Todos duermen 9
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Sí pasaba. Mis pesadillas también le robaban el sueño a mi hermana.

Por eso aprendí a guardármelas solo para mí.

Tiraban de mí hacia el fondo del mar como caballos de descuartizamiento, me llevaban hacia el lugar donde ellos morían un mes tras otro, yo me despertaba acalambrada, con el cuerpo en aspa, pero antes de que se me escapara el grito, me decía:

—Lo siento, Eli.

Y así expulsaba el agua de los pulmones y sacaba las fuerzas para volverme boca abajo y gritar, si es que gritaba, a la almohada, y no asustar a mi hermana.

¿Ves, Eli? Yo también te cuido.

Por eso, ella cree que es algo que ya pasó.

No sabe que simplemente lo evito.

Hace tiempo que sé cómo hacerlo.

Cuando Elisa sube por la noche para echarme un último vistazo, me encuentra tranquila. Le cuento que, después de cenar, me tomaré los medicamentos de la noche y veré una película antes de acostarme.

—En blanco y negro.

No sé por qué el hecho de que no vea películas en color le parece siempre una idea excelente para dormir bien.

—Nos vemos mañana. Descansa —dice al irse.

—¿Qué les llevarás? —pregunto.

—Rosas blancas.

—Harán juego con el vestido turquesa de mamá.

Me da un beso de buenas noches. La acompaño hasta la puerta, hasta la línea que no debo rebasar porque me quedo sin aire. Ni asomar la cabeza puedo, sin que me ataque la asfixia. No lo intento, podría marearme y caer al rellano. Dejamos la puerta abierta, por si grito.

No lo haré. No gritaré porque no pienso dormir.

Voy ventana a ventana cerrando los postigos para que la luz no delate que estaré en vela.

Corro también las cortinas. Telas caras compradas por la abuela, tan densas que parecen respirar y absorber una parte del aire de las habitaciones.

Terciopelo, cretona, brocado; hasta sus nombres pesan y, por más que las sacudo regularmente, huelen a tela vieja.

En el salón, damasco veneciano. El color, dijo la abuela, es gris paloma.

Esos pájaros que ni para dar augurios sirven.

A la que cubre la ventana de la derecha le falta un palmo.

Cuando era pequeña, me dio por reseguir con un rotulador los ramajes bordados.

La abuela le echó en cara a mamá mi pésima educación e hizo cortar el trozo que yo había mancillado.

Mamá me lo regaló para que decorase el armario de las muñecas.

No, no pienso dormir esta noche.

Nunca debo dormirme en las vísperas.

No quiero soñarlos. No quiero que me lleven con ellos al fondo del mar.

Desde que me pasó aquello vienen a buscarme cada mes. No entiendo qué quieren de mí, por qué me persiguen en los sueños.

Tengo mis técnicas para evitarlos. Y funcionan.

Entro en todas las habitaciones y en cada una digo en voz alta.

—No dormiré.

Sé que nadie lo oye, que estoy sola, pero necesito decirlo, por si acaso las pesadillas ya están esperando, por si el miedo cree que le voy a abrir la puerta, por si ellos me esperan en el fondo del mar.

—No dormiré, no dormiré.

Después de formular mi propósito, inicio el ritual que lo hace posible.

Tardé en descubrirlo. Antes probé con la lectura, la música, las películas, pero me fallaron; el sopor y las pesadillas acababan atrapándome.

Hasta que descubrí que tenía que moverme, permanecer activa toda la noche, y encontré una secuencia de acciones que me mantienen despierta.

Rutinas que se han convertido en liturgias.

Si las oficio bien, en su orden, con su forma, se cumplirá mi deseo: no dormir, no soñarlos.

Me calzo unas zapatillas de fieltro que amortiguan el sonido de mis pasos. Imagino que Elisa está abajo atenta.

Es medianoche, empieza la ceremonia.

Primero, quitar el polvo, el velo gris que el aire de Barcelona deposita sobre muebles, libros, suelos.

Arenilla, heces de ácaros, polen, restos de comida, grafito de mis lápices, negro y rojo, piel humana, sobre todo mía, todo acaba pegado a los trapos que, en cuanto termino, meto en la lavadora. Adiós. Hasta la vista.

Después toca repasar la colección de globos terráqueos de papá.

Los bajo con sigilo de las estanterías, los deposito en el suelo y les paso un plumero con suavidad.

Algunos son bastante antiguos y delicados.

Se les puede desprender un país o un continente entero si no se tiene cuidado.

Es divertido. Cualquier cosa que se haga con globos terráqueos se convierte en una metáfora instantánea, incluso algo tan banal como quitarles el polvo.

Todo suena trascendente: ordenarlos, girarlos, tocarlos, pasar un paño por la base, controlar que giren bien, qué países quedan a la vista.

Incluso llamarlos «bolas del mundo», una expresión que a papá le provocaba una hilaridad adolescente.

Los globos me sostienen durante una hora.

Lo siguiente es encerar el suelo del despacho. Es laborioso, primero hay que aplicar la cera, después, dejarla secar una media hora.

Mientras espero en el salón, me parece escuchar el sonido de unos pasos.

Elisa, que sube a controlar si estoy durmiendo.

Cojo un libro de la mesita baja. Fingiré que se me ha hecho tarde leyendo.

Con la cabeza inclinada hacia las páginas, presto atención.

El rumor no viene de la escalera sino del pasillo.

Dejo el libro, me levanto y me asomo al pasillo oscuro.

El sonido viene del despacho de papá, un golpeteo sordo y rítmico.

Me acerco. Paso de largo por mi habitación, donde la cama me reclama aviesa.

Me asomo al despacho, todavía no debo pisarlo, las cortinas que cubren las ventanas se agitan suavemente, he dejado entrar un poco de aire para que se seque la cera.

No hacen ruido. Habrá sido un golpe de viento.

Antes de volver al salón, me acerco a la puerta de la escalera.

La planta baja está en silencio, Elisa duerme.

Cuando llega el momento, me pongo los auriculares inalámbricos, me calzo las zapatillas de pulir y me deslizo por el suelo del despacho bailando valses y polcas.

Un repertorio de música de salón que cierro con Salut d’amour de Elgar.

A mamá esta pieza no le gustaba, por cursi.

Seguramente lo sea, pero a mí me pone de buen humor.

¿Lo ves, abuela? Las clases de ballet a las que insististe en que me enviaran sí que han servido, bras, arabesque, demi-plié ...

«La nena tendría que ir a clases de ballet», plié, jetté, battement tendu .

«Es bueno para su desarrollo.» Bla, bla, bla.

Me deslizo por el suelo. Llega el turno de Salut d’amour de Elgar.

—Mira, abuela. Jetté, plié, imparfait, passé composé —canturreo burlona.

Sigo bailando, incluso cuando termina la música. Attitude, des filles. Attitude, nena.

No me dormiré. No soñaré. No los veré.