Capítulo 20
Elena Alvarado dio un paso atrás.
Solo uno.
En otra casa quizá habría pasado desapercibido.
En otra familia, en otra noche, con menos muertos, menos documentos y menos gente mintiendo por turnos, aquel movimiento habría sido apenas eso: una mujer apartándose del ruido.
Pero allí, en el pasillo de la Casa de las Hiedras, un paso atrás era casi una declaración.
La sargento Vega la vio.
Yo también.
Y Elena supo que la habíamos visto.
Durante un segundo, nadie dijo nada. La puerta de la habitación donde Beatriz acababa de gritar seguía entornada.
Dentro se oía su respiración agitada, el murmullo de un agente y la voz baja de Martina intentando calmarla.
Mi madre estaba en la salita, con Salcedo vigilándola.
Aurora acababa de salir custodiada por dos agentes.
Ramiro seguía bajo la mirada de Molina. Alicia estaba de pie junto al sofá, pálida y agotada, como si la noche le hubiera quitado tantos años como acababa de devolverle.
Y Elena estaba en el pasillo, quieta, con un pie retrasado.
—Señora Alvarado —dijo Vega.
Elena no intentó sonreír.
Eso le agradecí. Aquella casa ya tenía demasiada gente sonriendo en momentos criminalmente poco apropiados.
—Sí.
—No se mueva.
—No pensaba irme.
—Ha dado un paso atrás.
—Me ha fallado el instinto.
—Procure que no le falle otra vez.
Yo miré a Elena. Hasta ese momento me había parecido fría, medida, incómodamente preparada.
Ahora, por primera vez, parecía cansada de verdad.
No derrotada. Elena no daba la impresión de derrotarse con facilidad.
Pero sí cansada. Como alguien que lleva mucho tiempo sosteniendo una bolsa llena de piedras y acaba de recordar que no sabe dónde dejarla sin romper algo.
Vega salió de la habitación de Beatriz y cerró la puerta a medias.
—Beatriz acaba de declarar que la mujer que vio salir del corredor del ala vieja era usted.
Elena bajó la vista.
Alicia soltó un sonido pequeño.
—Elena...
—¿Es cierto? —preguntó Vega.
Elena levantó la cabeza.
—Sí.
La palabra me cayó mal.
No por sorpresa. A esas alturas, la sorpresa estaba ya muy usada. Me cayó mal porque confirmó que, una vez más, alguien había estado moviéndose por la casa mientras los demás fingíamos que la noche tenía un orden.
—¿Estuvo en el ala vieja? —preguntó Vega.
—Sí.
—¿En la galería del piano?
—Sí.
Alicia se llevó una mano al pecho.
Ramiro cerró los ojos, no sé si por miedo o por cálculo.
Yo solté aire despacio.
—Claro. Faltaba una visita guiada.
Elena me miró.
—No fui yo quien mató a Julián.
—Esta noche esa frase está teniendo más uso que el baño de invitados.
—Inés —dijo Alicia, pero no sonó a reprimenda. Sonó a súplica. Una súplica rara, porque ni siquiera sabía a favor de quién iba.
Vega se acercó a Elena.
—Va a explicarme exactamente cuándo entró en esta casa.
—Antes de venir por la puerta principal.
—Eso ya lo había supuesto.
—Daniel me llamó a las diez y media. Me dijo que Julián no estaba solo y que había algo raro. Luego se cortó. Intenté devolverle la llamada y no respondió. Esperé unos minutos.
—¿Por qué esperó?
—Porque Daniel me había dicho que no quería verme allí.
—Y aun así vino.
—Sí.
—¿Por dónde entró?
Elena respiró hondo.
—Por la verja lateral. La misma por la que había entrado Daniel. La puerta estaba abierta.
Álvaro bajó la mirada desde el salón.
—Gracias por tu contribución, primo —murmuré.
No contestó. Por una vez, buena decisión.
—¿A qué hora entró? —preguntó Vega.
—No lo sé con exactitud. Quizá diez cuarenta. Diez cuarenta y cinco.
—¿Fue directamente a la galería?
—Sí. Conozco la casa lo suficiente.
Tomás, que estaba junto a la puerta, la miró.
—¿Desde cuándo?
Elena no le respondió a él, sino a Vega.
—Desde niña. Mi madre venía aquí a menudo. Después, de adolescente, yo también. Había pasos entre las fincas, puertas que no siempre se cerraban y adultos demasiado ocupados ocultando cosas para vigilar a los niños.
—La infancia ideal —dije.
Elena me miró un segundo.
—No tanto como crees.
No supe por qué, pero esa respuesta me enfrió un poco. Quizá porque no sonó defensiva. Sonó cierta.
Vega continuó.
—¿Qué encontró al llegar a la galería?
Elena cerró los ojos un momento.
—A Daniel en el suelo.
Alicia dejó de respirar.
—¿Vivo? —preguntó.
—Sí. Estaba inconsciente o casi. Sangraba por la ceja. Había papeles tirados cerca del piano. Julián estaba apoyado en una silla. Muy pálido. Respiraba mal.
—¿Y Ramiro?
Elena miró al abogado.
—Estaba allí.
Ramiro se enderezó.
—No cuando tú llegaste.
—Sí.
—Eso es mentira.
Elena no alzó la voz.
—Ramiro, no tienes talento para parecer inocente con sangre en los zapatos.
Todos miramos hacia sus zapatos.
No había sangre visible. Pero el gesto le bastó a Ramiro para perder otro poco de color.
Vega tomó nota.
—¿Clara estaba allí?
Elena dudó.
—Sí.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué hacía?
—Estaba junto a Daniel. Intentaba despertarlo. Lloraba. O eso creo. La luz era mala.
—¿Y la otra mujer? —preguntó Vega.
Elena no contestó enseguida.
—No la vi al principio.
—Pero había otra mujer.
—Sí.
—¿Quién?
Elena miró hacia la puerta donde Beatriz seguía declarando.
—Beatriz.
La palabra atravesó el pasillo.
Desde dentro de la habitación llegó un gemido. Martina abrió la puerta de golpe.
—No.
Elena no apartó los ojos de Vega.
—Era Beatriz.
Martina salió al pasillo como si la hubieran empujado.
—Mientes.
—No.
—Mi madre no.
Elena la miró con algo parecido a la compasión.
—Ojalá pudiera decirte otra cosa.
Martina negó despacio. Álvaro se levantó del sillón, pálido.
—¿Qué está diciendo?
—Que vuestra madre estaba en la galería —dije, aunque nadie me lo había pedido.
Álvaro me miró con odio.
—Tú cállate.
—Esta noche cada vez que alguien me dice que me calle, aparece una prueba nueva. Casi me lo tomaría como método.
Martina me agarró del brazo, no con fuerza, sino con desesperación.
—Inés.
Me callé.
Por ella.
Porque, por primera vez, vi en Martina algo que reconocí demasiado bien: esa necesidad infantil de que tu madre no sea capaz de lo que la noche está diciendo de ella.
Vega se volvió hacia Elena.
—¿Qué hacía Beatriz?
—Discutía con Julián.
—¿Sobre qué?
—Sobre Álvaro.
Álvaro retrocedió medio paso.
—No.
Elena siguió.
—Julián le dijo que iba a denunciarlo. Que no pensaba seguir pagando sus errores. Beatriz le suplicó. Luego le amenazó. Dijo que, si él hundía a Álvaro, ella contaría lo que sabía de Jacinta, de Alicia y de Andrés.
—¿Beatriz sabía todo eso? —pregunté.
Elena soltó una risa sin humor.
—Beatriz sabe mucho más de lo que parece. La gente confunde las lágrimas con ignorancia.
La frase se quedó en el aire.
Y dolió.
Porque era verdad. Porque todos habíamos hecho eso con Beatriz. La habíamos reducido a sus pañuelos, sus sollozos, sus frases blandas. Habíamos pensado que llorar tanto la volvía menos peligrosa. Como si el agua no pudiera también pudrir una casa desde los cimientos.
—¿Qué pasó después? —preguntó Vega.
—Julián estaba mal. Muy mal. Dijo que alguien se había pasado con la dosis. Yo no entendí a qué se refería. Beatriz llevaba una copa en la mano. Creo que la dejó sobre el piano. Ramiro intentaba convencer a Clara de que se marchara. Daniel seguía en el suelo.
—¿Y usted qué hizo?
Elena bajó la mirada.
—Cogí algunas páginas.
—¿Del cuaderno?
—Sí.
—¿Las que faltaban?
—No todas. Había varias en el suelo. Yo recogí dos.
Vega la observó.
—¿Dónde están?
Elena metió la mano lentamente en el bolsillo interior de su abrigo. Molina se acercó, alerta. Ella sacó un sobre pequeño, doblado y húmedo por los bordes.
—Aquí.
La sargento lo cogió con guantes.
—¿Por qué las ocultó?
—Porque mencionan a mi madre. Y a mí.
—¿Y eso justifica esconder pruebas de una muerte?
—No. Pero lo hice.
Agradecí que no intentara maquillarlo. Una mentira menos era casi un descanso.
Vega abrió el sobre. Dentro había dos páginas verdes, dobladas con cuidado. Las colocó sobre una bandeja limpia que el agente trajo de inmediato. No las leyó en voz alta al principio. Solo las revisó. Pero su cara cambió al llegar a la segunda.
—¿Qué dicen? —pregunté.
—Inés —murmuró Alicia.
—No, de verdad. A estas alturas, pedir paciencia es un poco obsceno.
Vega levantó la vista hacia Elena.
—La primera página habla de pagos a Lucía Alvarado y de la finca norte. La segunda menciona una cuenta a nombre de una menor.
Elena cerró los ojos.
—Yo.
—Sí —dijo Vega—. Una cuenta abierta a nombre de Elena Alvarado cuando era niña. Utilizada para recibir dinero de sociedades vinculadas a Julián Valcárcel.
Ramiro soltó aire.
Elena no negó.
—Mi madre lo hizo.
—Su madre usó su nombre.
—Sí.
—¿Y usted lo sabía?
—Lo supe de adulta. No cuando ocurrió.
—¿Por eso quería ocultar esa página?
Elena sostuvo la mirada de Vega.
—Porque si esa página sale, parecerá que yo también compré silencio antes de saber hablar.
La frase fue dura. Y triste. Y demasiado parecida a otras de esa noche.
Alicia la miró con menos rabia.
—¿Por qué no la entregaste cuando Daniel vino?
—Porque tenía miedo.
—Todas teníamos miedo —dijo Alicia—. Y mira qué bien nos fue.
Elena aceptó el golpe en silencio.
Vega guardó las páginas.
—Siga con la galería.
Elena respiró hondo.
—Julián empezó a perder fuerza. Beatriz decía que había que llamar a Salcedo. Ramiro dijo que no, que si llamábamos con Daniel allí y las páginas sobre el piano todo sería un desastre. Clara quería sacar a Daniel. Beatriz dijo que Julián no podía bajar así.
—¿Así cómo?
—Vivo.
El pasillo se quedó helado.
Martina cerró los ojos.
—No.
Elena se volvió hacia ella.
—Lo siento.
—No lo digas.
—Es lo que oí.
—¡No lo digas!
El grito de Martina rompió algo. No en la casa. En ella. Se llevó ambas manos a la cabeza, como si quisiera sujetarse los pensamientos dentro. Álvaro intentó acercarse, pero ella lo apartó.
—No me toques.
—Martina...
—¡No me toques!