Todo Queda en Familia Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Alicia me fulminó, pero sin energía. Se le estaban acumulando demasiadas tragedias para gestionarlas todas con elegancia.

Vega anotó la cifra.

—¿A quién?

Álvaro se quedó callado.

—Señor Valcárcel.

—A gente.

—Eso no es una respuesta.

—A prestamistas.

—¿Legales?

Álvaro se rió sin humor.

—No demasiado.

Martina cerró los ojos.

—Eres idiota.

—Ya me lo has dicho.

—Es que cada vez traes una prueba nueva.

Vega siguió.

—¿Julián lo sabía?

—Sí.

—¿Y amenazó con denunciarlo por falsificar su firma?

—Sí.

—¿Ramiro también lo sabía?

Álvaro miró hacia el pasillo por donde se había ido el abogado.

—Sí.

—¿Aurora?

—Supongo.

Aurora habló desde su butaca.

—No supongas por mí.

—Lo sabías, abuela.

—Sabía que eras un irresponsable. Eso no requería investigación.

—Sabías lo del préstamo.

Aurora guardó silencio.

Otra confirmación sin palabras. La familia Valcárcel debería haber patentado el método.

Vega miró a Aurora.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Porque las deudas de Álvaro no mataron a Julián.

—Quizá ayudaron a abrirle la puerta a quien lo hizo.

Álvaro bajó la cabeza.

Aurora no contestó.

Desde el pasillo volvió Ramiro, acompañado por Molina. Su expresión era más rígida que antes.

—No hemos encontrado la botella —dijo el agente—. El señor Montero no ha podido identificar cuál usó.

—Porque no estaba —respondió Ramiro—. Alguien la habrá movido.

—Qué mala suerte —dije—. En esta casa las cosas se mueven muchísimo para ser muebles, copas y muertos.

Vega lo miró.

—¿Puede explicar por qué miente sobre la copa?

Ramiro abrió mucho los ojos.

—No miento.

—Ha dado tres versiones. Primero no llevaba copa. Después sí, pero no sabía de qué botella. Ahora la botella no aparece.

—Eso no prueba que mienta.

—No. Solo que cada frase suya necesita muletas.

Ramiro apretó los dientes.

—Julián me pidió vino. Se lo llevé. Punto.

—¿En qué momento Julián bebió agua?

—No lo sé.

—¿Y el ansiolítico?

—Tampoco.

—¿Quién tenía acceso a su medicación?

—No lo sé.

—Señor Montero, empieza a abusar del recurso familiar.

Ramiro respiró hondo.

—Mire, sargento. Julián se sentía mal antes de morir. Eso es cierto. Pero llevaba días alterado. Había recibido amenazas.

La habitación se tensó.

—¿De quién? —preguntó Vega.

Ramiro miró a Elena.

Elena se quedó quieta.

—De Daniel —dijo él.

Alicia se puso en pie.

—Eso es mentira.

—No, Alicia. Es incómodo, pero no mentira. Daniel lo llamó varias veces. Le exigió dinero, documentos, reconocimiento. Julián estaba preocupado.

Elena dio un paso.

—Daniel no le exigió dinero.

—¿Estabas en todas sus llamadas?

Elena cerró la boca.

Ramiro aprovechó el silencio como quien ve una puerta abierta.

—Julián temía que Daniel apareciera esta noche. Por eso me pidió que estuviera aquí. Por eso tenía documentos preparados. Quería negociar.

—¿Negociar? —pregunté—. Julián no negociaba. Ofrecía migajas y cobraba el plato.

Ramiro me ignoró.

—Daniel tenía motivos. Venía con páginas del cuaderno. Venía enfadado. Entró ocultándose por la verja lateral. Y ahora aparece herido cerca del pozo con documentos comprometidos. Quizá deberíamos dejar de buscar monstruos en el pasado y mirar al hombre que estuvo con Julián en la galería.

Alicia estaba pálida de furia.

—No sabes nada de él.

—Sé que estuvo allí.

—También tú.

—Yo estaba en el despacho.

—Según tú —dijo Martina.

Ramiro se volvió hacia ella.

—No empieces tú también.

—Qué curioso que todos nos pidáis que no empecemos justo cuando algo empieza a tener sentido.

Vega levantó una mano.

—Basta.

Y, sorprendentemente, bastó.

La sargento miró a Ramiro.

—¿Tiene pruebas de esas amenazas?

—Julián me enseñó mensajes.

—¿Dónde están?

—En su móvil.

—No hemos encontrado el móvil de Julián.

El silencio fue inmediato.

Yo tardé un segundo en procesarlo.

—¿Cómo que no?

Vega me miró.

—No estaba en su cuerpo. No estaba en el despacho. No ha aparecido en la galería ni en el salón.

—Pero Julián tenía móvil.

—Sí.

—¿Y ha desaparecido?

—Eso parece.

Ramiro también parecía sorprendido, aunque con él una ya no sabía si las emociones eran de uso natural o decorativo.

—Julián siempre llevaba el móvil encima —dijo Tomás.

—¿Siempre? —preguntó Vega.

—Siempre. Hasta en la mesa. Doña Aurora se lo reprochaba.

Mi abuela no negó.

—Si el móvil no está —dije—, alguien se lo quitó.

—Puede que Daniel —dijo Ramiro.

Alicia giró hacia él.

—Vuelve a decir su nombre y te juro que olvido que hubo una época en la que fingíamos respetarte.

Ramiro la miró con sorpresa. Alicia estaba encontrando muchas frases nuevas aquella noche. Algunas, la verdad, bastante buenas.

Vega dio orden de buscar el móvil de Julián en toda la casa, los jardines y la zona del pozo. Después se volvió hacia Elena.

—¿Daniel tenía teléfono cuando lo encontraron?

—No —respondió el agente que lo había acompañado—. Solo las páginas y una navaja pequeña de trabajo.

Alicia se tensó.

—¿Navaja?

—De carpintero —dijo Elena—. La lleva siempre.

—¿Tenía sangre? —preguntó Vega.

—No a simple vista. Está requisada.

La noche seguía sumando objetos como si quisiera abrir una ferretería criminal: bastón, copas, llaves, móvil perdido, navaja, cuaderno, caja, botón. Faltaba que apareciera una pala con iniciales bordadas.

Molina recibió otra llamada desde la finca norte. Su cara cambió.

—Sargento.

Vega fue hacia él.

—¿Qué?

Molina escuchó, asintió, miró hacia Aurora y luego bajó un poco la voz. No lo suficiente.

—Han sacado la lata metálica junto al pozo. Dentro hay documentos muy deteriorados, un colgante y un cassette.

—¿Un cassette? —pregunté.

Beatriz, entre lágrimas, murmuró:

—Madre mía.

No sé si por el hallazgo o porque la tecnología antigua la emocionaba.

—¿Puede reproducirse? —preguntó Vega.

—No lo sabemos. Parece dañado, pero quizá se pueda recuperar.

Aurora se levantó.

—Eso no puede salir de esta casa.

La frase fue un disparo.

Nadie se movió.

Vega se giró despacio hacia ella.

—Acaba de encontrar la forma más rápida de asegurarse de que salga.

Aurora apretó el bastón.

—No sabe lo que contiene.

—Usted sí.

Mi abuela no respondió.

—¿Qué hay en esa cinta? —pregunté.

Aurora me miró. Por primera vez, no vi desprecio en sus ojos.

Vi cansancio.

Y miedo.

—La voz de Jacinta —dijo.

La sala se quedó sin aire.

—¿Jacinta grabó algo? —preguntó mi madre.

Aurora no apartó los ojos de mí.

—Jacinta hablaba demasiado. Como tú.

—Espero que eso le sentara tan mal a la familia como a ti.

—Le costó la vida.

La frase salió antes de que pudiera detenerla.

Y lo supimos.

Todos.

Hasta ella.

Aurora cerró los ojos un segundo, pero ya era tarde. La casa entera acababa de oírla.

Vega se acercó un paso.

—Señora Valcárcel.

Aurora se mantuvo recta, aunque la mano le temblaba sobre el bastón.

—Mi hermana no cayó al pozo por accidente —dijo.

Alicia empezó a llorar de nuevo.

Beatriz susurró una oración.

Mi madre me agarró la mano.

Yo no dije nada.

No porque no tuviera una frase.

Porque, por una vez, ninguna me pareció suficiente.

Aurora abrió los ojos y miró hacia la puerta, hacia la finca norte, hacia un pasado que acababa de entrar embarrado hasta el salón.

—Pero Julián tampoco fue el primero en aprender a empujar.