Todo Queda en Familia Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

El salón volvió a llenarse de esa espera espesa que ya conocíamos. Afuera, los agentes trabajaban bajo la lluvia fina. Dentro, la familia intentaba no mirarse demasiado. Yo me senté junto a mi madre. Tenía la mano fría.

—Jacinta —dije.

Clara asintió.

—No sabía casi nada.

—Pero algo sí.

—Rumores. Frases sueltas. Tu padre una vez dijo que la Casa de las Hiedras no debería llamarse así por la planta, sino por lo que había bajo ella.

—La raíz.

—Sí.

—¿Por qué no me contaste nada de esto?

Me miró.

—Porque no sabía cómo decirle a mi hija que su familia quizá no empezó a pudrirse con la acusación contra su padre. Quizá ya venía podrida de antes.

La frase era triste. Y clara. Y por eso me dejó sin aire un momento.

—Mamá, todas las familias vienen un poco podridas.

—No así.

—No. La nuestra siempre ha tenido ganas de destacar.

Sonrió apenas. Luego la sonrisa se le apagó.

—Tú decías antes que no quieres hijos.

—Lo digo siempre. Vosotros no escucháis porque estáis muy ocupados esperando que cambie de opinión.

—No quiero que cambies de opinión.

La miré.

—¿No?

—No. Quiero que seas feliz. Con hijos, sin hijos, casada, sola, acompañada, lejos de aquí... como sea. Pero feliz de una forma que no tengas que explicarnos.

No esperaba eso.

De hecho, llevaba tantos años esperando lo contrario que la frase me pilló sin defensa.

—Eso ha sonado sospechosamente sano —dije.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde. Ya lo he anotado mentalmente y pienso usarlo contra ti en Navidad.

Mi madre soltó una risa pequeña.

Fue un segundo. Nada más. Pero en medio de aquella noche llena de huesos, mentiras y muertos mal colocados, ese segundo tuvo algo de refugio.

Álvaro rompió el momento acercándose a la mesa con la excusa de mirar las páginas del cuaderno.

—No toques —dijo Martina desde el otro lado.

—No iba a tocar.

—Tienes cara de tocar.

—¿Y eso cómo es?

—La misma que ponías de pequeño antes de romper algo y culpar al perro.

—No teníamos perro.

—Por eso era tan mala excusa.

Vega se acercó al oír la discusión.

—Señor Álvaro, apártese de la mesa.

—Solo quería mirar.

—Mire desde lejos.

—Todo el mundo me trata como si fuera culpable.

—No —dije—. Algunos te tratamos como si fueras Álvaro. Es parecido, pero más antiguo.

Álvaro me lanzó una mirada venenosa.

—No eres tan lista como te crees, Inés.

—Probablemente no. Pero esta noche el listón está en el suelo y aun así algunos tropezáis.

Martina suspiró.

—De verdad, Álvaro. Si sabes algo, dilo.

—No sé nada.

Vega lo observó.

—¿Conocía a Daniel Salas?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Nunca le vio en el pueblo? ¿En la finca de los Alvarado? ¿En la casa de servicio?

Álvaro se encogió de hombros.

—Puede que de vista. No lo sé.

—Antes ha dicho que no.

—No lo conozco. Ver a alguien no es conocerlo.

—Por fin una frase jurídicamente prudente —dije—. Casi te aplaudo.

Vega le pidió que se sentara. Álvaro obedeció con mala cara. Al hacerlo, se le cayó algo del bolsillo de la chaqueta. Un papel pequeño, doblado.

Él intentó recogerlo rápido.

Demasiado rápido.

Molina fue más rápido que él.

—Eso es mío —dijo Álvaro.

—Entonces se lo devolveremos cuando lo revisemos —respondió Vega.

El agente abrió el papel con guantes y lo extendió sobre la mesa.

Era una nota escrita a mano. Pocas palabras.

Si quieres que Julián pague, deja abierta la puerta del muro. 22:00.

Martina se tapó la boca.

Alicia se levantó.

Aurora cerró los ojos.

Vega miró a Álvaro.

—¿Quiere explicarlo?

Álvaro se quedó pálido.

—No es lo que parece.

—Qué maravilla —dije—. La frase oficial de la noche acaba de entrar por la puerta grande.

—Cállate —me soltó.

—No, primo. Ahora creo que te toca hablar a ti.

Vega recogió la nota.

—¿Quién le dio esto?

—No lo sé.

—Álvaro.

—Lo encontré en mi coche.

—¿Cuándo?

—Al llegar.

—¿Y no se le ocurrió mencionarlo?

—Pensé que era una broma.

—Una broma sobre Julián pagando por algo, con una hora y una puerta concreta.

—No sabía lo que iba a pasar.

—Pero dejó abierta la puerta del muro —dijo Martina.

Álvaro se quedó callado.

Eso fue un sí.

Alicia dio un paso hacia él.

—Tú dejaste entrar a Daniel.

—Yo no sabía que era Daniel.

—¿A quién creías que dejabas entrar? —preguntó Vega.

Álvaro tragó saliva.

—A alguien que iba a asustar a Julián.

—¿Asustarlo por qué?

—Por las deudas.

—¿Qué deudas?

Álvaro miró a Aurora.

Esta vez mi abuela no pudo salvarlo. O no quiso.

—Julián iba a denunciarme —dijo él—. Había usado su firma para pedir un préstamo.

Martina cerró los ojos.

—Serás idiota.

—No me juzgues.

—No te juzgo. Te describo.

Vega tomó nota.

—¿Quién sabía lo del préstamo?

—Julián. Ramiro. Quizá mi abuela.

—¿Y la persona que le dejó la nota?

—No lo sé.

—¿Tiene la nota desde que llegó?

—Sí.

—¿Por qué la conservó?

Álvaro no respondió.

—Porque pensabas usarla —dije.

Me miró con odio.

—No sabes nada.

—Pero voy acertando bastante para ser improvisación.

Vega se acercó.

—Señor Álvaro, ahora mismo admite haber facilitado el acceso a una persona desconocida a la finca la noche en que su tío ha muerto, después de recibir una nota que mencionaba expresamente a Julián. Le aconsejo que deje de reservarse detalles.

Álvaro se sentó. De golpe. Como si le hubieran quitado los huesos.

—No quería que muriera.

Por primera vez sonó sincero.

No inocente.

Sincero.

—Solo quería que se asustara —repitió—. Que me diera tiempo. Julián disfrutaba apretando. Dijo que me iba a hundir. Que me iba a dejar sin nada. Que esta vez ni Aurora podría limpiarme el culo.

—Qué imagen tan familiar —murmuré.

Nadie me hizo caso.

Álvaro se llevó las manos a la cabeza.

—Dejé la puerta abierta y volví. Eso es todo.

—¿Volvió a dónde? —preguntó Vega.

—Al comedor.

—Lidia dice que le vio en el pasillo del despacho.

—Porque después salí a fumar.

—¿Y vio a Daniel?

—No.

—¿Vio a alguien?

Álvaro dudó.

La sargento se inclinó un poco hacia él.

—No cometa otro error.

Él tragó saliva.

—Vi a Ramiro.

Ramiro levantó la cabeza.

—Eso es mentira.

—Te vi saliendo del despacho de Julián —dijo Álvaro—. Con una copa en la mano.

El salón se quedó quieto.

Ramiro pareció perder color, aunque quizá fuera la luz.

—No llevaba ninguna copa.

—Sí —dijo Álvaro—. Una copa de vino.

Miré hacia el vestíbulo.

La copa rota.

El vino.

La escena demasiado cómoda.

Vega giró lentamente hacia Ramiro.

—Señor Montero.

Ramiro ajustó la chaqueta, como si una tela bien colocada pudiera sostener una coartada.

—Álvaro está mintiendo para desviar la atención.

—Puede ser —dijo Vega—. Pero va a tener que explicarme por qué empieza a parecer que todo lo que encontramos esta noche pasa antes por sus manos.

Ramiro abrió la boca.

Y entonces, desde fuera, llegó otro grito.

No de Alicia.

No de Beatriz.

Un agente.

Vega salió al vestíbulo y todos la seguimos hasta donde nos dejó. Por la puerta abierta entró un hombre joven de uniforme, empapado, con barro en las botas y algo en la mano envuelto en plástico.

—Lo hemos encontrado junto al pozo —dijo.

Vega cogió la bolsa.

Dentro había una copa rota.

No como la del vestíbulo.

La misma clase de cristal.

El mismo borde tallado.

Y en el pie de la copa, manchada de barro y de algo oscuro, había una huella parcial.

El agente añadió:

—También hay marcas de arrastre desde el invernadero hacia la casa.

Vega miró a Ramiro.

Luego a Álvaro.

Luego a Aurora.

Y yo entendí que la caída de Julián era solo el último tramo de algo que había empezado mucho antes de la escalera.

Quizá mucho antes de que yo naciera.