Todo Queda en Familia Capítulo 24 #2
72%

Capítulo 24 #2

Nos quedamos mirando el jardín. Durante un rato no pasó nada. O, mejor dicho, pasó eso: nada. Nadie gritó, nadie apareció con una copa nueva, nadie confesó haber empujado a una prima en 1986. Un descanso pequeño. Casi sospechoso.

Luego Alicia entró en el pasillo.

—Beatriz quiere ver a Martina y a Álvaro.

—¿Y ellos?

—Álvaro sí. Martina no sabe.

Mi madre asintió.

—Tiene derecho a no saber.

Alicia se quedó junto a nosotras. Daniel estaba al fondo, sentado en una silla que Tomás había traído para él. Un agente insistía en que no debía moverse demasiado. Daniel tenía pinta de estar planeando moverse igual.

—¿Y tú? —pregunté a Alicia.

—¿Yo qué?

—¿Qué vas a hacer con Daniel?

Alicia miró hacia él.

—Nada que él no quiera.

—Buena política. Poco usada en la familia.

—Estoy aprendiendo tarde.

—Es nuestra especialidad.

Alicia sonrió apenas. Luego me miró con una seriedad nueva.

—Lo de la fundación que dijo Clara...

Mi madre se volvió.

—Era una idea. Aún no sabemos nada legalmente.

—Lo sé. Pero quiero apoyarla.

—¿De verdad? —pregunté.

Alicia me miró.

—Durante años pensé que esta casa me había quitado un hijo. Hoy entiendo que también me convirtió en alguien que hacía daño para no mirar su propia pérdida. Si esa casa puede servir para que otra mujer salga antes de convertirse en nosotras, me parece lo mínimo.

No dije nada.

Porque estaba bien dicho.

Y porque, además, quizá lo decía de verdad.

—Sería bonito que llevara el nombre de Jacinta —dijo mi madre.

Alicia asintió.

—Sí.

—Fundación Jacinta —murmuré—. Suena mejor que Casa de las Hiedras, que a estas alturas parece una amenaza botánica.

Mi madre sonrió.

Alicia también.

No fue felicidad. Ni siquiera alivio. Pero fue algo.

Del salón llegó la voz de Martina.

—Voy a verla.

Nos giramos. Martina estaba de pie junto a la puerta, con Álvaro a su lado. Él tenía los ojos rojos. Ella parecía más entera, aunque una parte de esa entereza daba miedo: la de quien se ha roto tan por dentro que por fuera ya no tiene fuerzas para hacerlo.

—¿Segura? —preguntó Alicia.

Martina negó despacio.

—No. Pero voy.

Álvaro y ella entraron en la salita donde Beatriz esperaba custodiada por un agente. La puerta quedó entornada. No escuchamos todo. Solo fragmentos.

—Mamá...

—Lo siento...

—No lo digas así...

—Os quería proteger...

—Nos has destrozado...

Después, silencio.

Un silencio largo.

No supe si era bueno o malo. Supuse que algunas cosas no eran ninguna de las dos.

Daniel apareció a mi lado. Caminaba despacio, pero caminaba. Alicia lo vio y dio un paso por instinto. Él levantó una mano.

—Estoy bien.

—Tú también abusas de esa frase —dije.

—Se pega.

Daniel miró hacia la salita.

—¿Beatriz confesó todo?

—Sí.

—¿Y Ramiro?

—Está intentando salvarse con copias. Muy elegante todo.

Daniel asintió.

—Julián me dijo que Beatriz era la más peligrosa.

—¿Beatriz?

—Dijo que Aurora era capaz de matar por la casa, Ramiro por dinero, él por control. Pero Beatriz era capaz de matar llorando y convencida de que eso la hacía buena.

Me quedé callada.

Era una descripción tan exacta que molestaba.

—Tu tío era un cabrón bastante lúcido —dijo Daniel.

—Sí. Una pérdida para el mundo del insulto inteligente.

Daniel miró hacia el jardín.

—No quiero que la casa quede en manos de nadie de aquí.

—Ya somos dos.

—Pero tampoco quiero decidir nada solo contigo como si Andrés nos hubiera nombrado administradores de la desgracia.

—Tranquilo. Yo no administro ni mis correos.

—La fundación puede ser una buena salida.

Lo miré.

—¿Lo dices en serio?

—Sí. Si la justicia, los jueces y toda esa gente que habla en papeles lo permiten.

—Tendremos que tratar con abogados.

—Peor. Con abogados sobrios.

—Terrible.

Daniel casi sonrió.

Luego miró a Alicia. Ella estaba unos metros más allá, hablando con mi madre. No intentaba escucharnos. O fingía no hacerlo con bastante dignidad.

—No sé qué hacer con ella —dijo.

—No hagas nada todavía.

—Parece poco.

—A veces poco es lo único que no estropea más las cosas.

Daniel asintió.

—Un café.

—Eso dijimos.

—Podría empezar por ahí.

—Eso y no desaparecer sin avisar. Para una madre recién enterada, me parece suficiente material emocional.

—No es mi madre.

—No como tú lo entiendes.

—¿Y cómo debería entenderlo?

Me encogí de hombros.

—No tengo hijos, no quiero tenerlos y mi familia parece un manual de advertencias. No soy la mejor consultora.

—Pero opinas igual.

—Eso no tiene cura.

Daniel miró al suelo.

—Supongo que puede ser Alicia. De momento.

—Alicia a secas es bastante trabajo.

—Sí.

Nos quedamos callados.

Por la puerta de la salita salieron Martina y Álvaro. Los dos estaban llorando. Beatriz venía detrás, acompañada por un agente. Ya no parecía la tía blanda, ni la madre sacrificada, ni la mujer de pañuelo fácil. Parecía una persona que acababa de ver el daño completo y no sabía dónde esconderlo.

Al pasar junto a mí, se detuvo.

—Inés.

No respondí.

Me miró con los ojos hinchados.

—Lo siento por Clara.

—Deberías decírselo a ella.

—Lo haré.

—Y deberías dejar de decir que lo hiciste por amor.

Beatriz bajó la mirada.

—Lo sé.

No añadí nada.

A veces una frase llega tarde, pero llega. Tampoco conviene regalarle aplausos.

Los agentes se la llevaron. Álvaro quiso seguirla, pero Martina lo sujetó.

—No.

—Es mamá.

—Ahora no.

—Martina...

—Ahora nos toca no arreglarlo todo deprisa.

Álvaro se quedó quieto. Luego asintió, derrotado.

Vi en él algo que quizá no había visto nunca: la posibilidad de crecer. No de golpe. No de forma bonita. Solo la posibilidad, que ya era más de lo que había tenido durante años.

Vega salió de la biblioteca con Molina.

—Ramiro será trasladado también.

—¿Y Elena? —pregunté.

—Declarará por ocultación de pruebas y por el mensaje anónimo, pero ha colaborado. Veremos cómo evoluciona.

—En esta familia nadie sale limpio. Como mucho, sale menos manchado.

Elena apareció desde el comedor. Había estado hablando con un agente. Se acercó a Daniel.

—Yo también lo siento.

Daniel la miró.

—Ya.

—No te pido nada.

—Todos decís eso antes de pedir algo.

Elena aceptó el golpe.

—Tienes razón.

—¿Qué vas a hacer?

—Entregar lo de mi madre. Todo. Las copias, las cuentas, lo que quede en la finca.

—Tarde.

—Sí.

—Pero algo.

Elena asintió.

—Pero algo.

Daniel no la abrazó. Tampoco le dio la espalda. Esa mañana, en aquella casa, algunas victorias eran tan pequeñas que apenas se veían si una no estaba mirando con cuidado.

Me aparté hacia el vestíbulo. Necesitaba aire, aunque fuera aire contaminado por la genealogía.

Me detuve al pie de la escalera. Allí donde Julián había aparecido muerto.

Miré hacia arriba, hacia el rellano, hacia la galería.

Pensé en Jacinta, en Andrés, en Daniel, en mi madre, en Alicia, en Beatriz, en Aurora.

Pensé en mí misma llegando el día anterior con una botella de vino y ganas de sobrevivir a un cumpleaños.

Había pasado menos de un día.

Y, aun así, sentía que había envejecido varias vidas.

Mi madre se colocó a mi lado.

—¿Qué piensas?

—Que al final no era tan mala idea no tener hijos.

Soltó una risa pequeña.

—Inés.

—Lo digo medio en broma.

—¿Solo medio?

—Bueno. Un treinta por ciento en broma. El resto es trauma con buena dicción.

Mi madre me cogió del brazo.

—No tienes que justificarlo nunca más.

La miré.

—¿El qué?

—No querer hijos. No querer casarte. No querer continuar nada que no elijas.

Me quedé callada.

La frase era sencilla. Casi demasiado. Pero me hizo más que muchas declaraciones grandes. Quizá porque no venía a convencerme de nada. Venía a soltarme.

—Gracias —dije.

Me costó un poco.

Mi madre sonrió.

—De nada.

Miramos la escalera juntas.

—¿Crees que papá estaría de acuerdo con lo de la fundación? —pregunté.

—Sí.

—¿Aunque implique renunciar a una parte de lo que podría correspondernos?

—Tu padre nunca quiso la casa.

—¿Y tú?

Clara respiró hondo.

—Yo quise durante años que la casa me dejara en paz. Es distinto.

Asentí.

Sí. Lo era.

Afuera, el día empezaba a abrirse con una claridad sucia pero insistente.

La hiedra de la fachada se movía apenas con el viento.

Pensé en la frase de Jacinta: la casa siempre miente.

Tal vez. Pero una casa también podía cambiar de uso.

Una habitación podía dejar de encerrar a alguien.

Un comedor podía dejar de servir cenas crueles.

Una escalera podía dejar de terminar en un cuerpo.

No era redención.

La redención era una palabra demasiado grande y demasiado limpia para aquella familia.

Era otra cosa.

Un uso nuevo para las ruinas.

Vega apareció en la entrada.

—Inés. Clara. Necesitaré que ambas vuelvan a declarar más tarde.

—Qué ilusión —dije—. Planazo familiar.

—También habrá mucho papeleo en las próximas semanas.

—Me estás vendiendo fatal el futuro.

—No es mi trabajo venderlo.

—Menos mal.

La sargento miró la casa, luego a nosotras.

—Pero a veces despejar una escena sirve para algo.

No dijo más.

Tampoco hacía falta.

Me quedé mirando el vestíbulo. Por primera vez desde que llegué, no pensé que la Casa de las Hiedras estuviera esperando tragarse a alguien.

Pensé que quizá, solo quizá, acababa de atragantarse con nosotras.