Todos duermen 8
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Por la noche, después de la cena, Elisa sube para un último control.

Normalmente no me visita tan tarde, pero hoy es la víspera y quiere asegurarse de que estoy tranquila.

Durante un tiempo, los primeros meses tras aquello, las noches de las vísperas me perseguían pesadillas espantosas. Me despertaba gritando:

—Son ellos, son ellos. Se ahogan.

Elisa corría escaleras arriba. Me encontraba en la cama dando brazadas y patadas, nadando para escapar de algo que me perseguía en el agua.

—Me ahogo.

—Respira, respira.

Ella me ponía boca abajo y me daba golpecitos en la espalda. Cuando los espasmos cesaban, me giraba, me tumbaba sobre el costado y se tendía a mi espalda.

—Duérmete, estoy aquí.

—Dime que no volverán.

—No volverán.

Una de las noches de pesadillas, Elisa, tendida a mi lado en la oscuridad, me preguntó:

—¿Te acuerdas de cuando te inventabas que veías monstruos para venir a dormir a mi cuarto?

—No me lo inventaba. Los veía.

—Pero no te daban miedo.

—No. Era solo que mamá estaba de viaje y papá a veces se olvidaba de venir a contarme un cuento.

Era Elisa quien lo hacía entonces.

—Las pesadillas sí que me dan miedo.

—Lo sé. ¡Y menudos sustos me pegas a mí!

—Lo siento, Eli.

—No pasa nada. Duérmete.