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Faltan tres días para la víspera.

Sueño con mamá.

Estamos en la cocina. Mi cocina, la que hizo construir Elisa para mí. Mamá la recorre extrañada, abre cada uno de los armarios, escruta el contenido. Al abrir la nevera se vuelve hacia mí.

—¿Por qué hay una cocina en el primer piso?

Es la voz de la abuela.

Mamá me mira asustada y se lleva la mano a la boca, pero la voz de la abuela se cuela entre sus dedos.

—¿Qué hace esto aquí?

Los ojos y las manos de mamá me indican que no haga caso. Intenta hablar, pero su pecho se convulsiona en arcadas que le hacen sacar borbotones de agua. La cocina huele a yodo, a sal. Mamá mira el suelo mojado, mueve los labios, pero la voz desincronizada de la abuela se impone:

—¡La cocina debe estar abajo!

Voy a replicar, pero no me salen palabras de la boca, lo que se oye es el estridente sonido de una sirena.

Viene del exterior.

Antes de abrir los ojos, inspiro y espiro varias veces.

¿Entra aire? Sí, es aire. Lo tomo y me levanto de un salto de la cama para no volver a caer en el sueño.

Es extraño que me haya sucedido esta noche.

No suelo soñar este tipo de cosas si no es víspera.

Ha sido por culpa de la abuela. Esa mujer no era mamá, era la abuela.

Descorro las cortinas y abro las ventanas.

Entran voces y ruidos amortiguados. Vienen del lado de la calle, mi dormitorio da a los jardines.

Palmeras en uno, buganvillas en otro, rosales, un espeso ficus, aspidistras, trepadoras que cubren las fachadas en pos del bosque de antenas que se alza contra el cielo.

Siempre he admirado el optimismo de las plantas.

Con el sol de la tarde, mi dormitorio se tiñe de un ligero color verdoso.

No me interesa lo que esté pasando fuera, pero, media hora más tarde, Elisa sube agitada. Me encuentra en la cocina, cubriendo con el sonido del molinillo de café el eco de la voz de la abuela que aún recuerdo del sueño. Por supuesto, no se lo voy a contar; se preocuparía.

—¡Han encontrado muerta a la señora Raventós!

Era la vecina que vivía a dos casas de la nuestra, con el jardín delantero lleno de hortensias, enormes pompones de color azul.

Recuerdo que, cuando yo tenía unos diez años, la vecina me explicó que sus hortensias eran de color «azul genciana».

Me pareció de lo más absurdo usar el color de una flor para describir el de otra.

Pero, como yo estaba empeñada en encontrarle sentido a las cosas, me dije que las gencianas podían darle nombre a un color porque nunca cambiaban.

Dudo que haya algo más gratificante que descubrir algo de orden en el universo, causalidades ocultas que iluminan un rincón hasta ese momento oscuro: el sentido de una canción, el porqué de una irregularidad verbal o el mecanismo de una pieza musical.

Yo había descubierto uno de esos sistemas ocultos a la vista de todos.

La palabra «naranja» reforzó la impresión de haber ordenado una parcela del mundo.

Hasta que me topé con las rosas, las malditas rosas, que no eran fieles ni a su nombre.

Un descalabro para mi mente deseosa de lógica y estructura.

Decidí ir a verla para reprocharle que me hubiera mentido, ya que había averiguado que el color de sus hortensias no se parecía en absoluto al de las gencianas. Al llegar a su casa, vi que estaba hablando con un operario que iba a cubrir la verja con una espesa tela metálica.

—¿Por qué? —pregunté, olvidando mi propósito vengativo.

Me explicó que le habían saltado al patio varias veces para arrancarle las hojas de las hortensias.

—¿Por qué? —volví a preguntar.

—Para fumárselas.

—¿Por qué?

—Porque se drogan.

—¿Con las hojas?

—Hija, ¿qué te acabo de decir?

—Su frase era ambigua.

—Y tú eres un poco impertinente.

Y ahora se había muerto detrás de la verja recubierta con una espesa tela metálica.

—¿Había hortensias?

—Hace años que se le murieron. No podía cuidarlas —dice mi hermana.

Me cuenta también que llevaba varios días muerta, que la ha encontrado la persona que una vez a la semana le hacía la compra porque la señora estaba impedida, llevaba ya un tiempo sin apenas poder salir de casa.

Me la imagino, nos imagino a ambas separadas solo por unas pocas casas, viviendo vidas paralelas sin saberlo.

Asomadas a la misma hora a las ventanas que nos apartan y nos protegen del mundo exterior, pendientes de la llegada de la persona que nos trae la comida, mirando el mar lejano desde nuestros desvanes, impedidas ambas.

Me horroriza esta palabra. Impedida, soy una impedida.

Mi hermana observa la calle desde el salón.

—Parece que pasa algo. Me voy para allá. —Corre las cortinas—. Es mejor que no te asomes.

Pero en cuanto se marcha, aparto un poco la tela para espiar.

Elisa se suma a un grupito de curiosos. La abuela la sigue.

No miran hacia donde estoy, pero sí que lo hace una mujer que recuerdo del barrio.

Me aparto de inmediato de la ventana. No me mires, bruja cotilla.

Seguro que por el barrio hablan de nosotras.

Al pasar por delante de nuestra casa, miran de soslayo por si la reclusa se asoma a la ventana.

Se cuentan historias de mí, de mi hermana, la pobre, tan buena, tan entregada al cuidado de la hermana pequeña...

¿Cómo seremos nosotras dentro de muchos años?

¿Dos viejas locas? ¿Las dos viejas locas de la casa azul?

Tal vez para los del barrio yo sea ya la loca de la casa azul, y mi hermana es la hermana de la loca de la casa azul y nuestros padres solo fueron los padres de la hermana de la loca de la casa azul y de la loca de la casa azul.

Y un día nos moriremos aquí. Por edad, Elisa será la primera.

Entonces yo me moriré de inanición. Encontrarán nuestros cuerpos acartonados un día que haya que hacer obras o se cuelen unos okupas...

Nadie lo habrá notado hasta entonces. A mí nadie me echa de menos ahí fuera, y de mi hermana pensarán que tal vez se haya ido de viaje para respirar libre, lejos de su hermana, la impedida.

Nadie lo pondrá en duda, ya que las facturas se irán pagando automáticamente, sin atraso alguno.

Si muero de noche, tal vez a alguien le llame la atención que siempre haya luces encendidas en alguna habitación, pero como es y será la casa de una loca, lo olvidará en cuanto pierda de vista la ventana siempre iluminada...

La vuelta de mi hermana impide que me enajene por completo en esta espiral.

—Ya han sacado el cuerpo. ¡Eh! ¿Qué tienes? ¿Por qué pones esa cara?

—¿Y si un día te pasara algo?

—¿Qué me va a pasar?

—No sé... Un accidente por la calle...

—Eso no sucederá.

—¿Cómo lo sabes?

—No puede pasarme nada porque tengo que estar aquí para cuidarte.

Me abraza con fuerza.

Lo que acaba de decir es tan tierno y tan espantoso, que no me atrevo a confesarle que lo que no quiero es morirme aquí, que nos muramos aquí.

—Siempre te he querido, siempre te he cuidado, incluso antes de que ellos se fueran.

—Lo sé.

Siempre lo he sabido. Elisa, siempre atenta, siempre alerta. Elisa, mi hermana escudo, mi hermana paraguas, mi hermana dique, mi hermana barrera. Mi hermana salvavidas.

Estábamos en la playa de Palamós. Yo tenía unos cuatro o cinco años.

Por las fotos del álbum, sé que llevaba puesto un bañador blanco con delfines dorados y una gorrita azul.

No necesito las fotos, en cambio, para recordar que me habían comprado una palita, un cubo y unos moldes de plástico en una tienda del pueblo.

Venían en una red y los pedí porque había una estrella de mar y un pez sonriente.

Con ellos metidos en el cubo, me fui a la orilla, donde la arena estaba húmeda, y me puse a trazar una cenefa de figuritas.

Mis padres estaban sentados en unas sillas plegables, ensimismados, leyendo bajo la sombrilla, a veces levantaban la vista y se sonreían.

Me acuerdo de un grito muy agudo que llegó segundos después de que una ola se abalanzara sobre mí, me hiciera caer de bruces y me envolviera, llenándome los oídos, los ojos, la boca de agua. Se retiró bajando por mi espalda, por las piernas, y empezó a tirar de mis pies.

—¡La niña! ¡La niña!

Chillaba la voz de mi hermana.

Otra ola me cubrió por completo. Tragué el agua, respiré el agua que arrastraba mi cuerpo hasta que dos manos me agarraron con fuerza. Era Elisa. Me levantó.

—¿Dónde tenéis los ojos? —les gritó a nuestros padres.

Tosiendo, me abracé a ella con fuerza. Con los ojos llorosos vi cómo el agua se llevaba mis moldes de arena, el caballito verde, la estrella amarilla, el pececito azul.

Tenía que haber otra figura, siempre hay una figura de color rojo, pero no la recuerdo.

Sí, en cambio, la expresión compungida de mis padres y los brazos de mi hermana, que se negaban a soltarme.

Como ahora, en este abrazo que me consuela. «No va a pasarme nada. Y a ti tampoco. Estás en casa, conmigo, estás segura.»

¿De qué modo podré pagar esta deuda? ¿Cómo expresarle mi gratitud? Las expresiones positivas están hechas de un material más blando que las críticas y se desgastan con el uso, se devalúan.

Se lo muestro con mi obediencia. No discuto sus decisiones, no critico posibles errores. Y, sobre todo, procuro no preocuparla más.

Me separa con suavidad de su abrazo.

—¿Irás al entierro? —pregunto.

—Sí. Es una vecina.

—¿Te puedo pedir una cosa?

—Lo que tú quieras, Anita.

—Llévale un ramo de hortensias azules.