Capítulo 21
Beatriz no parecía una asesina.
Eso era lo peor.
No tenía la frialdad de Aurora, ni la elegancia venenosa de Ramiro, ni la rabia de Daniel, ni esa calma extraña de Elena Alvarado. Beatriz parecía lo que había parecido siempre: una mujer blanda, triste, demasiado dada a llorar antes de que el mundo le diera motivos suficientes.
Y, aun así, estaba allí.
Entre dos agentes.
Con los ojos secos.
Diciendo que una madre hacía lo que tenía que hacer.
La frase se quedó en el pasillo como un olor malo.
Nadie la recogió. Nadie supo dónde ponerla.
Alicia miraba a su hermana con una mezcla de horror y reconocimiento, como si acabara de ver una versión deformada de su propio dolor.
Álvaro lloraba en silencio, sentado en el borde del sillón.
Martina seguía de pie, muy recta, con una mano en la boca y los ojos clavados en Beatriz, intentando no desmoronarse delante de ella.
Mi madre se apoyaba en el marco de la salita.
Seguía pálida, pero ya no parecía pequeña.
Eso me llamó la atención. Después de todo lo que había pasado, después de que la señalaran, de que la hicieran cargar con frases que no eran suyas, de que casi la drogaran en una habitación llena de familiares, Clara parecía menos rota que antes.
Quizá porque, por fin, ya no tenía que sostener sola una mentira.
La sargento Vega se colocó delante de Beatriz.
—Necesito que repita lo que acaba de decir.
Beatriz la miró.
—He dicho que no pensaba dejar que Julián destruyera a mis hijos.
—Eso no es una confesión. Es una justificación.
—A veces son lo mismo.
—No para mí.
Beatriz bajó la vista.
—Él iba a denunciar a Álvaro.
Álvaro se tapó la cara con las manos.
—Mamá, no.
—Sí —dijo ella, y su voz se quebró por primera vez—. Sí, Álvaro. Iba a hacerlo. Y tú no entiendes lo que habría significado.
Martina soltó una risa amarga.
—¿La cárcel? ¿La vergüenza? ¿Las consecuencias? No sé, mamá. Igual era exactamente lo que tenía que pasar.
Beatriz la miró como si su hija acabara de golpearla.
—No digas eso.
—Lo digo porque nadie en esta familia parece saberlo.
Álvaro levantó la cabeza.
—Martina...
—No —dijo ella—. Tú tampoco. No hagas ahora cara de víctima.
Falsificaste una firma, te metiste en deudas y dejaste una puerta abierta para que alguien viniera a asustar a Julián.
Mamá ha hecho algo horrible, sí. Pero esta noche no empezó cuando ella perdió la cabeza.
Empezó cuando todos decidisteis que siempre habría alguien limpiando detrás de vosotros.
El silencio que siguió fue limpio.
Doloroso, pero limpio.
A veces una frase no necesita ser bonita. Solo necesita llegar al hueso.
Beatriz se llevó una mano al pecho.
—Yo solo quería ganar tiempo.
Vega sostuvo la mirada.
—Cuéntelo desde el principio.
—¿Cuál principio? —preguntó Beatriz, y por primera vez sonó cansada de verdad—. Porque en esta casa los principios siempre vienen con otro principio debajo.
—El de esta noche.
Beatriz asintió despacio.
—Julián me llamó por la tarde. Antes de que llegara la mayoría. Me dijo que sabía lo de Álvaro. Lo del préstamo. La firma. Todo.
Álvaro cerró los ojos.
—Me dijo que esta vez no iba a taparlo —continuó Beatriz—. Que Álvaro necesitaba aprender. Que lo iba a denunciar si no firmaba un documento reconociendo la deuda y renunciando a cualquier parte de la herencia que pudiera corresponderle por mi lado.
—¿Por su lado? —preguntó Vega.
—Julián iba a cambiar el testamento de Aurora también. O eso decía. No sé si podía hacerlo, pero Julián siempre hablaba como si la ley fuera una criada lenta.
—Eso sí era muy suyo —murmuré.
Nadie me contestó.
Beatriz miró a sus hijos.
—Yo no podía permitirlo.
—Podías dejar que Álvaro respondiera por lo que hizo —dijo Martina.
—Es tu hermano.
—Precisamente por eso.
Beatriz negó con la cabeza, como si no pudiera entenderla.
—No tienes hijos. No sabes lo que es.
La frase salió casi automática.
Y por algún motivo me atravesó a mí también.
Tal vez porque toda la noche había estado llena de maternidades usadas como coartada.
Alicia, rota por el hijo que le quitaron.
Clara, callando por protegerme. Beatriz, matando o dejando morir por salvar a Álvaro.
Aurora, justificándolo todo por la familia, que era una forma vieja de maternidad convertida en dominio.
Miré a Beatriz.
—No —dije—. No tengo hijos. Pero empiezo a estar bastante harta de que uséis esa frase como si fuera una licencia para incendiar casas.
Beatriz me miró, herida.
—No lo entenderías.
—Puede. Pero si entenderlo significa hacer lo que has hecho, prefiero seguir ignorante.
Alicia bajó la cabeza. Mi madre me miró con una tristeza suave. Martina siguió con los ojos fijos en su madre.
Vega recuperó el hilo.
—¿Qué hizo después de hablar con Julián?
—Nada al principio. Intenté convencer a Álvaro de que hablara con él.
—¿Lo hizo?
—No. Álvaro estaba... Álvaro siempre cree que las cosas se arreglan solas.
—En esta familia no se arreglan solas —dijo Martina—. Las arregla alguien peor.
Beatriz cerró los ojos un segundo.
—Durante la cena, Julián anunció lo de la finca y el testamento. Yo entendí que iba en serio. Que no era una amenaza de las suyas para hacernos obedecer. Esta vez quería hacerlo de verdad.
—¿Y decidió drogarlo? —preguntó Vega.
La palabra cayó sin delicadeza.
Beatriz se encogió.
—No quería drogarlo.
—Entonces elija otro verbo.
—Quería calmarlo.
Vega no se movió.
—¿Con ansiolíticos?
—Sí.
—¿De quién eran?
Beatriz dudó.
—Míos.
—En el dormitorio de Aurora hemos encontrado un pastillero al que le faltan comprimidos.
—Porque yo también dejé allí algunos. A veces, cuando venimos a la casa, mamá me pide medicación para dormir. Se la dejo en su cuarto.
—Qué cómodo —dije—. Hasta las pastillas hacen vida familiar.
Beatriz siguió sin mirarme.
—Cogí varias antes de cenar. No sabía qué iba a hacer. Solo... las cogí.
—¿Las trituró?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el baño del pasillo.
Lidia, desde el fondo, se cubrió la boca.
Vega continuó.
—¿Cómo llegaron al vaso de Julián?
Beatriz tardó demasiado.
—Entré en el despacho cuando Lidia salió. La puerta del baño estaba abierta. Julián no estaba en la mesa, estaba buscando algo en los cajones. Yo me escondí en el baño.
—Lidia oyó a alguien respirar.
—Fui yo.
Lidia cerró los ojos. No parecía aliviada. Parecía cansada de haber tenido razón.
—Cuando Lidia dejó el agua y se marchó —siguió Beatriz—, salí. Julián estaba de espaldas. Eché el polvo en el vaso.
—¿Él la vio?
—No entonces.
—¿Bebió?
—Después. En la galería. Yo no pensaba que fuera a subir allí. Pensé que se quedaría en el despacho, que se marearía un poco, que se dormiría, que al día siguiente podríamos hablar con calma.
Martina soltó una risa rota.
—Con calma.
—Sí.
—Mamá, trituraste pastillas en un baño y se las echaste a tu hermano en el agua.
—No quería matarlo.
—No. Solo querías que dejara de ser un problema durante unas horas. Qué familiar suena.
Beatriz se llevó una mano a la boca.
—No digas eso.
—¿Por qué? ¿Porque suena feo o porque suena a verdad?
Beatriz no respondió.
Vega tomó nota.
—¿Cuántos comprimidos echó?
—No lo sé.
—Beatriz.
—Dos. Quizá tres.
Salcedo, que seguía cerca de mi madre, levantó la vista.
—Tres comprimidos de esa dosis, mezclados con alcohol o con otros medicamentos, podían producir una depresión importante del sistema nervioso.
Beatriz cerró los ojos.
—No lo sabía.
—Sí lo sabías —dijo Alicia.
Todas las miradas fueron hacia ella.
Alicia no se movió del sofá.
—Lo sabías, Bea. No eres médica, pero no eres tonta. Tú tomas eso. Sabes lo que hace.
Beatriz empezó a llorar otra vez.
—No quería matarlo.
—Pero querías apagarlo —dijo Alicia—. Como hicieron conmigo. Como hicieron con Mateo. Como hicieron con Andrés. Como mamá hizo con Jacinta. Apagar lo que molesta, aunque siga respirando.
La frase dejó la habitación en silencio.
Alicia estaba temblando, pero no bajó la vista. Beatriz la miró como si acabara de reconocerla después de muchos años.
—Yo te defendí —dijo Beatriz, casi como una niña.
—No. Lloraste por mí. No es lo mismo.
Aquello dolió hasta a mí.
Vega siguió, implacable pero sin crueldad.
—¿Cuándo fue a la galería?
—Después de ver a Julián salir del despacho. Iba raro. Se apoyaba en la pared. Vi que subía por la escalera trasera. Me asusté. Lo seguí.
—¿Sabía que allí estaba Daniel?
—No al principio. Cuando llegué, los oí discutir.
—¿Entró?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió?
Beatriz respiró como si cada frase le costara.
—Julián estaba mal. Daniel tenía papeles. Clara entró también. Ramiro apareció. Elena no sé cuándo llegó. Todo pasó muy rápido.
—La frase de la grabación —dijo Vega—. “Procura que deje de estarlo antes de que baje.” ¿La dijo usted?
Beatriz cerró los ojos.
—Sí.
Martina soltó un sollozo seco.
Álvaro se levantó.
—Mamá...
Beatriz abrió los ojos y miró a sus hijos.
—No quería decir matarlo.
—¿Entonces qué significaba? —pregunté, porque alguien tenía que hacerlo.
Me miró con desesperación.
—Que no podía bajar consciente. Que no podía llegar abajo y decir que Daniel le había atacado, que Clara quería robarle los papeles, que Álvaro era un delincuente, que todos... —Se atragantó—. Que todos estábamos allí.
—Pero dijiste vivo —dijo Vega.
Beatriz negó con la cabeza.
—No lo sé. No sé qué dije. Estaba fuera de mí.
—La grabación es clara.
—Entonces lo dije. Pero no era lo que quería decir.
Era una excusa pobre.
Y, aun así, quizá era cierta.
Ese era el problema con la verdad en aquella casa: rara vez venía limpia. Podías decir algo horrible sin querer decirlo del todo. Podías querer salvar a alguien y destruirlo. Podías amar a tus hijos y convertirlos en la razón por la que otros no respiraban.
—¿Quién golpeó a Daniel? —preguntó Vega.
Beatriz miró a Ramiro.
Ramiro bajó la vista.
—Ramiro —dijo.
—Mentira —respondió él.
—Lo golpeaste con el bastón de Julián. Daniel intentó coger las páginas. Tú estabas detrás.