Capítulo 15
La segunda copa rompió lo poco que quedaba de la primera versión.
Hasta ese momento, si una hacía un esfuerzo generoso —y en mi familia la generosidad siempre había requerido anestesia—, podía imaginar que Julián había bebido, se había mareado, había subido por una escalera que no usaba y se había caído con la elegancia aproximada de un saco caro.
Era una versión mala, llena de agujeros, pero las familias como la mía llevaban generaciones viviendo dentro de versiones peores.
Pero una segunda copa junto al pozo cambiaba las cosas.
Una copa en el vestíbulo podía ser accidente, descuido o teatro.
Dos copas, una arriba y otra en la finca norte, empezaban a parecer un guion.
La sargento Vega sostuvo la bolsa transparente bajo la luz del vestíbulo.
La copa estaba rota por el cáliz, pero conservaba el pie casi entero.
Había barro en el cristal y una mancha oscura en uno de los bordes.
No sabía si era sangre, vino, tierra mojada o la mezcla habitual de cualquier noche Valcárcel: algo sucio presentado en recipiente fino.
—¿Esta copa pertenece a la casa? —preguntó Vega.
Tomás se acercó lo justo para mirar sin tocar.
—Sí.
—¿Está seguro?
—Es del juego antiguo. Cristal tallado. Se usa en cenas importantes.
—¿Cuántas había esta noche?
Tomás cerró los ojos un segundo, haciendo memoria.
—Doce en la mesa. Algunas quedaron en el aparador. Tendría que contarlas.
—Hágalo con un agente.
—Sí, sargento.
Alicia, desde el salón, habló con voz ronca.
—¿Qué significa que haya otra copa?
Vega no respondió de inmediato. Eso me pareció de agradecer. En una casa donde todos habían interpretado la realidad según les convenía, era casi un lujo que alguien no fabricara una respuesta solo para llenar el hueco.
—Significa que alguien llevó una copa de la casa hasta la finca norte —dijo al fin—. O que alguien la trajo de allí. Y significa que la copa del vestíbulo quizá no es la única que importa.
—La copa del vestíbulo era una puesta en escena —dije.
Vega me miró.
—Puede ser.
—Voy a enmarcar ese “puede ser”. Es lo más cerca que he estado de sentirme útil esta noche.
Ramiro, que se había quedado junto a la puerta del despacho, habló con esa voz suya de hombre que intentaba recuperar el control por desgaste.
—También puede significar que alguien ajeno a esta familia entró, cogió una copa, atacó a Julián y después salió hacia la finca norte.
—Qué bien —dije—. El desconocido ya no solo mata. Ahora también pone la mesa.
Ramiro me fulminó.
—Tu sarcasmo no ayuda a esclarecer nada.
—No, pero calienta la habitación.
Vega levantó una mano antes de que la discusión se convirtiera en costumbre.
—Señor Montero, hace unos minutos Álvaro declaró haberle visto saliendo del despacho con una copa de vino. Ahora aparece una segunda copa junto al pozo. Necesito que deje de negar por reflejo y empiece a explicar.
Ramiro se enderezó. Había envejecido en una hora. No mucho, porque la gente como él envejecía con discreción y productos caros, pero algo se le había movido. La seguridad, quizá. O la costumbre de que los demás le dejaran terminar las frases.
—Llevé una copa al despacho de Julián —dijo.
Alicia soltó un pequeño sonido.
—¿Ahora sí?
—Porque me la pidió.
—Antes dijiste que no llevabas ninguna copa —dijo Álvaro.
Ramiro lo miró con desprecio.
—Dije que no llevaba la copa que tú insinuabas.
—Ah, perdón —dije—. La diferencia entre “ninguna copa” y “una copa que no era esa” es muy importante cuando hay muertos cerca.
Vega no sonrió.
—¿Cuándo se la llevó?
—Después de que abandonara el comedor.
—¿Por qué no lo dijo antes?
—Porque no lo consideré relevante.
La frase produjo un cansancio colectivo. Hasta Beatriz dejó de llorar un segundo, quizá por pura saturación.
—Señor Montero —dijo Vega—, esta noche hemos encontrado una copa rota junto a un cadáver, otra copa rota junto a un pozo, restos de ansiolítico, un vaso de agua y un muerto que, según varios indicios, no cayó por accidente. ¿Quiere intentar una respuesta distinta?
Ramiro tragó saliva.
—No quería que se malinterpretara.
—Tarde —murmuré.
—¿Qué contenía esa copa? —preguntó Vega.
—Vino.
—¿Quién lo sirvió?
—Yo.
—¿De qué botella?
Ramiro dudó.
—Del mueble bar del salón.
—¿La llevó al despacho?
—Sí.
—¿Julián la bebió?
—No lo sé.
—¿No estuvo con él?
—Entré, dejé la copa y salí. Julián estaba alterado. Me pidió que esperara fuera.
—¿Estaba solo?
Ramiro miró hacia el suelo.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Lidia ha declarado que oyó a alguien en el baño del despacho.
—Lidia pudo confundirse.
Lidia, que estaba junto al comedor con los brazos cruzados sobre el delantal, levantó la cabeza.
—No me confundí.
Lo dijo sin levantar la voz. Pero lo dijo.
Ramiro ni la miró.
—La casa tiene ruidos.
—Sí —dije—. Últimamente todos hablan.
Vega se acercó a él.
—¿Quién estaba en el baño del despacho?
—Nadie.
—¿Lo comprobó?
—No.
—Entonces no puede saberlo.
—No había nadie.
—Eso no es saber. Eso es insistir.
Ramiro se calló.
Aurora, que hasta entonces había escuchado desde su butaca con una inmovilidad peligrosa, habló al fin.
—Ramiro hizo lo que Julián le pidió. Nada más.
La sargento se giró hacia ella.
—¿Usted cómo lo sabe?
Mi abuela no respondió enseguida.
Y ahí estaba otra vez: ese segundo de más. La casa entera parecía hecha de segundos de más.
—Porque Julián me dijo que quería beber algo —dijo Aurora.
—¿Cuándo?
—Antes de salir del comedor.
—Yo no lo oí —dije.
—No todo se te comunica, Inés.
—Eso ya lo he notado. Casi estoy haciendo un álbum.
Vega tomó nota.
—¿Julián le dijo a usted que quería beber vino?
—Dijo que necesitaba templarse.
—¿Julián usaba esa expresión?
Tomás, que volvía con uno de los agentes desde el comedor, contestó antes que Aurora.
—No.
Mi abuela lo miró.
Tomás no bajó la vista.
—Don Julián no decía “templarse”. Decía “servirse algo” o “necesito un trago”. Pero desde la operación casi nunca bebía vino.
—Gracias —dijo Vega.
Aurora apretó el bastón.
—Tomás lleva muchos años en esta casa, pero eso no lo convierte en intérprete de mi hijo.
—No —dijo él—. Solo en testigo de sus costumbres.
Hubo un silencio extraño.
No porque Tomás hubiera dicho algo grande, sino porque lo había dicho de pie, en medio de todos, sin pedir perdón después. En aquella casa, un empleado hablando así era casi tan escandaloso como un cadáver. Quizá más, porque el cadáver ya no podía repetirlo.
—¿Cuántas copas faltan? —preguntó Vega.
Tomás respiró hondo.
—Dos.
La sargento levantó la vista.
—¿Dos además de las rotas?
—No. Dos en total. La del vestíbulo y la que han encontrado fuera. El resto están en el comedor y el aparador.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Y las botellas?
—Falta una botella de vino tinto del aparador.
—¿Falta?
—Sí.
—¿La misma de la que se sirvió durante la cena?
—No. Esa está en la mesa. La que falta estaba cerrada.
Ramiro parpadeó.
Vega lo vio.
Yo también.
—¿De qué vino hablamos? —pregunté.
Tomás miró a la sargento, no a mí.
—Un Ribera viejo. De la bodega de don Julián. No se había abierto.
—¿Quién tenía acceso al aparador?
Tomás soltó aire.
—Todos los que estaban en el comedor.
—Eso no ayuda.
—No, sargento. Pero es la verdad.
A esas alturas, la verdad se estaba poniendo muy poco considerada con nuestras necesidades narrativas.
Vega pidió que buscaran la botella en la casa y en la zona del pozo. Después volvió hacia Ramiro.
—Usted afirma que sirvió vino del mueble bar del salón. ¿Puede identificar la botella?
—No lo recuerdo.
—¿Era una botella cerrada?
—No lo sé.
—¿No sabe si abrió una botella?
—Estaba nervioso.
—Claro —dije—. Los nervios descorchan solos.
Ramiro se volvió hacia mí.
—¿Tienes intención de comentar cada palabra que digo?
—Solo las peores. Las buenas no han llegado.
Mi madre me rozó el brazo, pero esta vez ni siquiera intentó reprenderme. Creo que empezaba a entender que mi boca era lo menos grave de la noche.
Vega ordenó a Molina que acompañara a Ramiro al mueble bar para identificar la botella. Ramiro protestó. Vega lo miró. Ramiro obedeció. La dinámica ya empezaba a ser familiar y, por una vez, no en el mal sentido.
Cuando salieron, Álvaro se dejó caer en un sillón.
—Esto es una pesadilla.
Martina lo miró.
—No, Álvaro. Una pesadilla es cuando sueñas que llegas desnudo a un examen. Esto es cuando dejas una puerta abierta para que entren a asustar a tu tío y tu tío aparece muerto.
—No quería matarlo.
—Ya lo has dicho.
—Pues parece que nadie me cree.
—Es que suena mejor como frase que como coartada.
Álvaro se cubrió la cara con las manos. Durante un segundo pareció un niño grande, un niño rico y asustado que había jugado con una cosa demasiado pesada. Casi sentí pena por él. Casi. Luego recordé la forma en que había hablado a Lidia y se me pasó bastante.
Vega volvió al salón tras dar otra orden a un agente. Se acercó a Álvaro.
—Vamos a repasar lo de la nota.
Él levantó la cabeza.
—Ya lo he dicho todo.
—Lo dudo.
—La encontré en mi coche.
—¿Dónde exactamente?
—En el asiento del conductor. Debajo del limpiaparabrisas no, dentro. Alguien tuvo que abrir el coche.
—¿Estaba cerrado?
Álvaro dudó.
—No lo sé.
—¿No cierra el coche?
—A veces se queda abierto. Es una finca familiar.
—Una finca familiar donde esta noche todo el mundo parece haber entrado, salido, escondido pruebas y movido cadáveres. Cerrar el coche habría sido una pequeña innovación.
No fui yo.
Fue Vega.
Me sentí orgullosa de ella, aunque no tenía ningún derecho.
—¿Reconoce la letra de la nota? —preguntó la sargento.
—No.
—¿La ha visto antes?
—No.
—¿Por qué hizo caso?
Álvaro se pasó una mano por la cara.
—Porque necesitaba tiempo.
—Para resolver lo del préstamo.
—Sí.
—¿Cuánto debía?
—No mucho.
Martina soltó una risa seca.
—Álvaro.
Él la miró con odio.
—Ciento ochenta mil —dijo.
Alicia se llevó una mano al pecho.
—¿Ciento ochenta mil euros?
—No empieces.
—¿Cómo no voy a empezar? ¡Eso es un piso!
—Depende de dónde —dije.