Capítulo 26
El entierro de Julián fue discreto, que es una forma elegante de decir que fue incómodo y con pocos testigos.
No porque faltara gente que hubiera querido verlo bajo tierra. De esos, sospecho, había bastantes. Pero una cosa es desear en privado que alguien desaparezca y otra ponerse traje negro para comprobar que lo ha hecho. La hipocresía también tiene agenda.
Llovía poco, lo justo para que todo pareciera más triste sin llegar a justificar un paraguas decente.
El cementerio estaba en las afueras del pueblo, rodeado de cipreses, con caminos de grava húmeda y nichos blancos que parecían mirarnos con más calma que la familia.
Mi madre caminaba a mi lado, vestida de negro, con el pelo recogido y la cara serena.
No feliz. No aliviada. Serena, que ya era casi una provocación después de tantos años viviendo como si tuviera que pedir permiso incluso para respirar.
Alicia venía unos pasos detrás. Sin perlas.
Sin perfume. O con tan poco que el aire no necesitaba denunciarla.
Beatriz no estaba, claro. Aurora tampoco.
Ramiro menos. Álvaro y Martina sí habían venido.
Él parecía un traje vacío. Ella, una mujer que todavía no sabía si estaba allí por su tío muerto, por su madre detenida o por la última costumbre familiar que no había conseguido romper.
Daniel apareció tarde.
Lo hizo con Elena, pero se separó de ella antes de acercarse al grupo. Llevaba una chaqueta oscura, la herida de la ceja casi cerrada y esa expresión suya de estar en un sitio al que nadie le había preguntado si quería pertenecer. Alicia lo vio y se quedó muy quieta.
No fue hacia él.
Eso fue lo primero que noté.
Antes habría corrido, llorado, explicado, pedido, llenado el aire de frases. Esa mañana solo lo miró y esperó.
Daniel se acercó hasta quedar a una distancia prudente. No dos metros. Uno y medio, quizá. Progreso medido con cinta métrica emocional.
—Hola —dijo Alicia.
—Hola.
Parecía poco, pero en esa familia los saludos sinceros eran una especie en peligro.
El cura habló de Julián como hablan los curas cuando no tienen demasiado material bueno: mencionó su carácter, su papel en la familia, su compromiso con la casa y su repentina partida.
Nadie dijo nada. Yo estuve a punto de agradecerle que no usara la palabra bondad, porque tampoco era cuestión de obligar al cielo a presentar una reclamación.
Cuando terminó, bajaron el ataúd.
Alicia lloró un poco. No mucho. Quizá por Julián, quizá por Mateo, quizá por la hermana detenida, quizá por todos los años en los que había llorado mal y ahora no sabía ordenar las lágrimas.
Mi madre no lloró.
Me sorprendió menos de lo que habría pensado.
—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja.
—No del todo.
—Respuesta aceptada.
Miró la tierra removida.
—Julián hizo cosas terribles.
—Sí.
—Pero cuando éramos pequeños, me enseñó a montar en bicicleta.
No supe qué decir.
Clara sonrió apenas, mirando el ataúd.
—Me empujaba por el camino de grava y me gritaba que no mirara al suelo. Luego, cuando aprendí, me dijo que era porque si miras al suelo acabas yendo hacia él.
—Muy Julián. Hasta de niño sonaba a amenaza con moraleja.
Mi madre soltó una risa pequeña. Luego se le apagó.
—No sé qué hacer con los recuerdos buenos cuando una persona ha hecho tanto daño.
Pensé en mi tío muerto, en su vídeo, en su confesión calculada, en su forma tardía y venenosa de intentar romper la casa antes de que la casa lo enterrara a él.
—Guardarlos lejos de los malos, supongo —dije—. Pero sin dejar que los buenos hagan de abogado.
Mi madre me miró.
—Eso ha estado bien.
—Tengo momentos. Pocos, para no generar expectativas.
Nos apartamos cuando la ceremonia terminó. Nadie tenía muchas ganas de quedarse. Los cementerios son sitios incómodos porque obligan a los vivos a fingir que saben qué hacer con las manos. Álvaro se acercó a la tumba, dejó una flor blanca sobre la tierra y volvió junto a Martina con los ojos rojos.
—Voy a ingresar en un centro —dijo de pronto.
Martina lo miró.
—¿Qué?
—Para lo del alcohol. Y las deudas. No sé. Para no seguir siendo esto.
La frase salió torpe, como si le diera vergüenza tener algo parecido a una intención.
Martina no lo abrazó. Le puso una mano en el hombro.
—Bien.
—¿Solo bien?
—Álvaro, si esperas un discurso emocionante, has elegido mal el día y la hermana. Bien ya es bastante.
Él asintió.
—Sí. Supongo.
Alicia se acercó a ellos.
—Vuestra madre ha preguntado por vosotros.
Martina se tensó.
—¿Y?
—Quiere escribiros una carta. Me ha pedido que os lo diga.
Álvaro miró a su hermana.
Martina tardó en responder.
—Que la escriba.
—¿La leerás?
—No lo sé.
Alicia asintió.
—Se lo diré así.
Qué cosa extraña era ver a Alicia sin empujar. Sin insistir. Sin convertir una herida ajena en una escena donde ella pudiera colocar una frase. Casi parecía otra persona. O quizá, pensé, las personas también pueden ser otra versión de sí mismas cuando por fin dejan de defender la peor.
Daniel estaba unos metros más allá, junto a un ciprés. Me acerqué a él porque, por algún motivo, aquella mañana todos parecíamos movernos hacia lo difícil.
—No esperaba verte aquí —dije.
—Yo tampoco.
—¿Has venido por Julián?
—He venido para asegurarme de que estaba muerto.
Le miré.
Daniel sostuvo mi mirada un segundo y luego suspiró.
—Y para comprobar si me daba algo más que rabia.
—¿Y?
—Me dio frío.
—Es un cementerio.
—No ese frío.
No hizo falta que explicara más.
A veces uno espera que un muerto cierre una puerta, pero los muertos tienen la mala costumbre de dejar corriente.
—Alicia está aprendiendo a no invadirte —dije.
Daniel miró hacia ella.
—Lo he notado.
—Le cuesta. Es de una familia donde hasta las disculpas entran sin llamar.
—¿Tú la estás defendiendo otra vez?
—No. Estoy haciendo observación de fauna.
Casi sonrió.
—Tomaremos ese café mañana.
—¿Con Alicia?
—Sí.
—¿Nervioso?
—No.
—Mentiroso.
—Mucho.
—Mejor. La gente que no se pone nerviosa en ciertas situaciones suele acabar mandando hermanas a pozos o hermanos por escaleras.
Daniel soltó una risa breve y luego se llevó una mano al costado.
—No hagas reír a un herido.
—No presumas. Ya casi no estás herido.
—Por fuera.
La frase se quedó ahí.
No era una frase poética. Era una verdad con vendaje.
Miré hacia la tumba de Julián.
—La fundación va a tardar.
—Lo sé.
—Los abogados dicen que puede haber recursos, impugnaciones, reclamaciones de acreedores y una lista de palabras diseñadas para provocar migraña.
—Lo sé.
—Aun así, creo que saldrá.
Daniel me miró.
—¿Tú crees?
—No. Pero mi madre sí, y últimamente intento no llevarle la contraria cuando tiene esperanza. Es una novedad doméstica.
Daniel asintió.
—Fundación Jacinta.
—Sí.
—Para mujeres que necesitan salir.
—Y para gente que no quiere que le digan que la familia lo justifica todo.
—Eso es mucha gente.
—Pues tendremos que hacer sitio.
Nos quedamos callados un momento. La lluvia fina se había detenido. El cielo seguía gris, pero ya no parecía tan empeñado en caerse.
Al volver al coche, Alicia nos alcanzó. Miró a Daniel, luego a mí, como si pidiera permiso para una frase.
—¿Puedo decir algo sin estropearlo? —preguntó.
—Qué pregunta tan optimista —respondí.
Daniel me miró con una ceja levantada.
—Déjala.
—Vale. Pero si empieza con “yo solo quería”, me tiro sobre una lápida.
Alicia respiró hondo.
—Solo quería decirte que mañana puedo adaptarme a la hora que prefieras. Y si al final no quieres, también está bien.
Daniel la observó.
—A las cinco.
Alicia parpadeó.
—¿A las cinco?
—Sí.
—Perfecto.
—En un sitio público.
—Claro.
—Y no me lleves regalos.
Alicia abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.
—Vale.
—Ni fotos.
—Vale.
—Ni una lista de cosas que quieres explicarme.
Alicia tragó saliva.
—Eso me va a costar más.
—Lo imaginaba.
—Pero vale.
Daniel asintió.
—Entonces mañana.
No fue un abrazo. Ni un perdón. Ni siquiera una conversación larga. Fue una cita con normas. Y, sin embargo, Alicia parecía a punto de llorar de agradecimiento por aquellas normas.
La vida, a veces, empieza con límites. Qué descubrimiento tan poco familiar.
Volvimos al pueblo después del entierro. Mi madre quiso pasar por mi piso antes de ir al suyo. Seguía diciendo “mi piso” como si de verdad pensara volver a dormir allí esa noche, pero yo ya había detectado en su bolso una muda de ropa doblada con demasiada precisión.
—Te estás instalando —dije al entrar.
—Solo he traído algunas cosas.
—Mamá, eso es una bolsa con ropa, crema, un libro y tus zapatillas. Eso en mi piso equivale a una mudanza.
—Puedo irme cuando quieras.
—No he dicho eso.
Dejó la bolsa junto al sofá.
—No quiero invadirte.
—Tranquila. Para invadir, la hiedra. Tú, como mucho, reorganizas cajones.
—Tus cajones piden ayuda.
—Mis cajones tienen un pacto de no agresión conmigo.
Mi madre sonrió. Se quitó el abrigo y miró la planta muerta de la ventana.
—Esto ya no tiene arreglo.
—Se llama albahaca, y ha vivido una vida intensa.
—Se llama compost.
—Qué dura estás.
—Estoy cambiando.
Esa frase, dicha con una planta muerta delante, me pareció más importante de lo que debería.
Por la tarde, mientras ella descansaba, recibí un mensaje de Vega.
Han confirmado que la segunda copa tenía huellas parciales de Elena y restos de vino. Dice que la tiró al huir de la galería. Tendrá consecuencias, pero no la vincula directamente con la muerte. La investigación principal contra Beatriz y Ramiro se sostiene.
Le respondí:
Gracias. ¿Algún muerto nuevo?
Tardó un minuto.
No. Disfrútelo.
Me reí sola en la cocina.
Mi madre apareció con cara de sueño.
—¿Qué pasa?
—Vega me ha deseado una tarde sin muertos.
—Qué detalle.
—Empieza a conocerme.
Preparé una cena sencilla: tortilla francesa, pan, tomate y algo de queso que aún no había decidido si estaba en buen estado o solo tenía carácter. Mi madre me ayudó sin comentar el estado de la nevera, lo cual interpreté como una muestra enorme de amor.