Capítulo 24
A la Casa de las Hiedras volvimos de día, lo cual me pareció una grosería.
De noche, al menos, la casa tenía la decencia de parecer lo que era: un sitio oscuro, lleno de rincones, puertas cerradas y árboles dispuestos a colaborar con cualquier crimen familiar.
Con la luz gris de la mañana, en cambio, recuperaba esa fachada de mansión respetable que tantos disgustos había causado.
La hiedra trepaba por las paredes con aire inocente, las ventanas reflejaban el cielo y el jardín parecía casi bonito, como si debajo no hubiera un pozo, restos humanos, una lata metálica, varias décadas de encubrimiento y el móvil de un muerto.
El mal gusto de las casas bonitas es que nunca piden perdón.
El coche se detuvo delante de la entrada.
Vega bajó primero. Luego Daniel, despacio, con una mano en el costado y la cara de alguien que estaba descubriendo que sobrevivir también agotaba.
Alicia bajó detrás, sin tocarlo, pero pendiente de cada movimiento suyo.
Mi madre salió del otro coche con cuidado.
Tenía el rostro pálido, aunque más entero.
Yo la miraba demasiado, como si el hecho de vigilarla pudiera compensar todas las veces que nadie la había cuidado bien.
—Estoy bien —dijo.
—No empieces.
—No he empezado.
—Has dicho la frase prohibida.
—Estoy razonablemente viva.
—Mejor. Esa tiene matices.
Alicia, a nuestro lado, soltó una risa pequeña. Daniel la miró de reojo, no con cariño todavía, pero tampoco con rechazo inmediato. Era poco. Aquella mañana, poco ya empezaba a parecer casi una fortuna.
En la entrada había dos coches de la Guardia Civil más, una ambulancia vacía y varios agentes moviéndose por la casa con esa calma ocupada de quienes ya habían dejado de pedir permiso a los muertos.
Tomás estaba junto a la puerta, hablando con Molina.
Parecía haber envejecido durante la noche, pero también se le notaba algo más ligero, como si cada secreto que salía de la casa le quitara un kilo de encima.
—¿Alguna novedad? —preguntó Vega.
Molina asintió.
—Ramiro ha pedido declarar de nuevo. Dice que quiere negociar.
—Qué innovador —murmuré—. Un abogado intentando salvarse con papeles.
Vega me miró.
—Está usted especialmente despierta para alguien que no ha dormido.
—El trauma me sienta fatal, pero me espabila.
—Se nota.
Entramos.
El vestíbulo ya no tenía el cuerpo de Julián, pero seguía teniendo su forma.
No físicamente. La manta había desaparecido, la copa rota también, el mármol estaba marcado con señales de investigación y números pequeños colocados por los agentes.
Pero yo seguía viéndolo allí, torcido al pie de la escalera, con una mano extendida y una copa que no era suya junto a los dedos.
La escena había sido desmontada, pero no borrada.
Supongo que así funcionan las mentiras cuando por fin las retiran: debajo queda la marca.
En el salón estaban Martina y Álvaro. Ella sentada junto a la chimenea apagada, con el pelo recogido de cualquier manera y la cara de no haber dormido ni por dentro.
Él caminaba de un lado a otro, con los ojos hinchados y un vaso de agua en la mano.
Agua otra vez. En aquella casa ya nadie bebía sin mirar primero el vaso como si pudiera recitar antecedentes penales.
Martina se levantó al vernos.
—¿Qué había en la caja?
Vega no contestó. Me miró a mí, quizá porque entendió que esa pregunta no era solo policial.
—La verdad con membrete —dije—. Documentos de Jacinta. Una confesión de Julián. Pruebas sobre papá, Alicia, Daniel y la finca. También un vídeo de Julián haciendo de Julián hasta el final.
Martina tragó saliva.
—¿Y mi madre?
Nadie contestó al principio.
Eso fue respuesta suficiente, pero cruel. Así que seguí.
—Beatriz drogó a Julián. Ramiro golpeó a Daniel. Entre los dos bajaron a Julián por la escalera y montaron la caída. La autopsia dirá si murió por las pastillas, por el golpe final, por falta de auxilio o por todo a la vez.
Álvaro dejó el vaso sobre la mesa con tanta fuerza que el agua tembló.
—No digas “Beatriz” como si no fuera mi madre.
Lo miré.
Tenía razón.
Eso me fastidió un poco.
—Tu madre —corregí— hizo todo eso.
Álvaro se hundió en un sillón.
Martina cerró los ojos. Al abrirlos, no había lágrimas. Solo cansancio.
—¿Ha pedido vernos?
—No lo sé.
Vega respondió esta vez.
—Beatriz será trasladada en breve. Ha pedido hablar con vosotros antes. Solo unos minutos, si queréis.
Álvaro se levantó de golpe.
—Sí.
Martina no se movió.
Él la miró.
—Martina.
—No sé si puedo.
—Es mamá.
—Lo sé.
—Entonces...
—Precisamente por eso no sé si puedo.
La frase dejó a Álvaro sin réplica. Me recordó a Daniel y Alicia en el hospital. A esos dos metros imposibles. La sangre unía, sí. Pero a veces unía como una cuerda al cuello.
Alicia se acercó a Martina, despacio.
—No tienes que decidirlo ya.
Martina la miró. Había algo nuevo entre ellas. No ternura limpia, pero sí reconocimiento. Alicia acababa de pasar una noche entera descubriendo que la maternidad podía ser herida, robo, culpa y hambre. Quizá por eso entendía mejor que nadie lo que Martina no sabía hacer con su madre.
—¿Tú irías? —preguntó Martina.
Alicia tardó en responder.
—No lo sé.
Buena respuesta.
Honesta, al menos.
Daniel se apoyó en el marco de la puerta.
—A veces uno cree que necesita una conversación para cerrar algo. Y luego la conversación solo abre más.
Todos lo miramos.
—Perdón —dijo—. Me han dado calmantes. Igual me estoy poniendo profundo.
—No te preocupes —respondí—. Aquí llevamos tantas horas de trauma familiar que una frase profunda ya no altera el presupuesto.
Vega decidió ignorarme, que seguramente era lo más sano para todos.
Un agente apareció desde el pasillo.
—Sargento. Ramiro insiste.
—Voy.
Ramiro estaba en la biblioteca, custodiado por Molina. Ya no parecía el abogado impecable de la cena. Se había quitado la corbata, tenía el pelo algo desordenado y la chaqueta abierta. En otra persona aquello habría sido un deterioro mínimo. En Ramiro era casi una confesión estética.
Vega entró. Yo me quedé en la puerta, junto con mi madre. La sargento me miró como si estuviera a punto de echarme.
—No voy a hablar —dije.
—Eso sería novedad.
—Puedo intentarlo.
—No prometas milagros.
Ramiro levantó la vista al ver a Clara.
—Clara.
Mi madre no contestó.
Eso fue mejor que cualquier insulto.
—Quiero colaborar —dijo él.
—Va tarde —respondió Vega.
—Puedo aportar información sobre Enrique Soler, sobre las sociedades y sobre la venta de la finca norte.
—Eso no cambia lo ocurrido esta noche.
—Puede aclararlo.
—Empiece.
Ramiro tragó saliva. Le costó. Era evidente que no estaba acostumbrado a hablar sin tener garantizada una salida.
—Julián me llamó hace unas semanas. Estaba enfermo, sí. Más de lo que nadie sabía. Quería ordenar todo antes de morir, pero no por arrepentimiento. Quería castigar a Aurora.
—¿Por qué?
—Porque descubrió que Aurora había conservado documentos de Jacinta y que podía usarlos contra él si él intentaba modificar el reparto.
—¿Entonces ambos se chantajeaban?
—En esta familia eso se llama comunicación —dije.
Vega me miró.
—Había dicho que no iba a hablar.
—Se me ha caído.
Ramiro continuó, ignorándome con el último resto de dignidad que le quedaba.
—Julián preparó la declaración de la caja tres. Yo intenté frenarlo. No porque quisiera proteger a Aurora, sino porque sabía que, si aquello salía, nos arrastraría a todos. Lo de Andrés, lo de Alicia, lo de Mateo, lo de Jacinta...
—Usted participó en todo.
—Sí.
La palabra salió seca.
No hubo excusa.
Eso sí me sorprendió.
—Participé —repitió—. Y cobré. Y miré hacia otro lado cuando no cobraba. Y durante años me dije que era lealtad profesional, pero era cobardía con factura.
Mi madre cerró los ojos.
—Andrés confiaba en ti —dijo.
Ramiro bajó la mirada.
—Sí.
—Y tú le pusiste la cuerda al cuello.
—Sí.
Aquella segunda afirmación le salió más baja.
Mi madre no lloró. No gritó. Solo asintió, como si acabara de colocar una pieza que llevaba años atravesada.
—Quería oírtelo decir —dijo.
Ramiro levantó la vista.
—Lo siento.
Clara lo miró con un cansancio inmenso.
—No. Lo que sientes ahora es miedo. No lo confundas.
La frase fue tan limpia que hasta Vega pareció darle un segundo de respeto.
Ramiro se quedó callado.
Yo miré a mi madre y sentí algo difícil de explicar. Orgullo, sí, pero también pena por todo lo que había tenido que dolerle para llegar a una frase así.
—¿Qué quiere negociar? —preguntó Vega.
Ramiro tragó saliva.
—Puedo entregar las copias que guardé.
—¿Copias de qué?
—De todo.
La habitación se quedó quieta.
—¿Dónde están? —preguntó la sargento.
—En mi despacho de Madrid. Y una parte en una caja de seguridad a nombre de mi hermana. Documentos bancarios, escrituras, la adopción de Mateo, transferencias, pagos a Soler, grabaciones de Julián.
—¿Por qué las guardó?
Ramiro soltó una risa breve, amarga.
—Porque en esta familia nadie sobrevive sin tener algo contra los demás.
—Qué bonito lema para poner en la entrada —dije.
Vega me ignoró.
—Dará las direcciones y claves ahora.
—A cambio de que conste mi colaboración.
—Constará. No espere que le salve.
Ramiro asintió. Por primera vez pareció entender que no iba a salir limpio. Solo quizá menos enterrado.
Salimos de la biblioteca mientras Vega y Molina tomaban los datos. Mi madre caminó hasta el ventanal del pasillo. Afuera, unos agentes acordonaban todavía la zona de la finca norte. La hiedra del muro se veía desde lejos, desgarrada, abierta, como una piel arrancada.
—Papá tenía razón —dije.
—En algunas cosas.
—En bastantes.
—Sí.
Me acerqué a ella.
—¿Estás enfadada con él?
Mi madre tardó.
—Sí.
La respuesta me sorprendió y me alivió a la vez.
—También le quiero —añadió—. Las dos cosas.
—Eso es incómodo.
—La verdad suele tener muy poca educación.
Sonreí un poco.
—Esa frase casi parece mía.
—La mala influencia funciona en ambos sentidos.