Todo Queda en Familia Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Después de lo de Alicia. Encontró referencias en documentos viejos. Habló con Lucía. Empezó a atar cosas.

—Y por eso le cargasteis lo del dinero.

—No fui yo.

—No lo impediste.

Aurora bajó la vista.

Aquello fue casi una confesión más.

—Julián lo organizó —dijo—. Ramiro ayudó. Mi padre ya había muerto, pero sus negocios seguían vivos. Había que proteger la estructura.

—La estructura —repitió mi madre—. Mi marido murió señalado como ladrón para proteger una estructura.

—Andrés también firmó.

—Bajo presión.

—Firmó.

—Para salvar a Alicia.

Alicia se echó a llorar otra vez, pero esta vez no sonó molesta. Sonó rota.

Aurora no respondió.

Vega miró a Ramiro.

—¿Tiene algo que añadir?

—No sin mi abogado.

—Pensaba que era usted.

—No para mí mismo.

—Qué decepción —dije—. Yo esperaba ver un duelo legal contra el espejo.

Ramiro ni me miró. Se había quedado pálido. Ya no fingía tanto. O quizá estaba reservando energía para sobrevivir judicialmente a tres décadas de favores.

Desde fuera llegó el ruido de otra radio. Molina entró empapado, con el rostro serio.

—Sargento, han localizado una cavidad detrás del muro de hiedra. Además de los restos y la lata, había una bolsa de plástico más reciente.

Aurora levantó la cabeza.

—¿Qué bolsa?

Molina miró a Vega.

—Dentro estaba el móvil de Julián.

La habitación se tensó.

—¿Funciona? —preguntó la sargento.

—Está mojado, pero arranca. Tiene la pantalla dañada. Hay llamadas recientes y varios audios. Uno grabado esta noche.

Ramiro se agarró al respaldo de una silla.

Álvaro murmuró algo.

Alicia dejó de llorar.

Yo sentí que la noche, que ya parecía no poder abrir más puertas, acababa de encontrar otra escondida detrás de la hiedra.

—¿Grabado por Julián? —preguntó Vega.

—Sí. A las veintidós veintinueve.

Daniel había dicho que intentó grabar, pero Julián le quitó el móvil. Julián también grababa. Naturalmente. En esa familia nadie confiaba en nadie, pero todos parecían tener buena cobertura cuando tocaba destruir al prójimo.

—Reprodúzcalo —dijo Vega.

—Sargento —intervino Ramiro—, quizá deberíamos esperar a que...

—Reprodúzcalo —repitió ella.

Molina colocó el móvil sobre la mesa, dentro de una bolsa abierta para no manipularlo más de lo necesario. El altavoz sonó mal al principio: estática, roce, un golpe breve. Luego apareció una voz.

La de Julián.

Más baja de lo habitual. Más espesa.

—...no vas a hacer esto aquí.

Otra voz respondió. Masculina. Más joven. Daniel.

—Lo voy a hacer donde empezó.

Se oyó un ruido, como papeles moviéndose.

Julián respiraba raro.

—No sabes con quién estás jugando.

—Sí lo sé. Con los que decidieron mi vida antes de que yo pudiera hablar.

Otra voz. De mujer.

Distorsionada por la distancia, pero clara.

—Dame las páginas.

Todos dejamos de respirar.

Daniel en la grabación dijo:

—No.

Julián soltó una risa débil.

—Siempre igual. Todos creen que traen una verdad y acaban pidiendo precio.

La mujer habló de nuevo.

—Julián, si esto sale, nos hunde a todos.

No pude identificarla.

Y eso fue lo peor.

Porque parecía una voz conocida y no conocida a la vez. Como si la casa la hubiera tragado y devuelto con polvo.

Daniel dijo:

—¿Quién eres?

La mujer no respondió.

Se oyó un golpe de cristal. Quizá una copa contra el piano. Julián tosió.

—Te has pasado —dijo él—. No era necesario.

La frase coincidía con lo que Daniel había contado.

La mujer bajó la voz.

—Cállate.

Entonces hubo un ruido seco.

Un golpe.

Daniel gimió. Algo cayó al suelo. Papeles. Pasos rápidos.

Julián respiró con dificultad.

—No... por la principal no...

La voz femenina, más cerca del móvil, dijo:

—Ayúdame.

Otra voz respondió.

Y esa sí la reconocimos todos.

Ramiro.

—Está vivo.

La mujer contestó:

—Pues procura que deje de estarlo antes de que baje.

Alicia soltó un grito.

Mi madre se llevó las manos a la boca.

Ramiro dio un paso atrás.

Vega levantó la vista hacia él.

—Señor Montero.

Él negó con la cabeza.

—No.

La grabación siguió.

Se oyeron más pasos. Un arrastre. La respiración de Julián. Una frase casi ininteligible de Daniel, quizá intentando moverse. Luego Ramiro, con voz temblorosa:

—Esto no estaba acordado.

Y la mujer, muy baja, pero ahora más clara:

—Nunca lo está. Luego simplemente se arregla.

La grabación terminó con un golpe más fuerte y un sonido largo, como algo pesado siendo arrastrado sobre madera.

Nadie dijo nada.

Ni siquiera yo.

Vega se acercó a Ramiro.

—Queda detenido como mínimo por su participación en la manipulación de la escena y por no haber auxiliado a la víctima.

Ramiro levantó las manos.

—Yo no lo maté.

—Eso lo veremos.

—Yo no lo maté —repitió—. Yo solo ayudé a bajarlo.

La frase quedó suspendida en la habitación como una cuerda.

Yo solo ayudé a bajarlo.

El mensaje anónimo era verdad.

Julián no cayó.

Lo bajaron.

Pero aún faltaba lo peor.

La mujer de la grabación.

La que había pedido las páginas.

La que había dicho que Julián tenía que dejar de estar vivo antes de bajar.

La que había usado aquella frase terrible, tan de familia, tan de casa, tan de todos nosotros:

Luego simplemente se arregla.

Vega miró a Ramiro.

—¿Quién era la mujer?

Ramiro cerró los ojos.

Por un segundo pensé que no lo diría.

Entonces habló.

—No voy a cargar con esto solo.

Aurora se puso en pie.

Mi madre se quedó inmóvil.

Alicia miró a una, luego a otra.

Yo sentí que el estómago se me llenaba de frío.

Ramiro abrió los ojos y señaló hacia el salón.

No a Aurora.

No a Alicia.

No a Beatriz.

No a Elena.

A mi madre.

—Fue Clara.