Capítulo 17
Ramiro señaló a mi madre.
Y durante un segundo no pasó nada.
No porque no fuera grave. Precisamente porque lo era.
La habitación entera pareció necesitar un momento para entender que aquello acababa de ocurrir de verdad, que Ramiro Montero, abogado de la familia, hombre de trajes impecables y culpas bien planchadas, acababa de apuntar con el dedo a Clara Valcárcel y decir que la mujer de la grabación era ella.
Mi madre no se movió.
Eso fue lo que más miedo me dio.
Si hubiera gritado, si hubiera negado, si hubiera dado un paso atrás o se hubiera llevado una mano al pecho, yo habría tenido algo a lo que agarrarme. Una reacción. Una injusticia evidente. Una señal de que aquello era absurdo.
Pero Clara se quedó quieta.
Quietísima.
Como si la acusación no la hubiera sorprendido, sino alcanzado.
—No —dije.
Fue una palabra ridícula. Pequeña. Una palabra de niña. No. Como si con eso bastara para apartar la mano de Ramiro, la grabación, la frase, todo.
Ramiro bajó el brazo despacio.
—Clara estaba allí.
—Cállate —dije.
—Inés...
—He dicho que te calles.
La sargento Vega dio un paso hacia mí.
—Inés.
—No. No me hagas eso ahora.
—No estoy haciéndote nada. Estoy investigando.
—Pues investiga a quien lleva treinta años cobrando por tapar cadáveres familiares.
Ramiro respiró hondo.
—Yo no maté a Julián.
—No. Solo ayudaste a bajarlo. Muy tranquilizador. Igual te dan puntos por logística.
—Basta —dijo Vega.
Esta vez sí había dureza en su voz.
Me callé, pero por dentro seguí hablando. A veces el cuerpo obedece antes que el orgullo. No porque quiera, sino porque entiende que la realidad ya ha empezado a perder la paciencia.
La sargento se volvió hacia mi madre.
—Clara Valcárcel. ¿Estuvo usted en la galería del piano esta noche?
Mi madre levantó la vista.
Tardó demasiado.
—Sí.
La palabra me golpeó tan fuerte que casi di un paso atrás.
—Mamá.
No me miró.
—Estuve allí.
Alicia soltó un sonido ahogado. Beatriz empezó a llorar otra vez, pero con menos fuerza, como si hasta sus lágrimas estuvieran agotadas.
Martina me miró con pena, y eso me enfadó más que cualquier acusación.
Álvaro se quedó de pie junto al sillón, con la boca entreabierta.
Aurora observaba a Clara con una expresión que no entendí.
No era sorpresa. No era dolor. Era cálculo. Otra vez.
Siempre cálculo.
Vega no se movió.
—Antes declaró que estaba en el jardín.
—Lo estaba.
—Y omitió que luego subió a la galería.
—Sí.
—¿Por qué?
Mi madre cerró los ojos un segundo.
—Porque sabía cómo iba a parecer.
—Normalmente las cosas parecen de cierta manera por motivos bastante concretos.
—No maté a Julián.
La frase salió clara.
Demasiado clara.
Yo quise creerla con todas mis fuerzas, pero había algo horrible en necesitar quererlo.
—Explique qué hizo —dijo Vega.
Mi madre miró hacia el vestíbulo. Desde allí ya no se veía el cuerpo, pero su ausencia ocupaba más que su presencia. Luego miró a Ramiro.
—Oí una puerta mientras estaba en el jardín. La puerta de servicio del ala este. Me pareció raro. Volví a entrar por la terraza lateral y vi luz arriba.
—¿La luz del rellano? —pregunté.
Asintió.
—Subí por la escalera trasera. No quería volver al comedor. No quería ver a Julián. Pero oí voces en la galería.
—¿Qué voces?
—La de Julián. La de un hombre que no reconocí al principio. Daniel. Y otra voz.
—¿De mujer? —preguntó Vega.
—Sí.
—¿Quién?
Mi madre tragó saliva.
—No lo sé.
Ramiro soltó una risa breve.
—Clara, por favor.
Ella se volvió hacia él.
—No digas mi nombre.
Fue una frase baja, pero cortó más que si hubiera gritado.
Ramiro apretó la mandíbula.
—Tú estabas allí.
—Sí. Pero no sola.
—Fuiste tú quien pidió las páginas.
—Sí.
El suelo volvió a moverse bajo mis pies.
—¿Qué?
Mi madre me miró entonces. Por fin.
Y no vi culpa en su cara.
Vi miedo.
No miedo a la Guardia Civil. No miedo a Ramiro. Miedo a mí. A lo que yo pudiera pensar de ella. A perderme en el mismo sitio donde, durante años, había intentado protegerme mal.
—Pedí las páginas —dijo—. No para destruirlas. Para que Julián no se las quedara.
Vega tomó nota.
—¿Llegó a entrar en la galería?
—Sí.
—¿Qué vio?
Clara respiró hondo.
—Daniel estaba junto al piano. Julián estaba cerca de la ventana, muy alterado. Sudaba. Tenía una copa o un vaso en la mano, no lo recuerdo bien. Había papeles sobre el piano. Ramiro estaba en la puerta lateral.
—¿Ramiro estaba allí?
—Sí.
Ramiro negó con la cabeza.
—Eso es mentira.
—Tú me viste —dijo mi madre—. Me dijiste que me fuera.
—Porque no tenías que estar allí.
—Nadie tenía que estar allí.
Vega levantó una mano para cortar el cruce.
—¿Y la otra mujer?
Mi madre se quedó callada.
—Clara —dijo la sargento—. Ha dicho que oyó otra voz.
—La oí antes de entrar.
—¿Y cuando entró?
—No la vi.
—¿Había alguna salida?
Tomás respondió desde la puerta, con voz apagada.
—La galería tiene una puerta lateral que comunica con el pasillo del ala vieja. De ahí se puede bajar por la escalera de servicio o ir hacia los cuartos cerrados.
—¿Quién conoce esa salida? —preguntó Vega.
Tomás miró a todos.
—La familia. Y cualquiera que haya trabajado aquí un tiempo.
—Muy concreto —murmuré.
Nadie me siguió.
Vega volvió a mi madre.
—¿Qué ocurrió cuando entró?
Clara se abrazó a sí misma.
—Daniel discutía con Julián. Le decía que quería que Alicia supiera la verdad. Que quería que todo saliera. Julián se estaba poniendo nervioso. No por Daniel. Por los papeles. Por lo que había en ellos. Me acerqué al piano y vi la letra de Andrés.
Se le rompió un poco la voz al decir el nombre.
—Intenté coger las páginas. Julián me sujetó la muñeca. Daniel se interpuso. Ramiro cerró la puerta.
—¿Y entonces?
—Julián bebió agua. No vino. Agua. Del vaso que tenía en la mano.
Vega anotó algo.
—¿Quién le dio ese vaso?
—No lo sé. Ya lo tenía cuando entré.
—¿Vio el blíster de ansiolíticos?
—No.
—¿Vio a alguien echar algo en el vaso?
—No.
—¿Cuándo empezó a encontrarse mal Julián?
—Casi enseguida. Se apoyó en el piano. Dijo lo de la dosis. Yo no entendí a qué se refería. Daniel intentó grabar. Julián le quitó el móvil o se lo tiró. Hubo un forcejeo.
—¿Quién golpeó a Daniel?
Mi madre bajó la mirada.
—No lo vi.
Ramiro volvió a hablar.
—Lo golpeó ella.
Clara lo miró con una calma que me impresionó.
—No.
—Yo te vi.
—Tú estabas detrás de él.
Ramiro se quedó callado.
Un segundo.
Solo uno.
Pero Vega lo atrapó.
—¿Detrás de Daniel?
Ramiro apretó los labios.
—No. Quiero decir...
—Quiere decir que acaba de situarse usted muy cerca de donde Daniel recibió el golpe.
—Estaba confundido. Fue todo muy rápido.
—Esta familia debería cobrar derechos por esa frase —dije.
Vega me miró.
—Último aviso.
Asentí. Me lo merecía un poco.
Mi madre continuó.
—Daniel cayó. No sé si perdió el conocimiento en ese momento o después. Julián también cayó contra el piano. No estaba bien. Yo quise llamar a alguien, pero Ramiro me dijo que no. Que si aquello salía así, todos íbamos a hundirnos.
—¿Y usted no llamó? —preguntó Vega.
Mi madre cerró los ojos.
—No.
Me dolió.
No tanto como lo anterior. De otra forma. Más honda. Porque ahí no había misterio, no había conspiración ni familia antigua que culpar. Ahí estaba mi madre, una mujer viva, con un teléfono quizá cerca, con una decisión delante. Y eligió no llamar.
—¿Por qué? —pregunté.
No pude evitarlo.
Ella me miró.
—Porque pensé en ti.
—No.
La palabra salió antes de que pudiera detenerla.
—Inés...
—No digas eso.
—Pensé que si aparecía tu nombre, el de Andrés, el cuaderno, todo... Te iban a destrozar otra vez.
—Yo no estaba en la galería.
—Pero todo llevaba a tu padre. A ti. A nosotras.
—¿Y por eso dejaste a Julián ahí?
—Julián seguía vivo.
—Eso no mejora nada.
Mi madre bajó la mirada.
—Lo sé.
Aquello fue lo peor. Que lo supiera. Que no intentara limpiarlo. Que no me diera una excusa bonita para odiarla con orden.
Vega tomó el control de nuevo.
—¿Quién dijo “procura que deje de estarlo antes de que baje”?
Mi madre levantó la cabeza.
—No fui yo.
—En la grabación parece una voz de mujer.
—No fui yo.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—¿Estaba usted allí cuando se dijo?
Clara dudó.
—Sí.
Ramiro soltó aire.
—Por Dios, Clara.
Ella lo miró.
—No fui yo.
—Pero no lo impediste —dijo él.
La frase fue sucia. No porque fuera falsa. Porque venía de alguien que tampoco había impedido nada.
—Tú ayudaste a moverlo —respondió mi madre.
—Porque tú lo pediste.
—Yo pedí que bajáramos a Daniel.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué? —preguntó Vega.
Mi madre se volvió hacia ella.
—Daniel estaba inconsciente. O casi. Julián seguía respirando, pero estaba en el suelo. Yo quería sacar a Daniel de allí antes de que llegara alguien de la familia. Pensé que podían culparlo de todo. Ramiro dijo que había que apartarlo. Que si lo encontraban junto a Julián, nadie creería otra cosa.
—¿Y lo bajaron al invernadero?
—No. Yo no bajé al invernadero.
—¿Quién lo hizo?
—Ramiro y otra persona.
—¿Qué otra persona?
Mi madre tragó saliva.
—No la vi.
—Clara.
—No la vi. Estaba en la sombra, en el pasillo lateral. Llevaba guantes oscuros. O eso creo.
Vega no parecía convencida.
Yo tampoco.
Y eso me mataba.
—¿Por qué no llamó a emergencias en ese momento? —preguntó la sargento.
—Porque Ramiro dijo que Julián despertaría. Que solo estaba aturdido. Que el golpe de Daniel era lo urgente. Que si llamábamos con los papeles allí, con Julián drogado, con Daniel entrando por la verja, todo iba a parecer un ataque.
—Lo era —dije.
Mi madre me miró.
—Yo no sabía que Julián iba a morir.
—Pero alguien sí —dijo Vega.
Ramiro levantó las manos.
—Yo no. Yo no quería que muriera. Julián valía más vivo que muerto.
—Qué frase tan conmovedora —murmuré.
Esta vez Vega no me miró. Quizá porque ella también lo había pensado.