Capítulo 18 #2
Vega nos indicó que no tocáramos nada. El agente empezó a fotografiar la habitación.
Tomás se quedó junto a la puerta, con una expresión rara.
Para él, aquello no era solo un cuarto. Era un sitio del que su padre quizá le había hablado en voz baja, una historia vieja que había acabado tragándose otra generación.
—¿Dónde guardaba las cintas? —preguntó Vega.
Tomás miró el escritorio.
—Ahí. En los cajones. Y en esa caja de madera.
La sargento abrió primero los cajones. Había papeles en blanco, sobres, una pluma seca, fotografías antiguas, un peine y un pequeño cuaderno sin usar. Nada que pareciera una cinta. Luego revisó la caja de madera. Dentro había varias cintas de casete, todas con etiquetas escritas a mano.
Música.
Radio.
Voz.
Septiembre.
Octubre.
Mi corazón dio un golpe.
—Octubre —dije.
Vega cogió esa cinta con cuidado.
La etiqueta tenía una fecha: 13/10/79.
—Un día antes de morir —dijo Tomás.
El cuarto se quedó muy quieto.
—¿Hay reproductor? —preguntó Vega.
Tomás señaló la cómoda.
—Antes había uno.
El agente abrió los cajones. En el segundo encontró un radiocasete pequeño, gris, con una pegatina descolorida en un lateral. Parecía un objeto de museo, pero cuando Vega pidió pilas y el agente las buscó en el cuarto de servicio, el aparato encendió con un chasquido sucio.
—No deberíamos reproducirla sin técnico —dijo el agente.
—Lo sé —respondió Vega—. Pero necesitamos saber si contiene información urgente. Se hará una copia después.
Metió la cinta.
Yo no respiraba.
Martina me cogió la mano sin decir nada. Se lo agradecí en silencio.
El aparato emitió un ruido de arrastre, estática, un golpe seco, como si alguien hubiera dejado el micrófono sobre una mesa. Luego se oyó una voz femenina, joven, un poco lejana.
—Prueba. Si esto funciona, al menos alguien me escuchará sin interrumpirme.
Jacinta.
No la conocía. No había visto apenas una foto. No sabía cómo habría reído, caminado, vivido. Pero al oír su voz sentí una cosa extraña, como si la casa hubiera perdido de pronto el monopolio del pasado. Jacinta hablaba. Después de casi cincuenta años, hablaba.
La voz continuó:
—Me llamo Jacinta Valcárcel. Es trece de octubre de mil novecientos setenta y nueve.
Si esta cinta aparece después de que yo me marche, será porque he conseguido salir.
Si aparece después de que me pase algo, será porque mi hermana Aurora ha vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer: llamar familia al miedo.
Tragué saliva.
Vega no se movió.
En la cinta se oyó una risa breve. Triste.
—Aurora cree que la casa se sostiene con paredes.
No es verdad. La casa se sostiene con amenazas.
Mi padre falsificó escrituras, compró voluntades y entregó terrenos a cambio de silencios.
Julián, aunque es casi un crío, ya escucha demasiado y aprende demasiado deprisa.
Me da miedo. No por lo que sabe, sino por lo mucho que le gusta saberlo.
Tomás cerró los ojos.
La voz siguió, con un pequeño temblor.
—Lucía Alvarado tiene copias. Yo también. Las he escondido bajo la hiedra, junto al pozo viejo. Si no salgo de aquí, que alguien busque en la raíz. No en la casa. La casa siempre miente.
Martina me apretó la mano.
—La raíz —susurró.
La cinta emitió un ruido, como si la grabación se hubiera detenido y vuelto a empezar. Luego la voz de Jacinta sonó más cerca, más agitada.
—Aurora viene. Si me pasa algo, no ha sido un accidente.
Después se oyó una puerta.
Pasos.
Otra voz, joven pero reconocible de una forma espantosa.
Aurora.
—¿Qué haces?
Jacinta respondió:
—Dejar constancia.
—Siempre tan dramática.
—Siempre tan viva. Eso es lo que os molesta.
Hubo un ruido de silla.
Aurora bajó la voz.
—Dame los papeles.
—No.
—Jacinta.
—No voy a dejar que entierres mi vida en esta casa.
La voz de Aurora se endureció.
—Esta casa es lo único que tenemos.
—No. Es lo único que tú tienes.
Silencio.
Luego una tercera voz. Masculina. Joven.
Julián.
—Mamá, el abuelo pregunta por vosotras.
Mamá.
Sentí que algo se colocaba en mi cabeza con un clic horrible. Julián había estado allí. No solo después. Antes.
Jacinta habló:
—Mírale bien, Aurora. Ya le has enseñado a vigilar puertas.
—Cállate —dijo Julián.
Joven, pero ya Julián.
Jacinta soltó una risa amarga.
—Pobre chico. Diecisiete años y ya parece un notario con rabia.
Martina murmuró:
—Qué grande.
No era el momento.
Pero tenía razón.
La cinta siguió. Se oían pasos, voces alejándose, una discusión que el micrófono recogía mal. Después, de pronto, ruido de exterior. Viento. Ramas. Respiración agitada.
Jacinta susurró:
—Si alguien escucha esto, estoy en la finca norte. Aurora viene detrás. Julián también. Tengo los papeles. Voy hacia el pozo.
El audio se llenó de viento.
Luego gritos.
No claros.
Una frase de Aurora, cortada:
—No vas a destruirnos...
Jacinta:
—Ya estáis destruidos.
Un golpe.
Un jadeo.
La cinta se volvió casi incomprensible. Pero entonces se oyó a Jacinta, lejos, rota:
—Aurora...
Y la voz de Aurora, más cerca del micrófono:
—No me has dejado opción.
Luego, otra voz.
Julián.
—Mamá, está viva.
Silencio.
Un silencio antiguo. Un silencio de octubre de 1979, encerrado en una cinta gris, esperando medio siglo para volver a respirar.
Después Aurora dijo:
—Entonces ayúdame.
El aparato siguió girando unos segundos más, con ruido de viento y tierra. Luego se cortó.
Nadie habló.
Ni Vega.
Ni Martina.
Ni yo.
El pasado acababa de dejar de ser una historia. Tenía voz. Tenía fecha. Tenía viento detrás. Tenía a Jacinta llamando a su hermana antes de desaparecer en la raíz de la casa.
Yo pensé en Julián, diecisiete años, oyendo “entonces ayúdame”. Pensé en Ramiro, décadas después, diciendo “está vivo”. Pensé en la voz de mujer de esa noche respondiendo que procurase que dejara de estarlo antes de bajarlo.
La familia no repetía la historia por accidente.
La ensayaba.
Vega sacó la cinta con cuidado y la guardó en una bolsa.
—Esto cambia la situación de Aurora —dijo.
—¿Y la de mi madre? —pregunté.
La sargento me miró.
—También puede ayudarla.
Puede.
Otra palabra pequeña. Otra cuerda floja.
Entonces, desde el pasillo, oímos pasos rápidos.
Un agente apareció en la puerta, respirando deprisa.
—Sargento. Clara Valcárcel se ha desmayado.
Sentí que el cuerpo se me iba antes de moverme.
—¿Qué?
—Estaba declarando y se ha desplomado. El médico la está atendiendo.
No esperé permiso.
Bajé corriendo por el pasillo viejo, por la escalera, por la casa entera, con la voz de Jacinta aún pegada a la nuca.
Y por primera vez en toda la noche, no corrí hacia un secreto.
Corrí hacia mi madre.