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—¿Todo bien con la abuela?

Por el tono con que Elisa lo pregunta, entiendo que no le ha contado nada sobre nuestro desencuentro.

—Bien. Hemos tomado café.

—¿Se ha puesto muy pesada?

—No más que en otras ocasiones.

—Ten paciencia, no hay mala intención. En realidad, siempre tuvo debilidad por ti. Que si qué pelo tan bonito tiene la nena, con sus ricitos, que mirad qué rápido ha aprendido a hablar la nena, que menuda imaginación...

—Sí, sí —intento hacerla callar. Me incomoda.

—El armario es para la nena, para que sea su casa de muñecas —sigue Elisa, imitando a la abuela—. Aunque creo que eso lo hizo para fastidiar a mamá, que se lo había pedido para guardar partituras.

La abuela me regaló el armario bretón, otra de las compras del viaje de novios. Un mueble de roble algo achaparrado, con dos puertas decoradas con motivos vegetales tallados y unas cenefas en forma de flores en la parte superior.

Para no tener que subirlo a la primera planta, la abuela hizo que lo llevaran al saloncito de invitados, que se convirtió en el cuarto de los juegos.

—Así la nena recibe a sus amiguitas —dijo.

Elisa y mamá se reían de esas pretensiones.

Yo era feliz con mi gigantesca casa de muñecas.

Las acomodaba en las estanterías como si fueran gradas llenas de público atento, frente al que me sentaba a leerles cuentos en voz alta.

Les leía, sobre todo, de un viejo libro que había encontrado por casa.

En la portada, unas ilustraciones en tonos pastel de animales antropomórficos, niñas y niños de enormes ojos y mejillas coloradas y la palabra «cuentos» en grandes letras doradas ocultaban que tanto los niños como los cabritillos y los conejitos que compartían el dibujo iban a ser abandonados y perseguidos o devorados por toda suerte de depredadores.

Una de mis historias preferidas era la historia de Barba Azul. Cuando llegaba al pasaje en que la protagonista, al descubrir el horror de los cuerpos decapitados, dejaba caer la llave al suelo lleno de sangre, les explicaba a las muñecas cuál era la moraleja del relato:

—Si abres la puerta del gabinete para saber lo que hay dentro, no dejes caer la llave al suelo, boba, no la manches de sangre, ¿no ves que es mágica y no se puede limpiar?

Un día, después de que les leyera una vez más el cuento de Barba Azul, Elisa entró en el cuarto y me dijo:

—¿Sabes que esta es una historia real?

Yo tendría unos ocho años y las fronteras entre realidad y ficción no solo eran permeables sino irrelevantes.

—Existió un hombre que mató a todas sus esposas.

—Elisa se sentó frente a mí, dándole la espalda a las muñecas.

Por no interrumpirla, no le dije que todas ellas miraban hacia abajo para escucharla con atención—.

Un hombre que vivió en el siglo VI , su nombre era Conomor, pero muchos lo llamaban Conomor «el Maldito». Era un conde bretón.

—¿Como el armario?

—Pues sí. Y era muy cruel. Fue el hombre de confianza de un rey francés que se llamaba Childeberto.

Me eché a reír al oír el nombre.

—Childeberto primero, que estaba casado con la reina Ultrogoda.

—¿Ultragorda?

Nuestras risas debían de oírse por toda la casa.

—Pues este Conomor había recibido una maldición que decía que su hijo lo mataría, por eso, cada vez que una de sus esposas quedaba embarazada, le cortaba la cabeza.

—¿Y volvía a casarse?

—Sí.

—¿Y ellas lo sabían?

—Sí, pero es que las obligaban. También a la última, que se llamaba..., prepárate: ¡Trifina!

Mientras las muñecas y yo nos retorcíamos de risa, Elisa continuó con la historia.

—Trifina era muy devota, con decirte que la hicieron santa. Un día descubrió el sótano donde Conomor tenía los cuerpos de las otras esposas.

—¿Cuántas eran?

—No sé, varias. Y rezó por sus almas. Por eso, ellas se le aparecieron y la avisaron, pero ya era demasiado tarde. Conomor se enteró de que estaba embarazada y la llevó a un bosque y le cortó el cuello. Pero justamente entonces pasó por allí san Gildas, que la salvó y también al bebé que llevaba.

—¡San Gildas! —grité riendo.

La abuela, atraída por las carcajadas, nos miraba desde el marco de la puerta.

—Mira que son tontas estas dos —dijo como para sí misma, pero lo suficientemente alto para que la oyéramos.

—Cuidó al niño, que se llamaba Tremeur, y también es un santo. —Elisa siguió con el relato—. Y ya te puedes imaginar lo que le pasó...

—¡Basta, Elisa!

La abuela irrumpió furiosa en la habitación, me agarró del brazo y tiró de mí como si arrancase un hierbajo del jardín. Mientras me empujaba para que saliera de la habitación, se encaró con mi hermana.

—Pero ¿cómo puedes contarle estas barbaridades?

—¿Qué pasa?

—Que va a tener pesadillas.

—Y cuando las historias de santos y martirios se las cuentas tú, ¿qué? —replicó Elisa.

—No es lo mismo.

—Ya me dirás por qué.

La abuela me soltó y corrí a agarrarme a la cintura de mi hermana.

—Lo que le pasó al pobre Tremeur ya me lo imagino, si no, no sería santo —dije.

—¿Ves? —Elisa levantó la cabeza triunfal—. Tú eres quien le llena la cabeza de historias sangrientas.

—¡Sois imposibles!

Se marchó para intentar convencer a su hijo de que tomara cartas en el asunto. Mamá estaba de viaje, en una gira de conciertos.

—Muy bien, peque —me felicitó Elisa.

—Las de la abuela tampoco me dan miedo.

Era cierto. No fui una niña miedosa. La abuela me relataba cruentas y morbosas historias de martirios de santos y me mostraba las ilustraciones de cuerpos sufriendo todo tipo de torturas y mutilaciones, a qué santos habían crucificado en aspa, boca abajo o en la posición «normal».

Yo las encajaba con la misma naturalidad con que aceptaba que en el mundo de los cuentos los niños pudieran ser asados al horno, las princesas envenenadas con manzanas o los caballeros que salían en busca del tesoro acabaran convertidos en piedras.

La miedosa, aunque era la hermana mayor, siempre fue Elisa.

A ella le asustaba la tenebrosidad de la casa por la noche, apartaba la vista de los rincones perpetuamente mal iluminados, veía sombras amenazadoras en la escalera, movimientos sospechosos en las cortinas y evitaba mirarse en el espejo ovalado del salón.

Yo me movía por la casa a oscuras, sin encender luces, aprovechaba los rincones sombríos y la pesada densidad de las cortinas para esconderme, representaba escenas de Blancanieves frente al espejo. No, no fui una niña miedosa.

Ese día, después de escuchar la historia de Conomor y Trifina, me hizo feliz la casualidad de que el armario y el cuento tuvieran la misma procedencia, lo que significaba que había algo parecido al orden en el mundo. El orden es importante.