Capítulo 20 #2
Vega dejó que ese dolor respirara unos segundos. Después habló con Elena.
—¿Beatriz dijo exactamente que Julián no podía bajar vivo?
—Dijo: “No puede llegar abajo vivo.” O algo muy parecido.
—En la grabación se oye: “Procura que deje de estarlo antes de que baje.”
—Sí.
—¿Fue Beatriz?
Elena asintió.
—Sí.
Martina empezó a llorar en silencio. No como Beatriz. No con abundancia. Martina lloraba como quien se enfada con sus propias lágrimas y aun así no puede detenerlas.
Alicia se acercó a ella, pero no la tocó.
—Martina...
—No.
—Cariño.
—No me digas cariño ahora.
Alicia se detuvo.
La noche nos estaba dejando sin formas suaves de hablar.
—¿Qué hizo usted entonces? —preguntó Vega a Elena.
—Me asusté. Cogí las páginas que pude. Daniel se movió. Clara gritó. Ramiro y Beatriz se inclinaron sobre Julián. Yo salí por la puerta lateral de la galería.
—¿Huyó?
—Sí.
—¿Vio cómo bajaban a Julián?
—No. Lo oí.
—¿Qué oyó?
—Arrastre. Golpes contra la madera. Ramiro diciendo que era una locura. Beatriz diciendo que ya era tarde. Clara llorando. Luego bajé por la escalera de servicio y salí hacia el jardín.
—¿Fue al invernadero?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque pensé que llevarían a Daniel allí. Era un lugar que él conocía. Allí había quedado con mi madre algunas veces antes de morir. Pero cuando llegué no estaba todavía. Me escondí un rato. Después lo vi aparecer con Ramiro.
—¿Ramiro llevaba a Daniel?
—Sí. Daniel estaba medio consciente. Ramiro lo dejó dentro del invernadero.
—¿Solo Ramiro?
—No vi a nadie más.
Ramiro habló entonces, con la voz rota por primera vez.
—Lo hice para protegerlo.
Martina soltó una risa amarga.
—Qué epidemia de protección tenemos.
Ramiro miró a Vega.
—Clara pidió sacar a Daniel. Yo lo llevé al invernadero porque no sabía qué hacer con él. Tenía las páginas encima. Pensé que, si despertaba allí, podría marcharse.
—¿Y Julián? —preguntó Vega.
Ramiro no respondió.
—¿Quién bajó a Julián por la escalera principal?
Ramiro tragó saliva.
—Beatriz y yo.
Álvaro se hundió en el sillón.
—No.
—Tu madre me pidió ayuda —dijo Ramiro—. Julián respiraba muy mal. Ella decía que estaba perdido, que si sobrevivía hundiría a Álvaro, a Clara, a Alicia, a todos. Yo... yo pensé que exageraba. Pensé que solo íbamos a moverlo para que pareciera una caída.
—¿Julián seguía vivo? —preguntó Vega.
Ramiro cerró los ojos.
—Sí.
Martina hizo un sonido pequeño.
Alicia se tapó la boca.
Yo sentí que se me revolvía el estómago.
—¿Lo tirasteis? —pregunté.
Ramiro abrió los ojos.
—No.
—¿Entonces?
—Lo bajamos por la escalera. Beatriz dijo que había que hacerlo parecer accidental. Julián apenas se movía. En el último tramo... se nos resbaló.
—Se os resbaló —repetí.
La frase era tan horrible que ni siquiera necesitaba sarcasmo. Pero mi boca, que no siempre sabe cuándo rendirse, añadió:
—Claro. Un clásico. A quién no se le ha caído un hermano moribundo intentando falsificar una escena.
Ramiro se llevó las manos a la cara.
—No quería matarlo.
—Pues elegiste un camino bastante creativo para no hacerlo.
Vega se acercó a él.
—¿Quién colocó la copa del vestíbulo?
—Beatriz.
—¿Y la otra copa, la del pozo?
Ramiro miró a Elena.
—No lo sé.
Elena negó.
—Yo no.
Vega volvió a él.
—¿Y el móvil de Julián?
—Beatriz lo cogió. Dijo que tenía mensajes, grabaciones, pruebas contra todos. Yo no sabía que lo escondió en la finca norte.
—¿Y el mensaje enviado a Inés desde el teléfono oculto?
Elena respiró hondo.
—Ese lo envié yo.
Lo dijo antes de que Ramiro pudiera ensuciar la frase.
Todos la miramos.
—¿Tú? —pregunté.
—Sí.
—¿Con el teléfono del paragüero?
—Era de mi madre. Lucía lo guardaba con la foto de Daniel. Lo traje por si necesitaba llamar sin que me rastrearan de inmediato. Una estupidez, ya lo sé.
—Bastante concurrida la competición esta noche —murmuré.
—Cuando vi que bajaban a Julián, supe que iban a hacerlo pasar por accidente. No podía llamar a la policía sin implicar a Daniel. Pero necesitaba que alguien dentro sospechara.
—¿Y pensaste en mí?
—Eres hija de Andrés.
La frase me dejó quieta.
—Eso no me convierte en policía.
—No. Pero te convierte en alguien a quien esta familia no ha conseguido domesticar.
No supe si era un cumplido o una condena. Probablemente ambas. En la Casa de las Hiedras casi todo venía mezclado.
Vega guardó silencio unos segundos. Después miró hacia la habitación donde Beatriz estaba con el agente.
—Hay que tomar declaración completa a Beatriz. Y, según lo que confirme, procederemos.
Martina se volvió hacia ella.
—¿Vas a detenerla?
Vega no contestó enseguida.
—Si se confirma que participó en la administración de sustancias, en la manipulación de la escena y en la omisión de auxilio, sí.
—¿Y asesinato?
—Eso dependerá de la autopsia y de lo que declare.
Martina asintió, pero parecía no entender nada. O entenderlo demasiado.
Álvaro se puso de pie.
—Fue por mí.
Nadie dijo nada.
Él miró hacia la puerta cerrada.
—Mi madre hizo todo esto por mí.
Martina se volvió hacia él con una furia limpia.
—No te atrevas a hacerlo romántico.
—No estoy...
—No. No digas que lo hizo por amor. No lo ensucies más. Lo hizo porque en esta familia nadie sabe querer sin convertirlo en coartada.
Álvaro se quedó mudo.
Alicia lloró en silencio.
Yo miré a mi madre, que acababa de aparecer en la puerta de la salita, apoyada en el marco, pálida pero consciente. Había oído lo suficiente.
Nuestros ojos se encontraron.
Y por primera vez en toda la noche, no vi un secreto en ella.
Vi una pregunta.
Si el amor no podía justificarlo todo, ¿qué hacíamos con todas las veces que habíamos llamado amor a una cobardía?
Vega abrió la puerta de la habitación donde estaba Beatriz.
Mi tía salió entre dos agentes.
Ya no lloraba.
Eso fue lo que más miedo dio.
Tenía la cara hinchada, el pelo algo suelto y el pintalabios corrido. Pero los ojos estaban secos. Muy secos.
Miró primero a Álvaro.
Luego a Martina.
Después a mí.
—No pensaba dejar que Julián destruyera a mis hijos —dijo.
Martina se llevó una mano a la boca.
Álvaro empezó a llorar.
Beatriz levantó la barbilla con una dignidad pobre, desesperada, terrible.
—Una madre hace lo que tiene que hacer.
La frase cayó en el pasillo como una repetición enferma de toda la historia familiar.
Aurora por Jacinta.
Alicia por el hijo perdido que no pudo proteger.
Clara por mí.
Beatriz por Álvaro y Martina.
Siempre alguien haciendo “lo que tenía que hacer”.
Siempre alguien acabando en el suelo.
Yo miré a Beatriz y, por una vez, hablé sin chiste.
—No. Una madre no hace eso. Una madre no convierte a sus hijos en excusa para volverse monstruo.
Beatriz parpadeó.
Como si, de todas las acusaciones de la noche, esa fuera la única que le hubiera dolido de verdad.