Todo Queda en Familia Capítulo 22 #2
66%

Capítulo 22 #2

Alicia miró la página como si acabara de perder y recuperar la casa en la misma frase.

Vega continuó:

—“Si la verdad sale, la casa deberá pasar a quienes esta familia intentó borrar: al hijo de Alicia y a la hija de Andrés. No por sangre limpia, porque eso no existe, sino porque quizá ellos, al no haber sido educados para obedecer a la casa, puedan decidir qué hacer con ella sin seguir alimentándola.”

La habitación se quedó sin sonido.

O quizá fui yo.

Quizá dejé de oír.

La hija de Andrés.

Yo.

El hijo de Alicia.

Daniel.

Miré a Daniel. Él no me miraba. Tenía los ojos cerrados, la mandíbula tensa.

—No —dije.

Fue lo primero que me salió.

Alicia me miró.

—Inés...

—No. No, no, no. Yo no quiero esa casa.

Daniel abrió los ojos.

—Yo tampoco.

—Pues estupendo. Ya tenemos algo en común, además del trauma inmobiliario.

Vega bajó la página.

—Esto no determina automáticamente nada legalmente. Tendrá que revisarse, y la caja tres será clave. Pero explica mucho.

—Explica por qué Julián quería cambiar el testamento —dijo Daniel.

La sargento lo miró.

—Hable.

Daniel respiró con dificultad.

—Julián me enseñó un documento esta noche.

No todo, pero vi lo suficiente. Había firmado algo.

Una declaración y un nuevo reparto. Decía que iba a dejar fuera a casi todos y reconocer a Alicia, a Clara, a Inés y a mí como afectados directos por lo que la familia había hecho. No lo hacía por justicia.

—¿Por qué lo hacía? —pregunté.

Daniel soltó una risa cansada.

—Por venganza. Porque estaba enfermo.

Alicia levantó la cabeza.

—¿Enfermo?

—Eso me dijo. No sé si era verdad. Dijo que se estaba muriendo y que quería ver cómo la casa se pudría desde dentro antes de hacerlo él.

Julián. Incluso arrepintiéndose, si es que aquello podía llamarse arrepentimiento, seguía eligiendo la forma más venenosa de hacer las cosas.

—¿Qué enfermedad? —preguntó Vega.

—No lo sé. Algo del hígado, creo. O eso dijo. Igual era otra mentira para dar dramatismo. Con él era difícil saber cuándo terminaba la enfermedad y empezaba el personaje.

Casi sonreí.

Era una frase demasiado buena para alguien con una venda en la cabeza.

—¿Ramiro sabía lo del documento firmado? —preguntó Vega.

—Sí. No quería que Julián lo firmara. Decía que era una locura, que iba a hundirlos a todos.

—¿Beatriz lo sabía?

Daniel dudó.

—No al principio. Pero lo oyó en la galería.

Ahí estaba.

Beatriz no había actuado solo por Álvaro. O no solo. Había descubierto que Julián no pensaba únicamente denunciar a su hijo. Pensaba dejarla fuera de todo, quizá dejar a sus hijos sin esa herencia que ella había convertido en salvación.

Una madre hace lo que tiene que hacer.

No.

Una madre, a veces, hace lo que le enseñaron a llamar amor cuando en realidad es miedo.

Vega guardó la página con cuidado.

—Esta hoja queda incorporada a la investigación. Y pediremos de inmediato acceso a la caja tres.

Daniel asintió.

—No quiero la casa.

Alicia lo miró.

—Daniel...

—No. No empieces con que es lo que me corresponde. No quiero vivir en una herencia hecha de huesos.

—Nadie ha dicho eso.

—Lo vas a decir. O alguien lo dirá.

Yo respiré hondo.

—Yo tampoco la quiero.

Daniel me miró.

—¿Entonces qué hacemos?

La pregunta era absurda. Éramos dos desconocidos, unidos por un cuaderno, un muerto, una casa cubierta de hiedra y varias generaciones de decisiones espantosas. Pero de pronto parecía una pregunta real. No legal. No patrimonial. Real.

—Quemarla queda mal con la Guardia Civil delante —dije.

Vega, desde la puerta, me miró.

—Bastante mal.

—Entonces habrá que pensar otra cosa.

Alicia se acercó un paso a Daniel. Solo uno. Esta vez él no le dijo que parara.

—Yo no voy a pedirte nada —dijo ella—. Ni perdón, ni tiempo, ni una conversación que no quieras darme. Pero si algún día decides odiarme menos de cerca, estaré.

Daniel la miró.

—No sé si puedo.

—Yo tampoco sé si sabría ser madre de alguien que ya aprendió a vivir sin mí.

La frase le hizo daño a los dos.

Se notó.

Pero ninguno apartó la vista.

—Entonces no lo llames madre —dije.

Me miraron.

—Perdón. Ya sé que nadie me ha invitado a este desastre emocional, pero estoy aquí y no tengo móvil. Llámalo empezar por tomar un café. O por no salir corriendo. O por lo que sea. Pero no intentéis meter treinta y cuatro años en una palabra porque se os va a romper encima.

Alicia me miró con una mezcla de sorpresa y gratitud.

Daniel soltó aire despacio.

—Un café suena menos ridículo.

—Mira. Algo vamos arreglando.

Vega recibió una llamada. Se apartó un poco, escuchó y su expresión cambió apenas.

—Entendido —dijo. Luego colgó y nos miró—. Han localizado a Enrique Soler. Está vivo, consciente y bastante asustado para alguien que supuestamente no sabe nada.

—Qué prometedor —dije.

—También han confirmado que existe una caja de seguridad número tres a nombre de Julián Valcárcel y Andrés Valcárcel, con acceso condicionado.

Sentí que la página seguía ardiendo dentro de la bolsa.

—¿Condicionado a qué?

Vega me miró.

—A la presencia de dos testigos designados.

—No me digas.

—Inés Valcárcel y Mateo Salas.

Daniel cerró los ojos.

Alicia se llevó una mano a la boca.

Yo miré a la sargento.

—¿Mateo o Daniel?

—En el documento figura Mateo Salas Valcárcel.

Daniel abrió los ojos.

—Yo no me llamo así.

—Legalmente quizá no —dijo Vega—. Pero alguien dejó ese nombre escrito.

Y ahí, en una habitación blanca de hospital, con Alicia temblando a mi lado y Daniel pálido sobre la camilla, entendí que la noche aún no había terminado.

Julián había muerto.

Beatriz había confesado.

Aurora había caído.

Ramiro estaba cercado.

Pero mi padre y mi tío todavía tenían una última puerta cerrada esperando en un banco.

Y, por alguna razón que empezaba a parecerme una broma pésima del destino, una de las llaves llevaba mi nombre.