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Elisa comparte la planta baja con la abuela.

La gran casa azul de dos plantas, edificada poco antes de la guerra, la compró nuestro abuelo paterno al casarse.

La dejó en herencia a su hijo con la condición de que la abuela se quedara a vivir con ellos.

A papá, más sentimental, le encantó la idea de retornar a la casa familiar.

A mamá, más pragmática, le gustaba que hubiera espacios separados para todos.

Nosotras la heredamos tras el accidente y nos la repartimos después de lo que me pasó.

Para Elisa, la planta baja; para mí, la primera.

Elisa, el jardín; yo, el desván. Elisa tiene una puerta a la calle; yo, las ventanas altas, desde las que me cercioro regularmente de que el mar sigue lejos.

El desván es un añadido a la casa original, al que se accede por una escalera de madera y una trampilla al final del pasillo que divide en dos, como una crencha oscura, el piso superior de la casa.

Allí se conservan buena parte de las compras caprichosas de los abuelos cuando hicieron su viaje de novios por Europa.

Por la Europa «civilizada», con Viena como destino límite al este; Nápoles, al sur; Berlín, al norte, y París al oeste.

Por lo visto, el abuelo, al que nosotras no llegamos a conocer, consideraba los países eslavos y escandinavos poco menos que salvajes amaestrados.

Grecia no le interesaba porque tenían otro alfabeto y, además, «había caído en la irrelevancia».

Dado que la abuela detesta las islas, tampoco fueron a Londres.

Al volver del viaje se dieron cuenta de que no había espacio en la casa para los objetos que habían hecho enviar en su frenesí comprador.

En cada ciudad en la que recalaron adquirieron muebles, estatuillas, jarrones, vajillas, lámparas, cuadros, telas, objetos de tocador, espejos, cornucopias...

Los embalajes apilados ocupaban las habitaciones, de ahí que el abuelo hiciera levantar un desván para albergarlos.

Un minucioso inventario consignado en una libreta gruesa de tapas de lino recoge la fecha y el lugar en que se compró cada una de las piezas, una descripción detallada y su valor.

Esa libreta la custodio yo. Creo que me habría llevado bien con ese abuelo desconocido, que a él le hubiera agradado que mantenga el desván en un orden estricto.

Sé dónde se encuentra cada objeto, incluso los más pequeños, como los abrecartas, varios prismáticos de ópera o unas estatuillas romanas que, según el inventario, representan unos lares, a los que, dado su fracaso en esta casa, devolví al estuche en el que llegaron muchos años atrás desde Viterbo.

Cuando me canso de verlos, trueco los rollizos querubines de un jarrón renacentista italiano por lánguidos lirios de otro art nouveau francés; una mesita comprada en Viena, por otra adquirida en Berlín; un grabado barroco alemán, por una pieza japonista descubierta en Bruselas.

Siempre uno a uno. Pero nunca abro el estrecho armario flamenco en que guardamos los vestidos de concierto de mamá.

No por miedo a perder su olor. Los conciertos son un trabajo duro, un trabajo de sudar y, tras las actuaciones, los vestidos se llevaban a la tintorería.

Elisa y yo los colgamos, ordenados por colores, en las fundas transparentes de plástico fino con que los entregaban en la tintorería.

También, encarados a los vestidos, como dispuestos a bailar, los trajes con que papá asistía a los conciertos cuando ella tocaba en Barcelona.

Puse un pañuelo de tela limpio y planchado en el bolsillo derecho de cada americana.

Papá se emocionaba en los conciertos, por eso se sentaba siempre en un asiento de la primera fila desde donde poder mirarla embelesado sin que ella notara que sacaba el pañuelo con las primeras notas del concierto de Alban Berg o las últimas del de Brahms. Después cerramos la puerta.

La llavecita quedó en la cerradura. No hemos vuelto a abrirla.