Todos duermen 4
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—Vengo a saludar a nuestra pequeña reclusa —dice la abuela con un retintín que quiere ser gracioso cuando sube a verme por la tarde. Un vaho de alcohol envuelve sus palabras.

Con mamá, también se hacía la amable.

—Ya tenemos a nuestra artista de vuelta —la saludaba cuando regresaba de sus giras de conciertos.

Pero nunca dejaba pasar una ocasión para juzgarla, especialmente en lo que se refería a nosotras: la ropa, la alimentación, la educación, la elección de escuela...

Recriminaciones en forma de falsas preguntas.

—¿No le pones suavizante a las toallas?

—¿La nena no hace la cama antes de ir al cole?

—¿No te cuesta compaginar la casa con los conciertos y los viajes?

Aunque peor que sus preguntas enconadas eran las sugerencias.

—Yo le dejaría una media melenita.

—Le pondría un poco más de...

—Tal vez podrías bajar el ritmo de conciertos...

¡Qué hipócrita es el condicional!

Yo también lo soy. Debería alegrarme de su presencia. Tendría que hacerlo. No puedo, pero me esforzaré.

La abuela es la única persona, aparte de Elisa, que pasa a verme.

El resto hace tiempo que desaparecieron.

Los tronados interesamos solo al principio, después incomodamos.

Como me ha sugerido Elisa, le ofrezco un café y pasamos al salón.

La abuela habla y habla; cada objeto a nuestro alrededor, la mesita baja, las tazas, las cucharillas, tiene una historia que se empeña en contarme o repetirme.

Yo asiento con la cabeza, tal vez con demasiada regularidad, porque se da cuenta de que no le estoy prestando atención.

Interrumpe de manera abrupta el relato y toma un sorbo de café.

En cuanto la taza toca el platillo que, me ha dicho, compraron en Amberes, reaparece la abuela de verdad y, como a mamá, me ametralla a condicionales.

—Deberías bajar.

—Deberías salir.

—Deberías sobreponerte.

—Deberías esforzarte por superarlo.

De todas sus palabras apremiantes, esa es la que más odio. ¿Qué sabrá esta mujer de esfuerzo? De las secuelas que me han dejado tantos esfuerzos que no sirvieron para nada. ¿Qué sabrá ella? Pero me callo por no defraudar a Elisa.

—Deberías, por lo menos, intentarlo.

¿Por qué no me deja en paz? ¿Por qué sigue empeñada en que resolver lo mío solo es cuestión de voluntad? Respiro hondo.

—Sí, sí. Lo intentaré.

Normalmente, esa respuesta basta para hacerla callar, pero parece ser que se ha desgastado.

—Bien, bien. Lo harás. ¿Cuándo? —no se molesta en disimular la impaciencia—. Ya llevas demasiado tiempo encerrada en casa.

—Cuando pueda.

—Cuando pueda, cuando pueda —se levanta y remeda burlona mis palabras.

Y, mientras se dirige a la puerta, desplaza todos los objetos a su paso, fotografías enmarcadas, jarrones, figuritas..., hasta me tuerce un par de cuadros. Sabe que eso me perturba.

—A ver si espabilas, nena.

«Nena.» Carga de desprecio dos sílabas que antes eran mi apelativo cariñoso, cuando yo era su «nena» y ella mi «abu».

Cierra la puerta con brusquedad.

Con la oreja pegada a la puerta, sigo sus pasos por las escaleras. «Ojalá tropiece.» «Ojalá se caiga.» Pero llega entera abajo. Vuelvo a ponerlo todo en orden. Son movimientos pequeños, pero, al terminar, estoy agotada.

«Después de la partida de nuestra amiga, me siento como si hubiera superado una gran enfermedad», le escribió Schiller a Goethe tras la marcha de la pesada de Madame de Staël, que se había presentado en su casa en diciembre de 1803 y se le quedó allí a pan y cuchillo hasta marzo del año siguiente.

Mamá lo citaba cuando por fin se marchaban las visitas cargantes.

Las visitas de la abuela necesitan un par de horas de convalecencia.

Si no fuera por las instrucciones de Elisa, le habría contestado mal a la abuela. Con condicionales.

«Podrías dejarme en paz.» «Deberías meterte en tus asuntos.» «Tal vez podrías dejar la ginebra.»

Tanto hablar, tanto dar órdenes, tanto condicional, pero, tras la muerte de nuestros padres, te quedaste sin verbos. Eras pura e inservible perplejidad.

Cuando regresamos a casa el día del entierro, la abuela se metió en la cocina, se ató un delantal blanco que colgaba detrás de la puerta y que no estaba muy limpio, porque papá lo había usado la noche antes de morir para freír croquetas, puso una olla grande con agua en el fuego y echó dentro un paquete entero de arroz.

Elisa y yo nos sentamos juntas a la mesa y ella se sentó a su vez frente a nosotras después de servirnos un engrudo en el que los granos de arroz habían perdido la forma.

—Esto es lo que queda de una vida. —Señaló las manchas en la pechera del delantal que aún llevaba puesto—. Un día estás cocinando para tu familia y al día siguiente solo unos lamparones dan testimonio de tu paso por la tierra.

Estas palabras me produjeron una desagradable turbación; ahora sé que era una honda vergüenza ajena.

Me temblaban los labios buscando alguna palabra con que hacerla callar, y, en mi parálisis verbal, cargué la cuchara con un pegote de arroz.

Cuando me disponía a lanzárselo a la boca, Elisa me contuvo poniendo una mano sobre mi muñeca.

Me volví furiosa hacia ella y me encontré con otra persona.

Era mi hermana mayor, con los mismos ojos castaños detrás de las gafas, el mismo cabello recogido en un moño para el entierro, la misma boca.

Todo igual que por la mañana, pero era otra.

No era un esbozo, como yo a mis diecisiete años; ella estaba completamente dibujada.

A veces pienso que yo me he quedado a medio hacer.

Unos días después, Elisa acompañó a la abuela a los abogados para que pidiera mi tutela.

Le dictó todo lo que tenía que decir, la tranquilizó para que no se dieran cuenta de su absoluta incompetencia.

También la adoctrinó para la visita del asistente social, que se marchó convencido de que yo no podía estar en mejores manos.

Poco después, me pasó eso. Y, otra vez, Elisa se valió de la abuela para que firmase los papeles que me permitieron seguir los estudios en casa.

Lo logró todo: informes de los psiquiatras, un centro académico en el que estudiar a distancia, tutorías. Yo se lo agradecí con notas excelentes.

—Estoy tan orgullosa de ti, Anita.

Y, aunque heredamos suficiente dinero, ambas trabajamos.

Por las tardes, Elisa da clases de piano en una academia del barrio.

—No vamos a ser señoritas ociosas —dice.

Lo de la traducción fue idea suya, porque es bueno para mí tener la mente ocupada en una actividad exigente. Es cierto, aunque a veces las palabras me dan vértigo. Pero eso ya me pasaba de pequeña.

—Traducir es algo que puedes hacer en casa.

—Y que podré seguir haciendo cuando salga —respondí.

La cara de mi hermana se transformó. Siguió sonriendo, como si una mano invisible le sostuviera las comisuras hacia arriba, pero la mirada estaba llena de dolor. Comprendí, aunque no entendí la razón, que le había sonado a menosprecio a todos sus desvelos y cuidados.

Desde entonces, nunca he vuelto a mencionar mi deseo de salir de nuevo a la calle algún día. Si ella alude a ello, muestro poco interés; entiendo que me está poniendo a prueba. Y la supero, como esos niños que no entienden las matemáticas, pero sí saben cómo aprobar exámenes de esa materia.

Mientras tanto, estoy bien. Estoy en casa, segura. Elisa me cuida y me protege.

Yo la cuido a ella a mi manera, procurando no causarle más preocupaciones. Por eso no le he contado lo que hago para evitar soñar en las vísperas del mal día. Se asustaría, seguramente con razón.