Todos duermen 10
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Hoy les llevará rosas blancas. Comprará trece.

Catorce nunca.

Quitará las flores secas y repartirá las frescas.

Seis para ella.

Seis para él.

Una para el abuelo, a quien tendrá que decirle que la abuela, por lo que sea, hoy ha escurrido el bulto.

Tampoco asistió al concierto de homenaje que se le rindió a mamá en el Palau de la Música. Fue poco antes de aquello.

La abuela dijo que estaba todavía demasiado afectada.

Tocaron el concierto de Bruch y se pronunciaron muchas palabras emotivas.

Nosotras, sentadas en un palco, aguantamos serenas todas las miradas, toda la pena; toda la curiosidad morbosa también.

Pero justo cuando la gente aplaudió tras el minuto de silencio al final del evento, a mí me entró la risa.

Me acababa de acordar de una ocasión en la que los cinco estábamos desayunando en casa durante el concierto de Año Nuevo de la Sinfónica de Viena.

Nuestros padres bailaron un par de valses mientras la abuela los miraba con una sonrisa congelada.

Tal vez en ese momento le pasaban por la cabeza todos los buenos partidos, mujeres de su clase, de su entorno, que su hijo había rechazado a lo largo de los años; su hijo, una especie de soltero de oro, que acabó casándose con la hija de una emigrante a Alemania, aunque fuera una estrella, una violinista reconocida.

La violinista que se tronchaba de risa viendo al público engalanado en la sala de conciertos de Viena dando rígidas palmaditas al compás de la Marcha Radetzky .

—¡Mirad a la cotorra enjoyada esa! ¡Cómo le tiemblan las alitas de murciélago!

Elisa y yo, ebrias de valses, polcas y marchas, imitábamos aquellas palmas torpes entre risas.

—Y el vecino de asiento no da una a tiempo.

Mientras el público del Palau aplaudía y nos miraba, no pude evitar pensar en cuántas alitas de murciélago estarían bamboleándose en ese momento y se me escapó una carcajada.

Elisa me giró y me apretó contra su pecho.

Todos pensaron que yo había tenido un acceso de llanto, pero era un ataque de risa incontenible, que el abrazo de mi hermana ocultaba de la vista.

Después de lo que me pasó, Elisa se lo contó a la psiquiatra que me trata. El episodio de la risa se sumó a mi expediente médico.