Capítulo 25
La noticia tardó menos que la vergüenza.
A media mañana, mientras la Guardia Civil seguía entrando y saliendo de la finca, ya había dos periodistas en la verja principal y un vecino fingiendo pasear al perro por tercera vez en veinte minutos. El perro, por cierto, tenía cara de estar hasta las narices del periodismo local.
La primera versión fue prudente: un hombre fallecido en una finca familiar. La segunda, menos: investigan una muerte extraña en la Casa de las Hiedras. La tercera ya venía con todo el entusiasmo de la carroña: escándalo en una de las familias históricas de la comarca.
Alicia leyó el titular en el móvil de un agente, porque el suyo seguía requisado, y dijo:
—Histórica. Qué forma tan fina de decir que llevamos demasiados años molestando.
Nadie la contradijo.
Para entonces, Beatriz ya había sido trasladada.
Ramiro también. Aurora se encontraba en dependencias, declarando sobre Jacinta con una frialdad que, según Vega, empezaba a parecerse más a una confesión larga que a una defensa.
Daniel había vuelto al hospital, escoltado por Elena y por un agente.
Alicia no fue con él. Él no se lo pidió. Ella tampoco insistió.
Eso, en Alicia, fue casi una revolución.
Nosotros nos quedamos en la casa hasta pasado el mediodía.
Nos tomaron declaración otra vez. Y luego otra, por si la primera no nos había parecido suficientemente humillante.
Vega me preguntó por la cena, por Julián, por la carta de mi padre, por el mensaje anónimo, por la galería, por mi madre y por mi impresión general de la familia.
—¿Mi impresión general? —pregunté.
—Sí.
—¿Tiene límite de palabras?
—Intente que no sea una novela.
—Qué pena. Ya tenía título.
No sonrió, pero le tembló una comisura. Yo lo conté como victoria.
Cuando por fin salimos de la casa, mi madre llevaba el abrigo mal abrochado y una bolsa con las pocas cosas que había querido recuperar: una fotografía de mi padre, el reloj que había aparecido en la caja metálica y una caja pequeña con cartas antiguas que Tomás encontró en una cómoda del dormitorio de invitados. No quiso llevarse nada más.
—¿Seguro? —le preguntó Alicia—. Hay ropa tuya de otras veces. Libros. Algunas cosas de Andrés.
Mi madre miró hacia el vestíbulo.
—No quiero seguir sacando trozos de mi vida de esta casa como si fueran objetos perdidos.
Alicia bajó la vista.
—Entiendo.
Y creo que lo entendía.
Eso también era nuevo.
Volvimos a mi piso en silencio. Mi madre insistió en que podía irse al suyo, pero yo le dije que no. Ella me dijo que no era una niña. Yo le dije que precisamente por eso podía elegir no dormir sola después de haber sido drogada por su cuñada. Nos miramos durante unos segundos, agotadas.
—Tienes un argumento desagradablemente sólido —admitió.
—Me pasa poco, pero cuando pasa hay que aprovecharlo.
Mi piso no estaba preparado para recibir una tragedia familiar.
Tampoco lo estaba para recibir a mi madre, si soy sincera.
Había ropa doblada a medias sobre una silla, dos tazas en el fregadero, una planta medio muerta junto a la ventana y una manta en el sofá que llevaba semanas fingiendo ser decoración.
Pero al entrar, mi madre dejó la bolsa en el suelo y respiró como si aquel pequeño desorden fuera un balneario.
—Qué tranquilidad —dijo.
Miré alrededor.
—Mamá, hay una factura del gas encima de una novela policíaca y creo que la albahaca se está momificando.
—No hay retratos de antepasados.
—Eso sí.
—Entonces es tranquilo.
Preparé café. O algo parecido. Mi cafetera tenía un carácter muy parecido al mío: funcionaba cuando le daba la gana y hacía ruido para que todos lo supieran. Mi madre se sentó en la cocina con el abrigo puesto, aunque la calefacción estaba encendida.
—¿Quieres quitártelo?
—Ahora.
No se lo quitó.
Le puse una taza delante. Bebió un sorbo y arrugó la nariz.
—Está fuerte.
—Es café de supervivencia.
—Podría usarse para despegar pintura.
—También. Es polivalente.
Por primera vez desde la noche anterior, mi madre sonrió sin que la sonrisa se le rompiera enseguida.
Nos quedamos en silencio un rato. Afuera, la ciudad seguía con su vida. Coches, voces, una moto demasiado ruidosa, alguien arrastrando un contenedor. El mundo no se detenía por los secretos de los Valcárcel. Eso me pareció injusto y, al mismo tiempo, muy sano.
Mi madre fue la primera en hablar.
—Tu padre habría odiado todo esto.
—¿La investigación, la casa o mi café?
—Las tres cosas, probablemente.
—Buen criterio.
Clara rodeó la taza con las manos.
—Pero también habría estado orgulloso de ti.
Miré hacia la ventana.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Usar a papá para decirme cosas bonitas. Me descoloca.
—Vale. Entonces lo diré yo. Estoy orgullosa de ti.
Eso fue peor.
Me quedé quieta, con la mano apoyada en la encimera.
Había frases para las que una no tiene músculo.
Durante años mi madre me había querido en silencio, me había protegido mal, me había ocultado demasiado y me había pedido calma cuando yo necesitaba respuestas.
Pero allí estaba, en mi cocina desordenada, diciéndome algo sencillo que quizá debería haber dicho muchas veces y que, precisamente por no haberlo dicho, ahora pesaba mucho más.
—Gracias —dije.
Me salió bajo.
—De nada.
—Esto es raro.
—Mucho.
—No me acostumbro.
—Ni yo.
Bebimos café. Sobrevivimos.
Aquella tarde dormimos tres horas. Ella en mi cama, yo en el sofá, con la manta que fingía ser decoración.
Soñé con una escalera que no terminaba nunca y con una mujer joven que tocaba el piano desafinado mientras alguien llamaba a una puerta cerrada.
Al despertarme, tenía un dolor de cabeza feroz y una notificación de Vega en el móvil, que por fin me habían devuelto.
Necesito que mañana paséis por dependencias. Hay avances sobre la autopsia preliminar.
Leí el mensaje dos veces.
Mi madre apareció en el salón con mi bata puesta. Le quedaba grande y parecía más joven. O quizá menos vigilada.
—¿Noticias?
—Vega. Mañana.
—¿Malas?
—En esta familia, mamá, las noticias vienen con antecedentes.
Asintió.
El día siguiente empezó con lluvia. Una lluvia fina, de esas que no limpian nada pero lo mojan todo.
En dependencias nos reunieron con Alicia, Martina, Álvaro y Elena.
Daniel estaba en otra sala, con un vendaje nuevo y cara de haber discutido con todos los médicos del hospital por puro aburrimiento.
Alicia llevaba ropa sencilla, sin joyas. Casi no parecía ella. Me di cuenta de que una parte de mí echaba de menos sus perlas solo porque al menos sabía dónde colocarla.
—¿Has dormido? —me preguntó.
—Un poco. ¿Tú?
—No.
—Bienvenida al club de los ojos como dos denuncias.
Alicia soltó una risa pequeña. Luego miró hacia la sala donde estaba Daniel.
—Ha aceptado tomar un café conmigo cuando todo esto pase.
—Eso es bastante.
—Sí.
—No lo estropees hablando demasiado.
—Intentaré respirar poco.
—Respirar puedes. Con moderación.
Martina estaba sentada aparte, con Álvaro a su lado. Él parecía hundido. Ella parecía sostenerlo y querer soltarlo al mismo tiempo. No debía de ser fácil querer a un hermano que había abierto una puerta por cobardía y a una madre que había cruzado demasiadas por miedo.
Me acerqué.
—¿Cómo estáis?
Martina me miró.
—Esa pregunta, ahora mismo, es casi ofensiva.
—Sí. Me he dado cuenta al decirla. Pero ya estaba en el aire y recogerla quedaba raro.
—Estamos vivos.
—Respuesta familiarmente aceptable.
Álvaro levantó la vista.
—Van a acusarme, ¿verdad?
No supe si me lo preguntaba a mí, al suelo o a la parte de sí mismo que aún esperaba que alguien viniera a arreglarlo.
—Dejaste una puerta abierta y no lo dijiste.
—Lo sé.
—Y falsificaste una firma.
—También.
—Pues alguna consecuencia parece razonable.
Martina le puso una mano en el brazo.
Él cerró los ojos.
—Nunca pensé que mamá...
—Ya —dijo ella—. Ese es el problema. Nunca pensamos.
No lo dijo con crueldad. Lo dijo con una tristeza que sonaba adulta. Demasiado adulta para una sola noche.
Vega nos llamó a todos poco después. Nos llevó a una sala sobria, con una mesa larga, sillas incómodas y una máquina de agua en una esquina que nadie se atrevió a usar. Buen instinto.
La sargento dejó una carpeta delante de ella.
—La autopsia preliminar confirma que Julián Valcárcel tenía una dosis elevada de ansiolítico en sangre. También presentaba traumatismos compatibles con una caída o traslado violento por escalera, y una lesión craneal grave producida al final, probablemente al golpear contra el mármol del vestíbulo.
Alicia cerró los ojos.
Elena bajó la mirada.
Martina se quedó muy quieta.
Vega continuó:
—No podemos determinar aún si habría sobrevivido con asistencia inmediata, pero sí que estaba vivo durante parte del traslado. Eso agrava la situación de Beatriz Valcárcel y Ramiro Montero.
Álvaro se llevó las manos a la cara.
—Mi madre...
Vega no suavizó la voz, pero tampoco fue cruel.
—Beatriz ha confesado la administración del ansiolítico, la manipulación de la escena, la colocación de la copa y la retirada del móvil.
Ramiro ha reconocido haber golpeado a Daniel, haber trasladado a Julián y haber ayudado a montar la caída.
Ambos intentan reducir responsabilidad señalándose mutuamente en la fase final.
—Qué entrañable —dije—. La familia hasta el final.
Nadie rió.
Normal.
—Aurora Valcárcel —siguió Vega— ha ampliado su declaración sobre Jacinta. La cinta encontrada en su dormitorio y los restos del pozo serán analizados formalmente, pero su confesión ya permite reabrir ese caso como homicidio. También se investigará el encubrimiento posterior.
Alicia respiró hondo.
—¿Y mi hijo?
Vega la miró.
—Daniel será tratado como víctima en la agresión de la galería y testigo clave. Sigue investigándose su entrada en la finca y las páginas que ocultó, pero ahora mismo no hay indicios de que participara en la muerte de Julián.
Alicia cerró los ojos.
No dijo gracias.