13
En casa estoy bien.
Como siempre desde aquello.
Si ese día el cielo hubiera estado cubierto de nubarrones negros, no habría visto un aviso de nada, sino que, como todos los barceloneses, habría acelerado el paso por la calle.
Pero lo más probable es que ese día, desaparecido el velito gris de las mañanas, el cielo estuviera azul.
Y que, en vez de oscuros pájaros agoreros cruzando el aire, estuviera a punto de tropezar con alguna de las palomas empeñadas en corretear ante tus pies hasta que se acuerdan de que tienen alas.
Tampoco había sucedido nada extraordinario ni ese día ni el anterior ni el anterior al anterior. El curso escolar aún no había empezado, pero mis amigos, sabedores de lo sucedido, se empeñaban en sacarme de casa, llevarme de bares, de museos, de compras, al cine...
—No, a la playa no quiero ir.
Ponían cara de comprender.
Unos miraban con pena la chaqueta que me envolvía a pesar de la ola de calor; otros se reían para fingir normalidad.
En casa ayudaba a Elisa a poner orden, decisión a decisión; qué guardamos, qué donamos, qué tiramos, qué destruimos.
La abuela rondaba por las habitaciones llorosa y bebida.
Elisa le prohibió que anduviera repitiendo «mi hijo, mi pobre hijo» en nuestra presencia; por eso, mientras revisábamos cajones y armarios, yo evitaba comentar los objetos diciendo «esto le gustaba mucho a mamá» o «esto papá lo heredó de su padre».
Ella debió de notar que me costaba reprimirme.
—Mejor descansa un poco. Ya me ocupo yo.
Y continuaba, con implacable eficiencia. De modo que, cuando me pasó aquello ya había terminado y pudo acondicionar los espacios para mí cuando me quedé encerrada.
Pero antes, aunque tuviera frío, yo salía a la calle, y, como todo el mundo, como una persona normal, serpenteaba para adelantar a los lentos, escuchaba fragmentos de conversaciones, intentaba adivinar en qué dirección acabaría desplazándose el que iba con la vista clavada en el móvil, anticipaba los ladridos de dos perros al cruzarse, temía o deseaba que la niña torpe del patinete se cayera de una vez, evitaba pisar las líneas oscuras que dejan en las aceras las meadas caninas o humanas, esquivaba las miradas de los mendigos o de los captadores de oenegés, y me saltaba semáforos en rojo.
Justo esto estaba haciendo o iba a hacer.
Nada nuevo. Solo un semáforo en rojo y pocas ganas de esperar.
Pero, cuando iba a dar el primer paso, un Mercedes rojo de los años setenta, como el que conducía mamá, dobló la esquina.
Era el coche que le había regalado papá cuando se casaron, del que ella decía bromeando que representaba «el sueño secreto de cualquier hija de emigrante a Alemania», el mismo que se había hundido pesadamente en el mar y se llenó de agua como los pulmones de papá mientras el cuello roto de mamá se mecía...
Mientras el Mercedes se aproximaba, toqué la calzada con la punta del zapato.
Era de arena, la suela se hundía en arena húmeda.
Aparté el pie y miré a mi alrededor. El semáforo, los árboles, la gente...
, todo lo veía borroso, como sumergido en agua turbia, y se movía ondulante.
Me mareé. Traté de aferrarme a un árbol, pero estaba viscoso, resbaladizo.
Caí, primero de rodillas, después, de espaldas.
No podía respirar por el peso de toneladas de agua sobre mi cuerpo.
Era una anguila aplastada en el fondo marino.
«No puedo respirar, no puedo respirar.» Creo que grité, pero no oía mi voz bajo el agua.
Me desperté en una ambulancia. La camilla de la ambulancia estaba mojada, como las manos de los sanitarios. Pero no podía hablar porque llevaba una máscara de oxígeno. «Soy una buceadora», pensé.
En el hospital les pregunté por qué me ponían un camisón empapado de agua salada, el suelo estaba mojado. «No quiero que me toquen las manos pegajosas de los médicos», pedía. Mi piel, arrugada, como cuando tenían que sacarme a rastras del agua en la playa.
—Sal, Ana. Ya está bien por hoy —decía mamá.
Pero yo quería saltar otra ola. Solo otra. Y otra. Y otra. Hasta que mamá se hartaba.
—Elisa, ve a buscar a tu hermana.
—Venga, peque, que tenemos que secarnos.
La cama del hospital siempre húmeda. «No puedo más, no quiero más.» Me destapaba, me levantaba de la cama y corría por los pasillos de suelos resbaladizos hasta que la asfixia me tumbaba de nuevo.
—Sácame de aquí, Elisa.
La piel, arrugada, blanquecina, cansada del agua, se me estaba despegando de las manos y los pies.
—Hoy nos vamos. En casa estarás mejor.
El taxi que nos llevaba olía a algas y salitre. Me mareaba. Pero le pedí que corriera más. Más.
Un submarino amarillo y negro surcando las calles de Barcelona. No quiero vivir en un estúpido submarino amarillo.
—¿Cuánto falta?
—Estamos llegando.
—¿Por qué tarda tanto?
—Tranquila. Estamos cerca. Oiga, ¿no hay un trayecto más directo?
—Esto es porque los coches no son fusiformes, como los peces. Deberían ser fusiformes. Habría mejor resistencia y se desplazarían más rápido.
Elisa me puso la mano en la frente. No tenía fiebre. Sus ojos me decían que, si seguía hablando así, le pediría al comandante del submarino que diera media vuelta y regresara a la clínica. Le cogí la mano y la apreté con fuerza.
—Llévame a casa.
Casa. Casa. Casa.
La casa estaba seca y llena de aire.