Todos duermen 7
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Elisa sube cargada con la compra. La espero sin traspasar la línea de seguridad.

—Aquí tienes. Todo lo que querías de la droguería para mañana. Cera para suelos, el abrillantador de muebles... La marca que te gusta. A ver, ¿qué más hay aquí?

La mano de Elisa revolotea hasta que extrae una bayeta de microfibra; amarilla, como debe ser.

Las fregonas solo pueden ser grises o azules, y el papel de cocina, blanco, sin gatitos, perritos, pececitos o cualquier otro animalillo al que mancharle la cara de grasa antes de estrujarlo y tirarlo a la basura. Me repugna hacerlo.

—¿Quieres que me quede un rato más?

—No te preocupes. Tengo trabajo.

Pero la mirada se nos va al calendario de papel que cuelga al lado del frigorífico.

Se lo regalaron a Elisa en la tienda al final de la calle.

Yo no la conozco, porque la abrieron solo hace tres años.

Los dueños son nepalíes y a veces escriben mal los nombres de los productos en cartelitos de colores fluorescentes, como los marcadores alineados marcialmente sobre mi escritorio.

Elisa fotografía los carteles con el móvil y me los envía «para tu colección». Alchochafas. Nalanjas. Lichugas .

Señalo la foto en el calendario.

— Mandrinas .

Apartamos los ojos del trece, que hace tiempo que dejó de ser el número de la mala suerte supersticiosa y ha quedado degradado a número anterior, el trece es el-día-antes.

—¿Qué toca mañana? —pregunta Elisa.

Los días catorce, mientras Elisa visita a nuestros padres en el cementerio de Montjuïc, se supone que yo me vuelco en una limpieza ritual de mi parte de la casa.

Cojo el bote de cera.

—Repasaré el despacho. El mes pasado enceré el estudio.

El despacho de papá y el estudio de mamá han quedado en el primer piso, mi parte de la casa, aunque los papeles importantes los custodia Elisa.

Después del accidente, tuvimos que revolver en los cajones, buscar en sus ordenadores, en sus archivadores, en las carpetas...

Duelo y papeleo a la vez, no quedaba más remedio.

Allí encontramos copias de los testamentos y también los papeles que corroboraban que tenían un lugar reservado en el panteón familiar en Montjuïc. Como nosotras, como la abuela.

A la abuela se la quedó Elisa, porque su dormitorio ya estaba en la planta baja.

Después de aquello, Elisa trasladó el suyo abajo, a la habitación que había sido el saloncito «de recibir», donde sigue aún el armario bretón.

Como la cocina estaba en la planta baja, hizo construir otra para mí en el lugar que ocupaba uno de los baños.

Vaciamos por completo el dormitorio de nuestros padres, que pasó a ser mi cuarto de trabajo.

Entramos en el despacho de papá, heredado del abuelo.

Dos grandes ventanales son incapaces de iluminar tanta madera oscura, tantos lomos de libros encuadernados, los retratos de adustos abuelos muertos, el macizo escritorio de nogal, la pesada escribanía de bronce con dos tinteros de cristal que el abuelo había comprado en Austria.

Solo la estilográfica favorita de papá, a la derecha, en perfecto paralelismo con el canto del vade de color verde botella, consigue lanzar un tímido destello metálico.

—No he tocado la habitación en un mes para que me dé suficiente trabajo.

Libros, diplomas, cuadros, estanterías con una colección de globos terráqueos, un escritorio cubierto por el polvo que se ha depositado durante un mes.

Elisa coge la pluma. El polvo acumulado ha dejado perfilada la silueta.

—Ya veo.

La pone en su lugar. Corrijo la posición; tiene que quedar exactamente en su sitio, tiene que encajar en el molde de polvo y estar paralela al vade. En eso, en que tienen que toquetearlo todo, mi hermana y la abuela se parecen.

En el despacho de papá cuelgan los cuatro retratos de los abuelos pintados por artistas cotizados de la época.

Son unas parejas algo perturbadoras, ya que a las abuelas las habían retratado cuando eran unas jóvenes señoritas casaderas de la buena sociedad, mientras que los abuelos encargaron sus retratos cuando consideraron que, por patrimonio y éxito, ya los merecían, y a ambos se los presenta cincuentones y solemnes.

Mientras cierro la puerta, me parece ver que las cortinas se agitan, a pesar de que no hemos abierto las ventanas. Habrá sido el movimiento de aire que hemos provocado nosotras mismas.

Entramos en el estudio de mamá y abrimos las ventanas para ventilar.

El aire húmedo y frío de febrero hace temblar las hojas del helecho y las dos palmeras.

A mamá le gustaban esas plantas de interior propias de salones decimonónicos; tal vez compensaba así que papá hubiera heredado los muebles de su despacho mientras que ella los adquirió en subastas de antigüedades.

A falta de cuadros al óleo firmados por los pintores favoritos de la alta burguesía barcelonesa, mamá había colgado en su estudio varios retratos que le habíamos hecho nosotras, enmarcados en ostentosos marcos antiguos que costaron pequeñas fortunas.

Le gustaba en especial uno de la familia que yo había dibujado con seis años. Padres e hijas somos unos sonrientes monigotes de colores, tomados de la mano delante de la casa, de un rotundo azul. Ellos dos en el centro, yo a la izquierda, de la mano de mamá; Elisa a la derecha, de la mano de papá.

—¡Nos has sacado clavaditos! —dijo mamá.

Aunque su melena rubia era de color rosa y el cabello de papá había pasado de castaño oscuro a naranja y tenía por pies unas rueditas abolladas con las que quise representar zapatos con cordones, para mí, en ese momento, fue el culmen de la complicación indumentaria.

Mamá lo llevó a una empresa de conservación de arte para que las ceras no perdieran ni color ni brillo con el tiempo. La abuela no ocultó su desagrado por el despilfarro, pero ella insistió en que era una obra de arte que lo merecía.

El espacio frente a la peculiar galería de retratos de mamá está despejado.

Allí ensayaba; allí sigue el atril, desnudo, algo oxidado por la humedad de la ciudad.

Al otro lado, cerca de la ventana, un estilizado escritorio de estilo escandinavo, como el mueble de cajones que alberga una inmensa colección de discos y cedés y un equipo de música.

Enfrente, uno de mis rincones favoritos: el sofá de dos plazas donde ella y yo nos sentábamos a escuchar música.

El cajón de la derecha del escritorio de mamá quedó vacío después de que Elisa se llevara los papeles que contenía: seguros de sus violines, derechos de grabaciones, contratos de conciertos; también los que ya no tocaría.

Algunos se anularon, en otros la sustituyeron.

Hubo minutos de silencio y aplausos. Aplausos absurdos.

—¿A quién aplaudís? No os oyen. ¡Están muertos, no dormidos, imbéciles! —grité el día del entierro cuando hubo aplausos a la salida de los féretros.

Elisa me metió rauda en uno de los coches de la comitiva fúnebre, donde recuerdo que empecé a sacudirme las mangas de mi blusa negra como si apartase insectos. ¡Fuera! ¡Fuera, esos aplausos!

Tal vez esa reacción airada anunciaba lo que me sucedería pocas semanas después.

Pero en ese momento yo acababa de cumplir diecisiete años y tenía todo el derecho de estar furiosa con el mundo.

Me dejé caer sobre el regazo de mi hermana, cuando nuestro coche se puso en marcha para seguir a los dos vehículos de la funeraria.

Elisa me acarició la nuca, como si intuyera que un dolor fantasma se me había alojado entre las vértebras.

No podía dejar de pensar en el cuello roto de mamá, en el balanceo de su cabeza en el ataúd, mientras serpenteábamos por las calles festoneadas de nichos del cementerio de Montjuïc.

En el cajón de la derecha del escritorio de mamá guardo ahora los programas de sus conciertos y las postales que ella nos enviaba durante sus viajes. Elisa tiene las suyas dentro de una caja en un armario de su dormitorio.

Mamá nos escribía a diario una postal a cada una. Lo hacía a la antigua, con el nombre del lugar y la fecha en el margen derecho arriba, y los dos puntos tras el saludo, alternaba besos o abrazos y firmaba siempre «mamá».

Debía de ser una de las pocas personas que cultivaban la costumbre de comprar postales en cada ciudad que visitaba, escribirlas, ponerles el sello y enviarlas para decirles a sus hijas que pensaba en ellas a diario.

Cuando ella volvía de los viajes, papá canturreaba desde la mañana y se marcaba unos pasos de baile consigo mismo o con una de nosotras si nos cruzábamos con él por la casa.

—Estás loquito por esa mujer —le soltó una vez la abuela mientras él tarareaba la melodía del vals número 2 de Shostakóvich por el pasillo.

Él la agarró de la mano y le hizo dar una vuelta sobre sí misma.

—Tiene que ser muy cansado ser tú —le respondió.

Y se marchó dando pasitos —un-dos-tres, un-dos-tres— a su despacho.

Concluido el recorrido ritual por las habitaciones, regresamos a la cocina.

—Estás bien, ¿verdad? —dice Elisa cogiendo la bolsa vacía.

Como todas las vísperas, me escudriña pendiente de señales que la obliguen a tomar medidas.

—Claro.

La noto preocupada, alerta. No quiero causarle más inquietud, sé que para ella mañana también será un día difícil. Así que cojo una escoba y me la cargo al hombro como si fuera un fusil.

—Con su permiso, mi teniente, el soldado Švejk siempre hacia el frente.

Funciona. Elisa se ríe.

—¡Qué burra eres! Paso por la tarde.