Capítulo 22
Salir de la Casa de las Hiedras no fue tan liberador como había imaginado.
Durante años había pensado que, si alguna vez cruzaba aquella puerta con suficiente rabia, el aire de fuera me limpiaría algo.
La infancia, las comidas familiares, las frases partidas, los comentarios sobre mi vida, mi edad, mis no hijos, mi no marido y mi supuesta obligación de continuar una rama del árbol genealógico que, sinceramente, habría necesitado fumigación.
Pero aquella noche salí con Alicia, con una agente delante, otro detrás, la sargento Vega organizando el traslado y mi madre mirándome desde el vestíbulo con una manta sobre los hombros y una tristeza que no cabía en la casa.
No me limpié nada.
Solo me llevé el frío conmigo.
—No tienes que venir —me dijo Clara.
—Daniel ha pedido hablar conmigo.
—Y con Alicia.
Alicia estaba a unos pasos, envuelta en su abrigo, sin perfume ya o con el perfume derrotado por demasiadas cosas. Parecía otra mujer. O quizá la misma, pero sin las capas que la habían mantenido a salvo de sí misma.
—Puedo quedarme contigo —dije.
Mi madre negó despacio.
—No. Ve. Yo estoy bien.
La miré.
—Mamá, esta noche “estoy bien” ha perdido todos sus derechos civiles.
Sonrió apenas. Muy poco.
—Estoy con Salcedo. Y con media Guardia Civil.
—Eso no me tranquiliza tanto como debería.
—Inés.
—Dime.
Me cogió la mano. La tenía fría, pero ya no temblaba tanto.
—Escucha a Daniel. Y escucha también a Alicia, aunque te cueste.
Miré hacia mi tía. Alicia no nos observaba; miraba el camino de grava como si en cualquier momento fuera a aparecer un niño de diez años con una mancha de chocolate en la camisa.
—Me cuesta bastante —dije.
—Lo sé.
—Ella tampoco ha hecho grandes esfuerzos por facilitarlo.
—También lo sé.
Mi madre me apretó la mano.
—Pero esta noche ya hemos visto lo que pasa cuando nadie escucha a tiempo.
No tuve respuesta. O sí, pero era mala y no merecía estropearle la frase.
Subimos al coche de la Guardia Civil. Vega iba delante, junto al conductor.
Alicia y yo detrás. Durante los primeros minutos nadie dijo nada.
La carretera de salida estaba húmeda y las luces del coche barrían los muros de piedra, la hiedra, los árboles, todo aquello que de día parecía decorativo y de noche parecía una colección de testigos mudos.
Alicia fue la primera en hablar.
—No sé qué decirle.
No me miraba. Hablaba hacia la ventanilla.
—Prueba con la verdad. Está siendo una noche temática.
—No sé si tengo derecho.
—Seguramente no.
La frase salió dura. Me arrepentí un poco. No del todo.
Alicia asintió, como si la hubiera esperado.
—Ya.
Hubo otro silencio. El coche avanzaba entre curvas, dejando atrás la finca. La Casa de las Hiedras desapareció por el retrovisor, pero no sentí que la dejáramos atrás. Algunas casas no se abandonan al salir. Se te meten en el abrigo y esperan.
—Lo de los hijos —dijo Alicia.
Cerré los ojos un segundo.
—Tía, si ahora vas a decirme que todo era por mi bien, abro la puerta en marcha.
—No.
Su voz sonó distinta.
—Era por mí.
La miré.
Alicia seguía mirando fuera.
—Cada vez que te decía algo, cada vez que hacía un comentario sobre tu edad, sobre tu madre, sobre formar una familia... no era porque me importara tanto tu vida. Era porque no soportaba la mía.
No dije nada.
A veces callarse también era una forma de escuchar. Una bastante incómoda, por cierto.
—Perdí un hijo —continuó—. O me lo quitaron.
O firmé para que me lo quitaran. Ya no sé ni cómo decirlo sin mentir en alguna parte.
Y durante años convertí esa herida en una vara para medir a las demás.
Si tú no querías hijos, me parecía una ofensa.
Como si estuvieras despreciando lo que a mí me habían arrancado.
—No era una ofensa.
—Lo sé.
—Era mi vida.
Alicia asintió.
—Lo sé ahora.
—Lo sabías antes. Solo que te venía peor.
Tragó saliva.
—También.
Eso me desarmó un poco. Discutir con alguien que empieza a darte la razón es como intentar empujar una puerta abierta: una queda agresiva y un poco ridícula.
—No te voy a perdonar de forma decorativa —dije.
Por primera vez desde que salimos, Alicia me miró.
—No te lo pido.
—Bien.
—Pero quería decírtelo antes de ver a Daniel. Por si después... no sé. Por si después se me rompe algo más y vuelvo a ser imbécil.
—Tía, una siempre puede volver a ser imbécil. Lo importante es ir dejando acta.
Alicia soltó una risa pequeña.
No bonita.
Pero real.
El hospital del pueblo estaba a veinte minutos, aunque aquella noche el trayecto pareció más largo.
Vega recibió dos llamadas por el camino.
En una habló de Beatriz y Ramiro. En otra de Aurora y de la cinta de Jacinta.
Usó palabras como custodia, forense, indicios, traslado.
Palabras limpias para cosas sucias. Yo miraba la nuca de la sargento y pensaba que debía de ser agotador convertir el caos humano en expedientes que alguien pudiera leer sin vomitar.
Al llegar, nos llevaron por urgencias. El olor a desinfectante me pareció casi obsceno después del olor a humedad, madera vieja y miedo de la casa. Allí todo era luz blanca, máquinas, suelos brillantes y gente hablando en voz baja porque el dolor, fuera de las mansiones, no necesita tanto teatro.
Daniel estaba en una habitación de observación, sentado en la camilla, con la cabeza vendada y el costado cubierto por una gasa.
Tenía mala cara. Peor que antes. Pero los ojos seguían despiertos.
Demasiado despiertos para alguien que había sido golpeado, escondido en un invernadero y metido de golpe en una biografía que otros habían escrito sin él.
Vega entró primero.
—Daniel.
Él levantó la vista.
—¿Han venido?
—Sí.
—Solo ellas.
—Yo también me quedo.
—No a solas —dijo él—. Pero quiero hablarles a ellas.
Vega no discutió. Se colocó junto a la puerta. Alicia y yo entramos.
Alicia se quedó a dos metros de la cama.
No se acercó más.
Daniel la miró.
—No hace falta que pongas esa cara.
Ella parpadeó.
—¿Qué cara?
—La de madre recién estrenada en una tienda donde todo viene roto.
Me dolió por ella. Y también por él. La frase era cruel, sí, pero la crueldad de Daniel no parecía gratuita. Parecía un perro con miedo: mordía porque alguien le había enseñado que la mano siempre llegaba tarde.
—No sé qué cara poner —dijo Alicia.
—Esa es más sincera.
—Daniel...
—No me llames hijo.
Alicia cerró la boca.
No se defendió.
Punto para ella.
Daniel me miró a mí.
—Tú eres Inés.
—Eso parece. Esta noche he tenido varias oportunidades de negarlo y las he desaprovechado.
—Andrés hablaba de ti en las páginas.
Sentí que algo se movía en mi pecho.
—¿Qué decía?
—Que eras pequeña. Que tenías mala leche incluso antes de saber escribirla.
Me salió una risa breve, inesperada.
—Eso suena bastante preciso.
Daniel se tocó la venda de la ceja con cuidado.
—También decía que esperaba que no te parecieras demasiado a la familia.
—Ha salido regular.
—No tanto.
No supe qué hacer con eso.
Vega intervino desde la puerta.
—Daniel, dijiste que sabías dónde estaba la última página del cuaderno.
—Sí.
—¿Dónde?
Él miró a Alicia, luego a mí.
—No se la daré a ningún Valcárcel.
Alicia bajó la vista.
Yo me crucé de brazos.
—Entonces has pedido hablar con dos mujeres equivocadas.
—No.
—Alicia es Valcárcel. Yo también.
—Tú eres la hija de Andrés.
La frase me dejó quieta.
—Eso no cambia el apellido.
—Cambia lo que haces con él.
No contesté.
Porque no me salió.
Daniel respiró hondo y luego hizo una mueca de dolor. La enfermera, que estaba cerca, le advirtió que no se agitara. Él la ignoró con una educación bastante deficiente.
—La última página no estaba con las otras. Nunca la llevé en la chaqueta.
Vega se acercó un paso.
—¿Dónde está?
—En mi bota izquierda.
La sargento lo miró un segundo. Luego llamó a un agente. Revisaron la bota con cuidado, delante de nosotros. La suela interior estaba parcialmente levantada. Debajo, envuelta en plástico fino y cinta adhesiva, había una hoja doblada.
Verde en el borde.
Pequeña.
Mojada apenas por una esquina.
Una página del cuaderno de mi padre.
Nadie habló mientras Vega la abría. Alicia se tapó la boca, pero esta vez no lloró. Yo miré el papel como si fuera a morderme.
La letra de Andrés estaba allí, inclinada, rápida, viva de una manera insoportable.
Vega leyó en silencio primero. Su cara no cambió mucho, pero algo en sus ojos sí.
—Voy a leerla —dijo.
Daniel cerró los ojos.
Yo no respiré.
—“Última nota. Si alguien llega hasta aquí, es porque la casa ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: tragarse a una persona y pedir silencio a cambio de conservar los muebles.”
Alicia soltó aire despacio.
La voz de Vega siguió:
—“Jacinta no murió por accidente. Si todavía no lo sabéis, buscad bajo la raíz. Si ya lo sabéis, entonces también sabéis que todo lo demás viene de ahí. Aurora aprendió que una verdad podía tirarse a un pozo. Julián aprendió mirando.”
Sentí frío en la nuca.
—“Alicia no entregó a su hijo. Se lo quitaron. Su firma no fue libre. Mateo —si algún día llega a saberlo— no fue abandonado. Fue usado. Clara no debe cargar con lo que hice para intentar salvarlas. Firmé papeles que permitieron a Julián y a Ramiro mover dinero, pero lo hice bajo amenaza. No soy inocente de cobardía. Soy inocente de robo.”
Mi madre no estaba allí, pero pensé en ella con tanta fuerza que casi me dolió la mano.
—“La Casa de las Hiedras no pertenece moralmente a quienes la han defendido con sangre. Y quizá tampoco legalmente. Hay una copia del documento de Jacinta en la caja tres. Si Enrique Soler no la ha destruido, allí está la prueba de que Jacinta dejó instrucciones antes de morir: si le pasaba algo, su parte no debía quedar en manos de Aurora ni de sus descendientes directos hasta que se investigara su muerte.”
Vega se detuvo un segundo.
—¿Descendientes directos? —pregunté.
—Julián —dijo Daniel—. Beatriz. Alicia. Tu madre también, por la línea familiar. Todos, técnicamente.