Todo Queda en Familia Capítulo 18
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Capítulo 18

Sin mi madre en el salón, la familia sonaba distinta.

No mejor. Distinta. Como cuando apagas una televisión y descubres que el zumbido venía de la nevera.

Clara había sido siempre una presencia discreta, casi de fondo, pero al desaparecer detrás de aquella puerta con la sargento Vega, dejó un hueco enorme.

O quizá el hueco había estado siempre y yo acababa de verlo porque alguien había encendido demasiadas luces.

Aurora seguía en su butaca, con el bastón entre las manos y la cara cerrada. Parecía tranquila. Eso me irritaba más que cualquier gesto de culpa. Mi abuela acababa de confesar que había empujado a su hermana viva a un pozo y, aun así, estaba sentada como si esperara que alguien le ofreciera café.

—No la mires así —dijo.

Tardé un segundo en entender que me hablaba a mí.

—¿Cómo?

—Como si acabaras de descubrir que el mundo no es limpio.

Solté una risa seca.

—Abuela, hoy he descubierto que mi familia roba hijos, falsifica firmas, esconde cadáveres y guarda móviles en agujeros. Lo del mundo lo dejamos para mañana.

Alicia, sentada en el sofá, levantó la vista. Tenía los ojos rojos, pero ya no lloraba. Me pregunté cuántas veces podía romperse una persona en una misma noche antes de empezar a acostumbrarse al ruido.

Aurora no se inmutó.

—Tu madre no es inocente.

—Qué curioso. Esa frase suena mucho a deseo.

—Suena a experiencia.

—No. Suena a que estás intentando empujarla también, solo que esta vez hacia una acusación.

Mi abuela apretó la empuñadura del bastón.

—Clara estuvo allí.

—Eso no la convierte en asesina.

—La verdad no se decide por cariño.

—Menos mal. Si se decidiera por cariño, en esta familia no tendríamos ni para una mentira pequeña.

Martina se acercó a mí por un lado. No me tocó, pero se colocó lo bastante cerca como para que entendiera que, si yo decidía lanzarme contra Aurora con palabras o con una lámpara, al menos alguien pensaba sujetarme antes de que lo hiciera fatal.

—Inés —murmuró—. Respira.

—Estoy respirando.

—Como un toro antes de salir.

—Es mi forma elegante.

Alicia se levantó despacio. No miró a Aurora. Me miró a mí.

—Clara no fue.

La frase me atravesó con una mezcla de alivio y miedo. Porque quería oírla. Porque necesitaba oírla. Porque también sabía que Alicia, hasta hacía unas horas, había mentido por costumbre, por vergüenza y por miedo.

—¿Por qué lo sabes? —pregunté.

Alicia tragó saliva.

—Porque vi a alguien más.

Aurora levantó la cabeza.

—Alicia.

—No —dijo mi tía.

Fue una palabra pequeña, pero venía de muy lejos.

Aurora la miró con ese gesto suyo de orden silenciosa.

Alicia no se sentó.

—No más.

Beatriz se llevó una mano a la boca. Álvaro dejó de mirar al suelo. Ramiro, custodiado por Molina cerca del despacho, se puso rígido. Toda la habitación entendió que Alicia estaba a punto de hacer algo peligroso: decir una verdad sin haber pedido permiso.

—¿A quién viste? —pregunté.

Alicia se limpió la cara con el pañuelo, aunque ya casi no tenía lágrimas.

—No la cara. Vi una sombra. Una mujer saliendo del corredor del ala vieja, poco antes de que se oyera el golpe. Creí que era Clara.

Sentí que el suelo volvía a moverse.

—¿Creíste?

—Llevaba un vestido oscuro. Se movía rápido. Yo salía del baño, estaba llorando, tenía la cara hecha un cuadro y no quería cruzarme con nadie. La vi de espaldas, entrando hacia la escalera secundaria.

—¿Y no lo dijiste?

Alicia me miró con una tristeza extraña.

—Esta noche he descubierto que mi hijo vivió al lado de mi casa durante años. Perdona si mi orden de prioridades no ha sido impecable.

No tuve respuesta.

Me molestó no tenerla. Pero también me pareció justo.

Martina intervino.

—¿Podía ser Clara?

Alicia negó despacio.

—Al principio pensé que sí. Pero Clara llevaba el vestido azul. La mujer que vi llevaba algo negro o muy oscuro. Y caminaba... distinto.

—¿Distinto cómo? —pregunté.

Alicia miró a Aurora. Luego a Ramiro. Luego a la puerta cerrada donde mi madre declaraba.

—Con decisión. Como alguien que sabía exactamente adónde iba.

Aurora soltó una risa baja.

—Qué precisión. Una sombra con decisión. La Guardia Civil estará encantada.

—Pues díselo a la sargento cuando salga —respondió Alicia.

Mi abuela no contestó.

Eso ya era bastante.

La puerta de la salita se abrió unos minutos después y salió Vega. Mi madre no venía con ella. Sentí una punzada inmediata, absurda, como si me hubieran quitado algo más.

—¿Dónde está? —pregunté.

—Terminando su declaración con el agente Molina —dijo Vega—. Está bien.

—Eso se lo podéis decir a las plantas. A mí no me sirve.

La sargento me miró. No con dureza. Con cansancio.

—Está declarando. De momento, eso es todo.

—De momento es una expresión que empieza a darme alergia.

—Entonces procure no necesitarla más.

Alicia dio un paso.

—Sargento. Tengo que decirle algo.

Vega se volvió hacia ella. Alicia contó lo de la sombra, el vestido oscuro y el corredor del ala vieja. Lo hizo sin adornos, sin lloros de más, sin esa costumbre suya de convertir cualquier incomodidad en teatro. La sargento la escuchó con atención y tomó nota.

—¿Por qué no lo dijo antes?

Alicia agachó la cabeza.

—Porque pensé que era Clara. Y porque... porque estoy harta de decir verdades tarde, pero aún no sé decirlas a tiempo.

Aquello fue tan honesto que hasta Vega tardó un segundo en contestar.

—¿Podría reconocer a esa persona por su forma de caminar?

—Quizá.

—¿Era mayor? ¿Joven?

—No lo sé. No era una chica joven. Pero tampoco caminaba como Aurora.

Mi abuela levantó una ceja.

—Gracias por la aclaración ortopédica.

—De nada, mamá —dijo Alicia—. Estoy descubriendo que aclarar cosas da gustito.

Me habría reído si no hubiera estado tan cerca de perder la cabeza.

Vega se volvió hacia mí.

—Clara me ha dicho que le pidió buscar la cinta de Jacinta.

—Sí.

—¿Sabe a qué se refería?

—No. Pero imagino que no hablaba de música para amenizar la noche.

—La cinta encontrada junto al pozo está dañada. La van a llevar para intentar recuperarla, pero quizá tardemos.

—Mi madre dijo “busca la cinta”, no “espera a que la restauren”.

Vega me sostuvo la mirada.

—¿Tiene alguna idea concreta o solo necesidad de moverse?

—Las dos cosas.

—Empiece por la concreta.

Miré a Tomás, que estaba junto a la puerta, tan quieto que parecía parte del marco.

—Jacinta grababa cosas, ¿verdad?

Tomás respiró hondo.

—Sí.

—¿Dónde?

—En su dormitorio. Tenía un radiocasete pequeño. Le gustaba grabar música, conversaciones, ideas. Mi padre decía que era una señorita rara porque prefería dejar constancia antes que pedir permiso.

—Me cae cada vez mejor —murmuré.

Vega tomó nota.

—¿Dónde está su dormitorio?

Aurora habló antes que Tomás.

—Cerrado.

—No he preguntado si está abierto —dijo Vega—. He preguntado dónde está.

Tomás señaló hacia el piso superior.

—Ala vieja. Al final del corredor. Frente al cuarto de costura.

—¿Se conserva?

—Sí. Doña Aurora nunca permitió vaciarlo del todo.

Miré a mi abuela.

—Qué sentimental.

Aurora me sostuvo la mirada.

—Los muertos también tienen derecho a no ser manoseados por los vivos.

—No sé si eres la mejor portavoz para ese tema.

Vega cortó antes de que aquello escalara.

—Vamos a revisar ese dormitorio.

—No —dijo Aurora.

La sargento se volvió hacia ella con una paciencia ya bastante fina.

—Me impresiona su constancia, señora Valcárcel.

—Esa habitación no tiene relación con la muerte de Julián.

—Dado que acaba de aparecer una cinta vinculada a Jacinta junto a restos humanos en su finca, y que Clara ha pedido expresamente buscar otra posible cinta, voy a discrepar.

—Necesitará autorización.

—La pediré, si hace falta. Mientras tanto, la puerta está dentro de la vivienda donde investigamos una muerte violenta y posibles pruebas relacionadas. Puede seguir poniendo obstáculos o puede sentarse y ahorrar fuerzas.

Aurora no se sentó.

Pero tampoco dijo nada más.

Subimos Vega, un agente, Tomás, Martina y yo.

Alicia quiso venir, pero la sargento le pidió que esperara abajo por si necesitaba ampliar lo de la sombra.

Me sorprendió que Alicia obedeciera. Quizá porque ya no le quedaba energía para discutir, o quizá porque, por primera vez en la noche, entendía que esperar también podía ser una forma de ayudar.

El ala vieja estaba más fría que el resto de la casa.

El pasillo era largo, estrecho, con papel pintado color crema y pequeños cuadros de flores que parecían llevar décadas arrepintiéndose de haber brotado allí.

La luz de los apliques parpadeaba un poco.

O quizá era mi cabeza. A esas alturas, cualquier bombilla tenía derecho a sufrir.

Tomás se detuvo ante una puerta de madera clara.

—Aquí.

Vega se puso guantes y probó el picaporte. Cerrado.

—¿Llave?

Tomás sacó su llavero.

—No sé si la mía sigue funcionando. Doña Aurora cambió algunas cerraduras.

La llave entró. No giró.

—Naturalmente —dije—. Mi abuela no deja ni a los fantasmas sin control de acceso.

El agente probó con una herramienta. No tardó mucho en abrir. El clic fue pequeño, pero el sonido tuvo algo íntimo. Como si no estuviéramos entrando en una habitación, sino en la vida de alguien que no había podido salir.

El cuarto de Jacinta olía a cerrado, a tela vieja y a lavanda seca.

No era una habitación lujosa, al menos no comparada con otras zonas de la casa.

Había una cama estrecha con colcha blanca, un escritorio junto a la ventana, una cómoda, un espejo ovalado y varias cajas apiladas junto a la pared.

Sobre una silla descansaba un vestido azul cubierto por una funda transparente.

Todo estaba limpio, demasiado limpio para una habitación olvidada.

Aurora no la había vaciado, pero tampoco la había dejado morir del todo.

La había conservado como se conserva una prueba que una no se atreve a quemar.

Martina entró detrás de mí y se abrazó a sí misma.

—Qué mal rollo.

—Gracias. Pensé que igual era yo, que vengo sensible.