Capítulo 25 #2
Quizá porque sabía que la justicia no le estaba haciendo un favor.
—Elena Alvarado será investigada por ocultación de pruebas y por el mensaje anónimo, pero su colaboración y la entrega de documentos se tendrán en cuenta. También se revisará la participación histórica de su familia y las sociedades vinculadas.
Elena asintió sin protestar.
—Lo entiendo.
—Enrique Soler ha declarado esta mañana —añadió Vega—. Confirma parte de la adopción irregular y de los documentos de 1991. Dice que Julián y Ramiro dirigieron el proceso, con consentimiento de Aurora.
Alicia miró al suelo.
—Consentimiento —murmuró—. Otra palabra limpia.
Nadie le respondió.
Después Vega habló de la caja tres, de las copias de Ramiro, de las cuentas, de la posible nulidad o revisión de disposiciones patrimoniales, de procesos largos, abogados, jueces, peritos.
La escuché, pero parte de mí se quedó fuera.
En algún lugar entre la cocina de mi piso, la carta de mi padre y la voz de Jacinta diciendo que la casa siempre mentía.
Cuando terminó, nos permitió hacer preguntas.
No hice ninguna.
Eso sorprendió a más de uno.
La verdad es que estaba cansada de respuestas. O, mejor dicho, estaba cansada de respuestas que llegaban siempre con un muerto debajo.
Al salir, Daniel nos esperaba en el pasillo. Alicia se quedó parada al verlo. Él llevaba una chaqueta prestada y la venda en la ceja. Parecía más joven que en el hospital. O quizá menos en guerra.
—¿Café? —preguntó Alicia.
Daniel la miró.
—Ahora no.
Vi cómo a ella se le tensaba la cara.
—Claro.
—Pero otro día sí.
Alicia parpadeó.
—¿Sí?
—Sí.
—Vale.
La palabra le salió pequeña, casi torpe.
Daniel se volvió hacia mí.
—Quiero hablar contigo.
—Qué agenda social más rara estoy teniendo.
Nos apartamos unos metros, junto a una ventana que daba al aparcamiento. La lluvia hacía pequeños ríos en el cristal.
—He pensado en lo de la fundación —dijo.
—¿En serio? Has tenido un golpe en la cabeza. Quizá no sea el mejor momento para decisiones patrimoniales.
—Quizá por eso quiero decidir antes de volverme sensato.
—Tiene lógica de hospital.
—No quiero la casa, pero tampoco quiero que la compren los Alvarado o cualquier otro que la convierta en hotel con encanto.
—“Duerma donde varias generaciones arruinaron vidas”. Tiene mercado.
Daniel casi sonrió.
—La fundación Jacinta podría tener sentido.
—Sí.
—Pero no quiero que sea una forma de que los Valcárcel se limpien la conciencia.
—Yo tampoco.
—Ni una placa bonita y ya está.
—No.
—Tendría que servir de verdad.
Le miré.
—Daniel, llevo menos de cuarenta y ocho horas sabiendo que quizá me toque decidir algo sobre una mansión homicida. No tengo plan de negocio.
—No te pido uno.
—Menos mal.
—Solo quería saber si tú también lo ves.
Miré la lluvia. Pensé en mujeres atrapadas en casas donde todo se hacía “por su bien”.
En Alicia con diecinueve años. En Jacinta corriendo hacia el pozo.
En mi madre callando hasta volverse pequeña.
En Beatriz usando a sus hijos como excusa.
En mí, sentada durante años en comidas familiares, escuchando que no querer hijos era una avería.
—Sí —dije—. Lo veo.
Daniel asintió.
—Bien.
—Aunque te advierto que trabajar conmigo puede ser irritante.
—Ya lo había notado.
—Y no pienso dejar que nadie convierta a Jacinta en una santa decorativa. Por lo poco que he oído, era bastante incómoda.
—Eso me gusta.
—A mí también.
Nos quedamos callados. Por primera vez, el silencio entre Daniel y yo no era desconfianza pura. Era algo más raro. Una alianza provisional. Como dos personas que han encontrado el mismo mapa lleno de manchas y han decidido no quemarlo todavía.
—Alicia quiere intentarlo —dije.
Daniel miró hacia ella. Estaba hablando con mi madre en el pasillo, con los brazos cruzados y cara de no saber qué hacer con las manos.
—Lo sé.
—No tienes obligación.
—También lo sé.
—Pero a veces un café no es una obligación. Es solo un café.
—¿Siempre opinas tanto?
—Sí.
—Debe de ser agotador.
—Para los demás, sobre todo.
Daniel soltó una risa breve. Esta vez sí. Pequeña, pero real.
Cuando volvimos con los demás, Vega estaba hablando con mi madre. Alicia me miró como si quisiera preguntarme algo sobre Daniel, pero se contuvo. Bien. Progreso.
Mi madre se acercó a mí después.
—¿Todo bien?
—Hemos decidido no convertir la casa en hotel con encanto.
—Un gran paso para la humanidad.
—Y Daniel está dispuesto a valorar lo de la fundación.
Clara asintió. Vi emoción en sus ojos, pero no la dejó salir del todo. Mi madre seguía aprendiendo a no esconderse. No iba a hacerlo perfecto en un día. Ninguna de nosotras.
—Tu padre estaría contento —dijo.
La miré.
—Mamá.
—Ya sé. No usarlo para decir cosas bonitas.
—Exacto.
—Entonces lo estoy yo.
Esta vez no me protegí.
Sonreí.
—Eso sí vale.
Salimos de dependencias casi al mediodía. La lluvia había parado. La calle olía a asfalto mojado y a pan de una cafetería cercana. Alicia miró a Daniel.
—¿Quieres que te lleve al hospital?
Él dudó.
—Puede llevarme Vega.
—Claro.
Alicia no insistió.
Daniel la observó, como si esa ausencia de presión fuera algo nuevo que necesitaba estudiar.
—Otro día —dijo.
—Otro día —respondió ella.
No fue una reconciliación. Ni siquiera un principio claro. Fue una cita pendiente. Un hilo. Algo muy poco espectacular y, por eso mismo, bastante decente.
Mi madre y yo caminamos hacia mi coche. Antes de subir, me giré hacia ella.
—¿Te vienes a casa?
—¿A tu piso?
—Sí.
—Solo si me prometes que vas a comprar lejía.
—Mamá, estamos reconstruyendo vínculos. No metas presión doméstica tan pronto.
—La albahaca también necesita una intervención.
—La albahaca ya está con Jacinta. Déjala descansar.
Clara se rió.
No mucho.
Pero se rió.
Y esa risa, en medio de todo, sonó casi como una ventana abriéndose.