Todos duermen 12
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Ellos tampoco volverán.

Salieron de casa una mañana y no regresaron. Acabaron en el mar, que los engulló en segundos.

Aunque vi sus cuerpos en el tanatorio, las primeras semanas tras el accidente seguía esperándolos.

Cuando se abría la puerta de la casa, mamá está de vuelta; cuando sonaban pasos en la escalera, papá baja; cuando tocaban al timbre, han olvidado la llave.

Buscaba la cabeza de mamá a la altura del marco de la puerta por la que solía asomarse a mi cuarto para preguntarme si quería escuchar un poco de música en su estudio, o me parecía oír el roce de la mano de papá tocando la manija sin acabar de abrir, porque siempre se quedaba absorto con cualquier idea que se le pasara por la cabeza justo en ese momento.

Pensaba que solo habían salido un momento y que volverían pronto a casa.

«Oft denk’ ich, sie sind nur ausgegangen!», Mamá no quería que escuchara los Kindertotenlieder de Mahler.

—Son demasiado tristes, demasiado desolados, ya eres lo bastante melancólica —decía y me cambiaba la música.

Por eso, cuando ella estaba de viaje, me ponía estas canciones a la muerte de los niños. No solo me gustaban, además estaban prohibidas.

No he vuelto a hacerlo desde su muerte, y a veces desearía borrarlas de mi memoria. Cuatro años después de componerlas, Mahler sufrió la muerte de su propia hija y confesó que habría sido incapaz de escribirlas tras sentir el dolor de su pérdida.

Tampoco soy capaz, a pesar de los años transcurridos, de escuchar las grabaciones de mamá.

Finalmente, acabé aceptando que no iban a volver y que el mundo no se había acabado con su muerte, que en realidad ni siquiera había dado un respingo. Nada. Todo seguía. Y punto.

Pero yo empecé a tener frío. Mucho frío, a pesar de que era un septiembre veraniego, un septiembre de sandalias y pantalones cortos, de vestidos ligeros, terrazas rebosantes de gente alrededor de copas de cerveza, de calles con olor a sudor y a aceite de fritanga que se adhería a la piel.

—¿Por qué vas tan abrigada? —me preguntaba Elisa.

—Tengo frío.

—A ver si has pillado fiebre.

Ojalá. Pero era un frío sin explicación física, un helor que se me había pegado al cuerpo como una piel de escarcha.

—Quédate mejor en casa. Ya hago yo la compra.

En casa no tenía frío y mi hermana parecía multiplicarse cada vez que decía:

—Ya lo hago yo.

Era incansable, imparable. Todo lo manejaba ella. Llamadas, papeles, derivar a otros abogados los clientes de papá, organizar el concierto de homenaje a mamá.

—No quiero ir.

—Tienes que hacerlo.

—La abuela dice que ella no va.

—La abuela no cuenta.

—Es que tengo frío.

—Pues te abrigas.

Me pasé el concierto tiritando, pero aguanté desde el palco las miradas compasivas, aplastantes, pringosas de la gente. Aguanté el asco que me dieron los aplausos; la risa, no. Solo deseaba que todo acabara para volver a casa de una vez.

La casa era mi amiga. Me protegía, me abrigaba, era mi segunda piel.