Capítulo 17 #2
—Señor Montero —dijo—, en la grabación usted dice “está vivo”. Después se oye a una mujer ordenar que procure que deje de estarlo antes de bajarlo. Luego usted aparece en el vestíbulo con todos, sin mencionar nada. Y ahora acusa a Clara.
Ramiro estaba pálido.
—Porque fue ella quien estaba allí.
—Eso no responde a quién dio la orden.
—Era su voz.
Mi madre negó.
—No.
—Clara, basta.
—No fui yo.
—Dijiste que había que acabar con Julián.
—Dije que había que acabar con Julián de una vez. Con sus mentiras. Con sus amenazas. No con su vida.
La frase quedó suspendida.
Era una diferencia enorme.
Y, a la vez, peligrosísima.
Vega la anotó.
—¿Puede que la grabación haya registrado solo parte de esa frase?
Clara asintió con desesperación contenida.
—Sí. No lo sé. Todo fue confuso.
—Pero reconoce haber dicho algo similar.
—Reconozco haber dicho que había que acabar con él. No matarlo. Acabar con lo que estaba haciendo.
Ramiro soltó una risa amarga.
—Qué conveniente.
Mi madre lo miró como no la había visto mirar a nadie.
—Tú sabes quién estaba detrás de la puerta.
Ramiro se quedó inmóvil.
—No.
—Sí.
—No la vi.
—Pero la reconociste.
Vega dio un paso hacia él.
—¿A quién?
Ramiro apretó la mandíbula.
—No sé de qué habla.
Clara se giró hacia la sargento.
—Cuando esa mujer dijo que Julián tenía que dejar de estar vivo, Ramiro no preguntó quién era. No se sorprendió. Solo dijo que eso no estaba acordado.
La frase cayó como una piedra.
Eso no estaba acordado.
No “¿quién eres?”. No “¿qué haces?”. No “estás loca”.
Eso no estaba acordado.
Un acuerdo.
Otra vez.
En aquella familia todo parecía empezar con un acuerdo y terminar con alguien en el suelo.
Vega miró a Ramiro.
—¿Qué estaba acordado?
—Nada.
—Señor Montero.
—Nada.
—Está a punto de necesitar algo más que un abogado.
Ramiro miró a Aurora.
Otra vez.
Y ahí, de pronto, todo el salón pareció recordar que mi abuela seguía allí.
Aurora no había dicho una palabra desde la acusación contra mi madre. Seguía sentada en la butaca, con una mano sobre el bastón y la otra apoyada en el brazo del asiento. Su rostro estaba quieto. Demasiado quieto.
Yo la miré.
Ella me devolvió la mirada.
Sentí un frío raro.
No porque creyera que Aurora hubiera subido a la galería, golpeado a Daniel, drogado a Julián, movido cuerpos y colocado copas. Tenía ochenta y cinco años. No era imposible, pero sí poco práctico. Aurora no necesitaba hacer esas cosas con sus propias manos.
Aurora mandaba.
O había mandado toda su vida.
—Abuela —dije.
Mi madre me agarró la muñeca.
—Inés.
Pero ya era tarde.
—¿Dónde estabas cuando Julián estaba en la galería?
Aurora me miró como si yo siguiera siendo una niña que corría dentro de casa.
—En el comedor.
—Nadie puede confirmarlo.
—¿Me estás acusando?
—Estoy practicando. Parece que hoy toca.
Vega intervino.
—Señora Aurora, ya que ha salido el tema, necesito que responda.
—Ya respondí.
—Responderá otra vez.
Aurora la miró.
—Estaba en el comedor.
Martina habló entonces.
—No todo el tiempo.
Todos la miramos.
Álvaro abrió mucho los ojos.
—Martina.
Ella no lo miró.
—Saliste después de Clara.
Aurora permaneció inmóvil.
—Fui a mi dormitorio.
—No —dijo Martina—. Fuiste hacia el ala vieja.
—¿La vio? —preguntó Vega.
Martina asintió.
—Sí. Yo había salido al pasillo, después de que Inés fuera a buscar a Clara. Vi a Aurora cruzar hacia el corredor lateral. Pensé que iba a descansar o a buscar algo. No le di importancia.
—¿Por qué no lo dijo antes?
Martina apretó los labios.
—Porque era mi abuela.
La respuesta fue sencilla. Y terrible. En aquella casa, “era mi abuela”, “era mi hermano”, “era mi madre”, “era mi hijo” habían servido durante años como coartadas emocionales. Nadie protegía a nadie del dolor. Protegíamos el vínculo, aunque el vínculo estuviera podrido.
Vega miró a Aurora.
—Usted omitió ese desplazamiento.
—Fui a mi dormitorio.
—Martina dice que fue hacia el ala vieja.
—Martina se equivoca.
—No —dijo Martina.
Fue muy seco.
Álvaro se hundió un poco más en el sillón. Beatriz lloraba otra vez. Alicia miraba a Aurora como si estuviera empezando a verla de verdad por primera vez, y no le gustara nada.
Molina entró desde el pasillo con una bolsa nueva.
—Sargento.
Vega se volvió.
—¿Qué hay?
—En el dormitorio de la señora Aurora hemos encontrado un pastillero. Faltan varios comprimidos. Coinciden en principio con el ansiolítico del blíster encontrado en el despacho, aunque habrá que confirmarlo.
Aurora no se movió.
Mi madre dejó de respirar un segundo.
Yo la miré.
—Abuela.
Aurora sostuvo mi mirada.
—Muchas personas mayores toman medicación para dormir.
—Sí —dije—. Algunas incluso se la toman ellas mismas. Muy moderno.
Vega cogió la bolsa.
—¿Por qué estaba el blíster vacío en el baño del despacho de Julián?
—No lo sé.
—¿Le dio usted ansiolíticos a su hijo?
—No.
—¿Alguien pudo cogerlos de su dormitorio?
—Sí.
—¿Quién?
Aurora miró lentamente a mi madre.
Y ahí entendí lo que iba a hacer antes de que lo hiciera.
—Clara estuvo en mi habitación esta tarde —dijo.
Mi madre se quedó blanca.
—Eso es mentira.
—Subiste a dejar mi regalo sobre la cómoda.
—Fui con Alicia.
Alicia levantó la cabeza.
—Sí. Fue conmigo.
Aurora la miró.
—Después volviste.
—No —dijo Clara.
—Te vio Lidia.
Todos miramos a Lidia.
La chica estaba junto a la puerta del comedor, cada vez más pequeña.
—Lidia —dijo Vega.
Lidia abrió la boca, pero no salió nada.
Aurora no apartó los ojos de ella.
—Di lo que viste.
Lidia tragó saliva.
—Vi a la señora Clara subir la escalera.
—¿Hacia mi dormitorio? —preguntó Aurora.
—Hacia el pasillo de arriba.
—¿A qué hora? —preguntó Vega.
—Antes de la cena. Cuando estaban llegando todos.
Mi madre negó.
—Subí al baño. Me manché el vestido con agua en el coche.
—No entraste en mi dormitorio —dijo Aurora—. Qué casualidad.
Vega miró a Clara.
—¿Puede alguien confirmarlo?
—No —dijo mi madre.
La palabra cayó como una piedra pequeña más en un pozo que ya estaba lleno.
Aurora se volvió hacia la sargento.
—Mi hija tenía motivos. Julián iba a revelar la verdad sobre Andrés. Temía que Inés sufriera. Lo ha admitido. Estuvo en la galería. Pidió las páginas. Dijo que había que acabar con Julián.
—No —dije.
Aurora siguió sin mirarme.
—Y ahora intenta construir una sombra detrás de una puerta para arrastrar a todos con ella.
—No —repetí.
Esta vez más bajo.
Mi madre me miró.
—Inés.
No sabía qué decirle.
Quería defenderla. Quería hacerlo con uñas, dientes, sarcasmo y todo lo que tuviera. Pero los datos empezaban a rodearla de una forma fea: el jardín, la tierra en las manos, la mentira sobre la galería, las páginas, la frase, el ansiolítico, el pasillo.
Vega se acercó a Clara.
—Señora Valcárcel, necesito que venga conmigo.
—¿Está detenida? —pregunté.
La sargento me miró.
—De momento, va a declarar formalmente en una habitación aparte.
—Eso no responde.
—Responde lo suficiente.
—No.
Mi madre me tocó la cara.
Fue un gesto tan inesperado que me calló.
Tenía la mano fría.
—No pasa nada.
Me reí. Sin humor. Sin aire.
—Mamá, esta noche “no pasa nada” ya no sirve ni como chiste.
—Lo sé.
—Dime que no fuiste tú.
Me miró a los ojos.
Por fin.
—No maté a Julián.
Quise que esa frase fuera bastante.
Quise que me sostuviera.
Quise ser la clase de hija que cree sin fisuras.
Pero una parte de mí, la parte que había nacido en esa casa aunque yo la odiara, sabía que en la familia Valcárcel la verdad siempre venía incompleta.
Vega se llevó a mi madre hacia la salita.
Antes de entrar, Clara se detuvo y se volvió hacia mí.
—Inés.
—¿Qué?
—Pase lo que pase, busca la cinta de Jacinta.
—¿La cinta?
—No escuches solo a los vivos.
Después entró.
Y la puerta se cerró entre nosotras.
Me quedé en medio del salón, rodeada de una familia que ya no sabía si llorar, mentir o esperar turno.
Aurora seguía en su butaca.
Ramiro seguía pálido.
Alicia me miraba con pena.
Y yo, por primera vez en toda la noche, no tuve un chiste a mano.
Solo una certeza amarga, pequeña, insoportable.
Mi madre no me lo había contado todo.
Pero alguien estaba intentando que cargara con todo.