Todo Queda en Familia Capítulo 19
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Capítulo 19

Llegué a la salita casi sin respirar.

No recuerdo haber bajado la escalera. Recuerdo la barandilla pasando a mi lado, el eco de mis pasos, la voz de Martina detrás de mí pidiéndome que esperara y la sensación absurda de que la casa se había vuelto demasiado grande justo cuando yo necesitaba llegar a un sitio pequeño.

Mi madre estaba en el suelo, junto al sofá de la salita lateral.

No inmóvil del todo. Respiraba. Eso fue lo primero que vi y lo único que me permitió seguir funcionando.

Tenía los ojos cerrados, la cara blanca y una mano apoyada sobre el pecho, como si hasta desmayada intentara sujetarse por dentro.

El doctor Salcedo estaba arrodillado junto a ella, tomándole el pulso.

Un agente sostenía una linterna. Vega estaba en la puerta, seria, con esa calma suya que empezaba a darme ganas de quererla y denunciarla a la vez.

—Mamá.

Me agaché junto a ella.

Salcedo levantó una mano.

—No la muevas.

—No la estoy moviendo.

—La estás mirando con intención de moverla.

—Doctor, mi madre está en el suelo. Mi cara no ha tenido tiempo de pedir cita con la prudencia.

Salcedo no sonrió, pero tampoco me apartó. Le abrió un poco un párpado a Clara y luego volvió a tomarle el pulso.

—Está volviendo.

—¿Qué le ha pasado?

—Ha tenido una bajada de tensión. Estrés, falta de aire, quizá no ha comido suficiente.

—Ha cenado con esta familia. Eso cuenta como deporte extremo.

Mi madre abrió los ojos justo entonces. Tardó un segundo en enfocarme. Cuando lo hizo, se le llenó la cara de una vergüenza pequeña, absurda, como si desmayarse en mitad de una investigación familiar fuera una falta de educación.

—Inés...

—Estoy aquí.

—No hacía falta que bajaras corriendo.

—Claro. Podía bajar haciendo una coreografía, pero no quería eclipsar a los muertos.

Salcedo me miró.

—Déjala respirar.

—Estoy ayudando.

—Eso es debatible.

Mi madre intentó incorporarse, pero el médico se lo impidió con suavidad.

—Despacio, Clara. Primero siéntate.

Entre Salcedo y yo la ayudamos a sentarse en el sofá.

Su cuerpo pesaba poco, o me lo pareció. Mi madre siempre había tenido esa forma de ocupar menos espacio del que le correspondía.

Incluso ahora, mareada, pálida y con media familia desmoronándose alrededor, parecía pedir perdón por necesitar cuidados.

Eso me dio rabia.

No contra ella.

Contra todos.

Vega entró en la salita, pero se quedó a una distancia prudente.

—¿Puede hablar?

—Sargento —dije—, acaba de abrir los ojos.

—Por eso he preguntado si puede hablar. No he empezado un interrogatorio.

Mi madre respiró hondo.

—Puedo hablar.

—No tienes que hacerlo ahora —dije.

Clara me miró con una ternura cansada.

—Inés, esta noche ya hemos dejado demasiadas cosas para después.

Aquello me cayó mejor que cualquier orden.

Salcedo le tomó la tensión. Frunció el ceño, pero no pareció alarmarse demasiado.

—Está baja, pero se recupera. Necesita beber algo y descansar.

—Nada de agua sin revisar —dijo Vega.

Todos la miramos.

Y entonces lo entendí.

El vaso.

Sobre la mesita, junto a la silla donde mi madre había estado declarando, había un vaso medio lleno. Agua. Transparente, inocente, absolutamente sospechosa. En aquella casa hasta el agua empezaba a tener antecedentes.

—¿Ha bebido de ahí? —preguntó Vega.

Mi madre miró el vaso.

—Sí.

—¿Quién se lo dio?

Clara dudó.

Un segundo.

Yo ya odiaba esos segundos.

—Beatriz —dijo.

La puerta estaba abierta. Desde el salón se oyó un pequeño gemido.

Beatriz apareció casi de inmediato, con los ojos rojos y un pañuelo en la mano.

—Yo solo le traje agua. Estaba pálida.

—Nadie ha dicho lo contrario —respondió Vega.

—Pero lo está pensando.

—Estoy pensando muchas cosas. No todas son para usted.

Beatriz se quedó en el umbral, temblorosa.

Era una mujer blanda por fuera, siempre a punto de llorar, siempre preocupada por lo inapropiado del dolor ajeno, pero aquella noche ya no podía verla igual.

Nadie en esa casa era solo lo que parecía.

Alicia no era solo una tía cruel con perfume.

Tomás no era solo el casero. Aurora no era solo la abuela terrible.

Julián no era solo el muerto. Y Beatriz, quizá, no era solo una mujer que lloraba con facilidad.

—¿De dónde cogió el agua? —preguntó Vega.

—De la jarra del comedor.

—¿La sirvió usted?

—Sí.

—¿Alguien más tocó el vaso?

—No lo sé. Yo... lo cogí de la bandeja.

—¿Qué bandeja?

—La que dejó Lidia en el aparador.

Vega miró al agente.

—Recoja el vaso. Y la jarra. Todo.

Beatriz empezó a llorar otra vez.

—No le he puesto nada.

—No he dicho que lo haya hecho.

—Pero lo parece.

—Señora Beatriz, esta noche casi todo parece algo. Por eso estamos aquí.

Me levanté despacio.

—¿Tú tomas ansiolíticos, verdad?

Beatriz me miró como si acabara de pegarle.

—A veces. Para dormir.

—Qué noche tan insomne para todos.

—Inés —dijo mi madre.

No sonó a reprimenda. Sonó a cansancio.

Me obligué a parar. No porque Beatriz no mereciera preguntas, sino porque mi madre seguía sentada en el sofá, blanca, con las manos temblando, y yo estaba a dos frases de convertir su desmayo en otro campo de batalla.

Vega indicó al agente que sacara el vaso en una bolsa. Cuando lo levantó, vi una marca en el borde. Un resto de pintalabios tenue, entre rosa y coral.

Mi madre no llevaba pintalabios.

Nunca le había gustado. Decía que le daba la sensación de ir disfrazada de alguien con más ganas de vivir.

Beatriz sí llevaba.

No dije nada.

No todavía.

La sargento también lo vio. No hizo ningún comentario, pero sus ojos se detuvieron en el borde del vaso el tiempo suficiente para que yo supiera que no se le había escapado.

Beatriz se llevó el pañuelo a la boca.

—Yo solo quería ayudar.

—A veces en esta familia eso es lo que más miedo da —dije.

Ella bajó la vista.

Por primera vez no lloró más.

Eso me inquietó.

Desde el salón llegó el ruido de voces. Aurora estaba hablando con alguien. O dando órdenes, que en ella venía a ser casi lo mismo. Vega salió un momento y volvió con una expresión más cerrada.

—Clara, antes de desmayarse estaba hablando de la galería. Necesito una precisión. Ha dicho que no vio a la mujer que dio la orden, pero sí oyó la voz.

Mi madre asintió.

—Sí.

—¿Podría reconocerla si la oyera otra vez?

Clara bajó la mirada hacia sus manos.

—No lo sé.

—No le pregunto si quiere reconocerla.

—Lo sé.

—¿Podría?

Mi madre tragó saliva.

—Quizá.

—¿Era Aurora?

La pregunta fue directa.

Clara negó.

—No.

No dudó.

Eso me dio un alivio raro, aunque no sabía por qué. Aurora podía ser muchas cosas, incluido un homicida confesa de otra década, pero la voz de esa noche no era suya.

—¿Era Alicia?

—No.

—¿Beatriz?

Beatriz, en la puerta, se puso rígida.

Mi madre no respondió enseguida.

—Clara —dijo Vega.

—No lo sé.

Beatriz soltó aire, pero no demasiado. Como quien no se atreve a gastar el alivio por si luego se lo hacen devolver.

—¿Martina? —preguntó Vega.

—No.

—¿Elena Alvarado?

Mi madre cerró los ojos un segundo, como si intentara traer de vuelta la voz entre el ruido, la madera, los golpes, el miedo.

—No lo sé. Podría... No. No estoy segura.

Vega asintió. No parecía frustrada. Parecía almacenar.

—Descanse.

Mi madre me miró.

—¿Encontrasteis la cinta?

—Sí.

Sus ojos cambiaron.

—¿Y?

No supe cómo resumirlo. ¿Cómo se le dice a alguien que acabas de oír a una mujer muerta narrar el principio de la podredumbre familiar?

¿Cómo se explica que Jacinta había dejado su voz escondida para que, medio siglo después, una sobrina que ni siquiera sabía de su existencia la escuchara morir un poco antes de morir?

—Aurora confesó —dije.

Mi madre cerró los ojos.

—Entonces era verdad.

—Sí.

—Jacinta...

No terminó la frase.

No hacía falta.

Le cogí la mano.

—La cinta también ayuda a entender lo de Julián. Lo de repetir la historia.

—No la repite la casa —dijo mi madre en voz baja—. La repiten las personas que aprenden que una mentira puede funcionar si la sostienen suficientes manos.

Aquello sonó a ella, pero también a algo que quizá mi padre le habría dicho alguna vez. Una frase sencilla. Sin adorno. De las que se quedan.

—Mamá.

—Dime.

—¿Beatriz pudo estar en la galería?

Clara abrió los ojos.

Beatriz seguía en la puerta.

Durante un segundo, las dos se miraron.

—No lo sé —dijo mi madre.

Pero no miró al suelo.

Miró a Beatriz.

Eso fue mucho peor.

Beatriz dio un paso atrás.

—Yo estaba en el comedor.

—Nadie te vio todo el tiempo —dije.

—Estaba con Alicia.

Alicia apareció detrás de ella, como si la frase la hubiera llamado.

—No todo el tiempo.

Beatriz se volvió hacia su hermana.

—¿Qué?

Alicia parecía agotada, pero su voz salió firme.

—Te levantaste cuando yo fui al baño. Dijiste que ibas a buscar sales porque te encontrabas mareada.

—Y las busqué.

—¿Dónde?

—En mi bolso.

—Tu bolso estaba en el salón.

Beatriz abrió la boca.

No salió nada.

Martina, que acababa de acercarse al pasillo, se quedó quieta.

—Mamá —dijo.

La palabra cayó con un peso nuevo.

Ahí quedó confirmado algo que hasta entonces había estado medio flotando entre apellidos: Beatriz era la madre de Álvaro y Martina.

Y, de pronto, sus lágrimas empezaron a tener otra sombra.

Un hijo endeudado. Una hija observadora.

Un hermano muerto. Un testamento amenazante.

Una familia entera a punto de perderlo todo.

Beatriz miró a Martina.

—No empieces tú.

—¿Dónde estabas?

—En el baño.

—Alicia estaba en el baño.

—En otro.

—Hay tres baños en esta casa y todos parecen llenos de secretos —dije—. Muy práctico.

Vega volvió a entrar al oír el intercambio.

—Señora Beatriz, venga conmigo.

—¿Por qué?

—Porque vamos a aclarar sus movimientos.

Beatriz empezó a llorar otra vez. Pero esta vez el llanto llegó tarde, como una manta mal puesta.

—Yo no hice nada.

—Eso ya lo oímos antes —dijo Alicia, muy bajo.

Beatriz la miró con una herida sincera.

—¿Ahora tú también?

Alicia no respondió.

Vega llevó a Beatriz a otra habitación, acompañada por un agente. Martina se quedó inmóvil en el pasillo. Álvaro apareció detrás de ella, pálido.

—¿Qué pasa con mamá?

—Eso intento entender —dijo Martina.

—No.

La palabra de Álvaro salió rara. No como defensa, sino como miedo infantil.

—No, Martina. Mamá no.

Ella le miró.

—Tú dejaste abierta la puerta del muro.

—Pero no para esto.

—Nadie en esta familia hace nada “para esto”. Y aun así siempre acabamos aquí.

Álvaro se apoyó en la pared, hundido. Por primera vez no parecía arrogante. Ni guapo. Ni heredero de nada. Parecía un hijo asustado de que su madre también pudiera ser una persona, con todo lo horrible que eso implicaba.

Yo volví junto a Clara.

—¿Puedes levantarte?

—Sí.

—No tienes que hacerlo.

—Lo sé.

Pero se levantó igual. Despacio, con mi ayuda.

Salcedo protestó lo justo para cumplir su papel y luego la dejó sentarse en una butaca más cómoda.

El médico me dijo en voz baja que no parecía grave, pero que convenía vigilarla.

Yo asentí. Me habría gustado decirle que en aquella casa vigilar era la única tradición que cumplíamos todos, pero no me salió.

Vega regresó al salón unos minutos después. Traía la cinta de Jacinta en una bolsa, una copia preliminar de la declaración de Aurora y la cara de quien sabe que una noche se le ha convertido en varias investigaciones a la vez.

—Aurora será trasladada para declarar formalmente por lo relativo a Jacinta —dijo.

Mi abuela, que seguía sentada en su butaca, no protestó.

Eso me sorprendió.

—¿No vas a decir que necesitas autorización, que esto es una falta de respeto o que los muertos deberían llamar antes de molestar? —pregunté.

Aurora me miró.

—Hay batallas que se pierden mucho antes de saber que han empezado.

—Qué poético. Casi dan ganas de olvidar el pozo.

No apartó la vista.

—No espero que me perdones.

—Perfecto. Me ahorras trabajo.

—Pero algún día entenderás que la libertad también destruye familias.

—No, abuela. Lo que destruye familias es confundir una jaula con una herencia.

Por primera vez, Aurora no contestó.

Dos agentes se acercaron a ella. No la esposaron delante de todos.

No sé si por su edad, por prudencia o porque Vega entendió que Aurora había vivido toda su vida esposada a algo peor que el metal.

Mi abuela se levantó despacio, apoyada en su bastón.

Alicia la miró sin llorar. Beatriz no estaba para verla.

Martina se apartó. Álvaro bajó la cabeza.

Cuando Aurora pasó junto a mí, se detuvo.

—Tienes la cara de tu padre —dijo.

—Eso ya me lo dijiste.

—Hoy lo digo de otra manera.

No supe qué responder.

O sí, pero se me quedó en la lengua.

Aurora siguió caminando hacia la puerta. Antes de salir, miró una vez hacia la escalera. No sé si pensó en Julián, en Jacinta, en Clara o en sí misma con diecinueve años menos que la muerte de su hermana. Luego salió con los agentes, y la Casa de las Hiedras pareció exhalar algo antiguo.

No alivio.

Todavía no.

La puerta se cerró.

Durante unos segundos nadie habló.

Luego se oyó una voz desde la habitación donde Vega había llevado a Beatriz.

—¡No!

Era Martina.

No. No era Martina.

Era Beatriz.

Un grito seco, desesperado, sin sus lágrimas habituales.

Vega salió casi al instante.

—Inés —dijo.

Que dijera mi nombre me heló.

—¿Qué?

—Tu madre tiene que quedarse aquí, con el doctor.

—¿Qué ha pasado?

La sargento dudó apenas. Muy poco.

—Beatriz acaba de reconocer que vio a la mujer de la galería.

Martina se puso de pie.

—¿A quién?

Vega miró hacia la puerta cerrada.

—Dice que no era Clara.

Sentí que el pecho se me abría un poco.

—¿Entonces quién?

La sargento no respondió enseguida.

Y en ese segundo, antes de que dijera nada, vi a Elena Alvarado al fondo del pasillo.

Muy quieta.

Demasiado quieta.

Vega siguió mi mirada.

Elena dio un paso atrás.

Solo uno.

Pero fue suficiente.

Porque en una casa llena de culpables, a veces el que retrocede es quien acaba de entender que alguien, por fin, le ha visto la cara.