. Muy bien —me decía al oído, y a mí me sonaba como si me hablase desde lejos, desde la puerta de la casa, que quedaba a mi espalda.

Llegamos a la esquina. Me volví para ver la casa.

La abuela asomaba medio cuerpo, seguía atenta nuestros avances.

Me hizo con la mano el gesto de empujar el aire.

Me detuve. Elisa me apretó el brazo con fuerza y me instó a seguir.

Pasamos el local donde ahora está la frutería de los nepalíes; entonces era una mercería con el escaparate lleno de calcetines de colores y bragas de color carne.

—Sigue, sigue.

Ahora era yo la que aferraba el brazo de mi hermana.

—Vas muy bien. Ya hemos cruzado dos calles.

Ahí me hundí. A dos calles no se podía ver nuestra casa. Los pulmones se me anegaron, caí de rodillas. Un enjambre de puntos negros me cubrió los ojos.

—Quiero volver a casa —gemí.

—Pero...

—Me ahogo.

Me levantó del suelo, pasó un brazo por mi cintura y me sujetó hasta casa. Aunque estaba a punto del desmayo, llegué a ver los calcetines de colores nadando por el escaparate como en un acuario, las bragas flotaban muertas en la superficie.

Casa, casa, casa. Aire.

—Pero volveremos a intentarlo —dijo o dije, no lo recuerdo.

Así lo hicimos. Me tomé una pastilla que se suponía que inhibiría el pánico.

Pasábamos despacio por delante de las casas.

La primera tenía un enorme jardín. Una mesa y unas sillas de hierro forjado pintado de blanco donde los vecinos tomaban el café medio ocultos de la calle por los troncos de rosales antiguos.

—Mira —me dijo Elisa—. ¡Cuántas rosas todavía!

El jardín anterior de la segunda casa quedaba oculto tras la tupida malla metálica.

—¡Qué pena! No se pueden ver las hortensias azules.

De la verja de la siguiente casa se escapaban unas matas de lavanda. Mi hermana seguía empeñada en mostrarme las maravillas del mundo.

—Tócalas. ¡Qué bien huelen!

Con cada frase entusiasta, nuestra calle, por la que llevaba caminando toda la vida, se iba volviendo un paraje extraño. Rosas, hortensias, lavanda... Algas. En la última casa del tramo, la que hacía esquina, la hiedra cubría las rejas y grandes flores rojas asomaban por encima.

—Hibisco —dije para corresponder al esfuerzo de mi hermana.

En cuanto quise volver a inspirar, se me llenaron los pulmones de agua.

—Sí, hibisco —repitió Elisa. Se giró hacia mí y entendió de inmediato lo que me estaba pasando.

Otra vez la asfixia, otra vez la pulsión en las sienes, otra vez los puntos negros ante los ojos. Otra vez el peso del agua sobre mi cuerpo blando.

No tuve que pedírselo, Elisa me llevó a casa.

Guiadas por la doctora, lo seguimos intentando. Pero mis trayectos eran cada vez más cortos.

Hasta la tercera casa.

Hasta la segunda.

Hasta la acera justo delante de la nuestra.

Hasta la cancela.

Hasta la puerta.

Hasta el recibidor.

Hasta el vértigo solo con ver las escaleras que llevaban a la planta baja.

Hasta que dije «no».

—No quiero.

—No quiero bajar.

—No quiero salir.

—No bajaré.

—No saldré.

—No voy a bajar.

—No voy a salir.

—No bajo.

—No salgo.

No volveré a ser una anguila aplastada.