Todos duermen 11
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Tras la noche en vela, estoy tan cansada que me metería en la cama hasta mañana, el bendito día quince. Pero hay que trabajar. Nunca he incumplido un plazo de entrega.

No debo.

No puedo.

Los plazos son importantes.

Anoto los progresos de mi trabajo en una libreta apaisada de contabilidad con tapas de cartoné, con su Debe y su Haber, sus columnas y sus cuadrículas.

Cada día apunto cuántas páginas he traducido, cuántas palabras eran en el texto original, cuántas son en la traducción, la suma total de palabras.

¿Eran buenas? Algunas sí; otras no tanto.

Mañana las mejoraré. Si no, pasado mañana.

O al día siguiente. Y así, día a día hasta que se cumple el plazo de la entrega.

Tic, tac, tic, tac. No. Los días no hacen tic, tac, tic, tac.

Los días caminan taconeando. Tac, tac, tac.

Se acercan los que están marcados. Día de entrega, víspera, mal día.

Tac, tac, tac. Después regresan al punto de salida y empezamos otra vez. Tac, tac, tac.

Pasos lentos en la escalera. Es la abuela. Había olvidado que se ha quedado en casa, cuando debería estar en el cementerio con Elisa. ¿Por qué sube? No tenemos visita acordada.

Entra. No puedo impedirlo.

Oculto mi contrariedad preguntándole por qué no la ha acompañado; mientras me responde, le ofrezco un café y nos sentamos en el salón. Elisa me ha adiestrado bien.

Como un cura viejo y su última beata viva, repetimos nuestra conversación fosilizada, sus demandas, mis respuestas evasivas, sus condicionales y mis futuros remotos..., hasta que ella introduce una línea nueva:

—Si no lo haces por ti, hazlo por tu hermana, que lo ha dejado todo por cuidarte.

Se da cuenta de que he acusado el golpe y prosigue:

—Podría ser profesora del conservatorio, pero, para estar siempre cerca y disponible, malgasta su talento en una escuelita de barrio. ¿Por qué no lo intentas? Hazlo por ella.

Por ella. Por ella. Por y para Elisa.

—Vale. Pero poco a poco. Hoy me asomo al descansillo. ¿Vale?

—Muy bien —da unas palmaditas en el aire—. Ya verás qué alegría tendrá cuando vuelva y vea que has hecho progresos.

La abuela se levanta del sofá y se dirige hacia la entrada, como si quisiera guiarme. La sigo. Con parsimonia, ceremoniosamente, la abuela abre la puerta y me invita a acercarme con un gesto de la mano.

Me aproximo. El corazón me late con tanta fuerza que se me taponan los oídos, pero avanzo pasito a pasito hacia el espacio vacío debajo del marco. Allí está mi línea de seguridad. A partir de allí no hay aire.

Cuanto más cerca estoy, más pequeño me parece el hueco de la puerta. He llegado a la línea de seguridad. A partir de aquí...

—Venga, solo un pasito —me sujeta el brazo por el codo porque me tambaleo.

Doy el pasito.

Los pulmones se me llenan de agua.

—¡No me empujes! —grito, a pesar de que la asfixia me marea.

—No lo estoy haciendo, nena.

Pero siento unas manos que me presionan con más fuerza y me hacen caer de rodillas en el rellano.

—¡Suéltame! ¡Suéltame!

—Déjame que te ayude... —la voz le tiembla.

Grito. Toneladas de agua fría me aplastan contra el suelo. La presión aumenta. Los huesos crujen, la piel se aplasta, voy a reventar. La abuela tira de mí.

—¡Suéltame! ¡Suéltame!

—¡Deja que te levante!

—¡Apártate! ¡No me toques!

Ella tira un poco más. ¿Me va a arrojar escaleras abajo? Empiezo a aullar.

—No me empujes más.

No sé qué ha traído de vuelta a mi hermana en este momento, si ha percibido señales o simplemente era la hora. Tampoco he oído sus pasos en la escalera, es como si hubiera alcanzado el rellano volando.

—¿Qué le haces? —le grita a la abuela.

—Solo quería ayudar —replica.

Si la abuela hubiera estado cerca de la escalera, Elisa la habría tirado por ella. En cambio, la empuja contra la pared.

Trata de levantarme, pero yo no quiero separarme del piso. Elisa me agarra de las manos y tira con fuerza de mi cuerpo hasta que estoy otra vez al otro lado de la línea. Empiezo a respirar guiada por Elisa, que me marca el compás para llenar y vaciar los pulmones.

La abuela mira llorosa desde el umbral.

—Solo quería que viera que sí puede, que solo es cuestión de ir paso a paso, que ya es hora de que empiece a...

Elisa le manda callar con un índice admonitorio. Después me levanta, pasa mi brazo sobre su hombro y así, como a una herida de guerra, me lleva hasta el sofá del salón.

—Muy bien, muy bien —dice ella a cada paso.

Me tumba y me cubre con una manta porque estoy tiritando. Todavía siento el frío del agua en la piel.

—Quédate aquí quietecita.

Se vuelve hacia la puerta. Su cara muta a una mueca feroz.

—¿Dónde está?

La abuela se ha escabullido hacia la planta baja. Si antes parecía que mi hermana había volado escaleras arriba, sus pasos atruenan ahora al bajar.

No se entienden sus gritos en la distancia, pero está gritando.

Vuelve poco después.

—Ya pasó, ya pasó. Te prepararé una infusión para que te tranquilices.

—Es que tengo trabajo. Debo entregar la traducción esta semana.

—Pues que esperen unos días más.

—No quiero que haya quejas, que prescindan de mi trabajo. Me volvería definitivamente loca sin él.

—No digas esa palabra.

—¿Cuál?

—Loca. Tú no estás loca. Estás delicada.

—Eso no es más que un eufemismo. Odio los eufemismos.

—Con o sin eufemismos, tienes que descansar.

—Pero...

—Yo me encargo.

Remete la manta bajo mi cuerpo para que no entre aire y se dirige a mi estudio.

—Sí, sí. Necesitará unos pocos días más —oigo que dice.

Parece ser que la editora se muestra contrariada, ya que Elisa se enfada.

—Oye. Siempre ha cumplido con todos los plazos y su trabajo, más que impecable, es extraordinario.

Las lágrimas de gratitud me resbalan hasta los oídos y me provocan una cálida sordera.

No oigo el final de la llamada, pero Elisa regresa victoriosa y satisfecha.

Me prepara una de sus infusiones. Mientras me la tomo, ella corre los visillos.

La luz de la habitación se ablanda, los muebles se emborronan, los colores de los objetos se aplacan. Se sienta a mi lado.

—Me ha dicho que por mi culpa tú malgastas tu talento en la escuela de música.

—¿Eso ha dicho? ¿Que malgasto mi talento? —Elisa se echa a reír—. ¿Qué talento? ¡Qué sabrá ella!

—Que lo intentara para que deje de ser una carga para ti.

—¿Tú? ¿Una carga? ¡Ella es una carga!

—Pero tal vez debería ir...

—Todo a su tiempo. La doctora dice que si nos precipitamos puede ser contraproducente.

—Todo a su tiempo —repito ya medio adormilada—. Pero la abuela...

—Lo de hoy no volverá a suceder. Le he prohibido que suba a verte.

Me duermo.