Todo Queda en Familia Capítulo 21 #2
63%

Capítulo 21 #2

Ramiro se llevó una mano a la frente.

—Fue un forcejeo.

—Le diste por detrás —dijo Beatriz.

—Porque iba a atacar a Julián.

—Iba a recuperar unos papeles.

—Tú no lo sabes.

—Lo vi.

Vega miró a Ramiro.

—Eso se suma a su declaración.

—Necesito un abogado.

—Ya lo ha dicho. Varias veces. Nadie se lo impide.

Ramiro pareció encogerse dentro de su traje.

—¿Quién decidió llevar a Daniel al invernadero? —preguntó la sargento.

Beatriz se limpió la cara.

—Ramiro.

—¿Y usted?

—Yo quería que desapareciera de allí. Si lo encontraban junto a Julián, iban a culparlo.

Alicia se levantó.

—Qué generosa.

—Alicia...

—No digas mi nombre. No después de usar a mi hijo para tapar lo que habías hecho.

—No sabía que era tu hijo.

—Pero sabías que era alguien.

Beatriz no contestó.

Vega continuó.

—¿Y Julián?

Beatriz miró al suelo.

—Julián se desplomó junto al piano. Respiraba mal. Yo pensé... pensé que si llamábamos, todo saldría. Lo de Álvaro, lo de Andrés, lo de Alicia, lo de Jacinta.

—¿Y qué hizo?

—Ramiro dijo que había que montar una caída. Que si parecía un accidente, podríamos ganar tiempo. Que Salcedo vendría, certificaría o no, pero al menos no habría una escena con Daniel, papeles y drogas.

—¿Y aceptó?

Beatriz asintió.

—Sí.

—¿Lo bajaron por la escalera?

—Sí.

—¿Julián estaba vivo?

Beatriz cerró los ojos.

—Sí.

La palabra fue apenas un hilo.

Martina empezó a llorar en silencio. Álvaro se hundió otra vez en el sillón. Alicia se quedó de pie, rígida. Mi madre bajó la mirada.

Vega no aflojó.

—¿Murió durante el traslado?

—No lo sé.

—¿Se les cayó?

Beatriz se tapó la cara.

—Sí.

—¿Desde dónde?

—Desde el último tramo. Ramiro perdió fuerza. Yo intenté sujetarlo. Julián golpeó la cabeza contra el mármol.

—¿Y después?

—Puse la copa.

—¿La del vestíbulo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Para que pareciera que había bebido y caído.

—¿Y la copa del pozo?

Beatriz levantó la vista.

—Esa no la puse yo.

Vega la observó.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿Y el móvil de Julián?

—Lo cogí. Lo vi grabando. No sabía cuánto había grabado. Me asusté.

—¿Dónde lo llevó?

—Al jardín. Pensé tirarlo al estanque, pero escuché voces y corrí hacia la finca norte. No sé. No pensaba. Lo escondí donde pude. Cerca del pozo.

—¿Junto a los restos de Jacinta?

—No sabía que estaban allí.

—¿Y la botella de vino que falta?

Beatriz negó.

—No sé nada de la botella.

Vega la miró durante unos segundos.

—¿Le dio usted agua a Clara hace unos minutos?

—Sí.

—¿Le puso algo?

Beatriz se quedó quieta.

Mi madre levantó la cabeza.

Yo sentí que la rabia me volvía al cuerpo.

—¿Qué?

—Beatriz —dijo Vega.

Mi tía empezó a temblar.

—Solo medio comprimido.

Martina abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—Estaba muy alterada. Iba a decir cosas que no debía. Pensé que si se calmaba...

—¿La drogaste? —pregunté.

Mi voz salió baja.

Muy baja.

Beatriz me miró, aterrada.

—No quería hacerle daño.

—La drogaste.

—Era solo para calmarla.

—Tía, ¿sabes qué? Estoy empezando a pensar que cuando en esta familia queréis calmar a alguien, lo mejor es salir corriendo.

Mi madre se quedó inmóvil. No parecía sorprendida. O quizá ya no le quedaba capacidad para sorprenderse de la forma habitual.

Vega tomó nota.

—Eso explica el desmayo. El vaso será analizado.

Beatriz lloraba otra vez, pero ya no había refugio en sus lágrimas. Antes el llanto le servía para ocultarse. Ahora solo mostraba mejor el desastre.

—No sé qué me pasó —dijo.

Martina la miró con una pena feroz.

—Sí lo sabes, mamá. Te pasó la familia.

Beatriz negó.

—Lo hice por vosotros.

—No —dijo Martina—. Lo hiciste porque no soportabas que nos miraran como a los hijos de una vergüenza. Porque preferías un muerto a un escándalo. Porque esta casa os enseñó que la reputación respira antes que las personas.

Álvaro lloraba con la cabeza baja.

—Yo tengo la culpa.

Martina se volvió hacia él.

—Tú tienes tu culpa. No cojas también la de mamá para sentirte noble.

Álvaro la miró, destruido.

Era una frase dura. Pero necesaria. En aquella casa todos parecían pelearse por cargar o repartir culpas según convenía. Martina acababa de poner una frontera, aunque le temblara la voz.

Vega hizo una señal a los agentes.

—Beatriz Valcárcel, queda detenida por su presunta participación en la muerte de Julián Valcárcel, administración de sustancias sin consentimiento, manipulación de la escena y omisión de auxilio, sin perjuicio de otros cargos que puedan derivarse de la investigación.

Beatriz cerró los ojos.

No gritó.

No se resistió.

Solo miró a sus hijos.

—Lo siento.

Martina lloraba en silencio.

Álvaro se levantó como si fuera a abrazarla, pero se detuvo a medio camino. No supo si tenía derecho. O si ella lo tenía. O si un abrazo, en ese momento, podía salvar algo que no fuera pura costumbre.

Beatriz dio un paso hacia él.

—Álvaro...

Él retrocedió.

Muy poco.

Pero lo suficiente.

Beatriz lo vio.

Se le rompió la cara.

Martina no se movió. Tenía las manos cerradas, los ojos llenos de lágrimas y una dignidad que parecía hecha de ruinas.

—Mamá —dijo—. Yo te quería aunque Álvaro se equivocara.

Beatriz empezó a llorar de verdad.

Sin pañuelo.

Sin gesto teatral.

Sin nada que la protegiera.

Los agentes la acompañaron hacia la puerta. Al pasar junto a Alicia, las dos hermanas se miraron. Ninguna dijo nada. Había demasiada historia entre ellas para gastarla en una frase. Beatriz pasó después junto a mi madre.

—Clara...

Mi madre la miró.

No con odio.

Con algo peor: con cansancio.

—No vuelvas a decir que lo hiciste por amor.

Beatriz bajó la cabeza.

Y siguió caminando.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, la Casa de las Hiedras pareció quedar suspendida en un silencio distinto. No limpio. No reparador. Solo distinto. Como cuando por fin deja de sonar una alarma y descubres que el edificio sigue ardiendo.

Vega habló con varios agentes. Ramiro seguía custodiado.

Beatriz se había ido. Aurora también. Daniel estaba camino del hospital.

Julián estaba muerto. Jacinta había vuelto desde una cinta.

Alicia había recuperado un hijo y perdido una hermana, de alguna manera.

Mi madre seguía de pie, drogada a medias, agotada y viva.

Me acerqué a ella.

—¿Estás bien?

Me miró.

—No.

—Bien. Me habría preocupado otra respuesta.

Sonrió apenas.

—¿Y tú?

Pensé en mi padre. En su carta. En el cuaderno. En Daniel. En Jacinta. En todas las mujeres de aquella casa convertidas en advertencias, en excusas, en heridas, en culpables, en víctimas o en todo a la vez.

—No lo sé —dije—. Pero creo que por primera vez no soy yo la que tiene que fingir que sí.

Mi madre me cogió la mano.

No dijo nada.

Tampoco hacía falta.

Desde el pasillo, Vega volvió hacia nosotras.

—Inés.

—Dime que no ha aparecido otra copa.

—No.

—Algo vamos mejorando.

La sargento no sonrió.

—Han llamado del hospital. Daniel está estable. Ha pedido hablar con Alicia y contigo.

—¿Conmigo?

—Sí.

—¿Por qué?

Vega me sostuvo la mirada.

—Dice que sabe dónde está la última página del cuaderno.

Sentí que el cansancio se me retiraba un poco, dejando sitio al miedo.

—¿La última página?

—Y que no se la dará a nadie que lleve el apellido Valcárcel.

Miré a mi madre.

Luego a Alicia.

Luego a la escalera, al salón, a los retratos, a toda aquella casa que había intentado tragarse cada verdad y acababa vomitándolas una detrás de otra.

—Estupendo —dije—. Por fin una condición razonable.

Porque yo también llevaba el apellido Valcárcel.

Y, por primera vez, empecé a preguntarme qué parte de mí quería seguir llevándolo.