Todo Queda en Familia Capítulo 14
42%

Capítulo 14

La palabra restos tuvo un efecto curioso en la familia.

Nadie preguntó de qué. Nadie dijo “restos de qué”. Nadie quiso fingir que podían ser restos de obra, de animales, de una vieja tubería o de cualquier otra cosa amable. Todos entendimos lo mismo al mismo tiempo, y eso fue casi peor que oírlo.

Restos humanos.

En la finca norte.

Junto al pozo donde, según Aurora, su hermana Jacinta se había caído por accidente en 1979.

Mi abuela seguía sentada en su butaca, pero ya no parecía una reina. Parecía una mujer mayor a la que le acababan de abrir una puerta detrás de la espalda.

—Eso no es posible —dijo.

La sargento Vega la miró.

—¿Qué parte?

Aurora no contestó.

—¿Que haya restos? —insistió Vega—. ¿Que estén en el pozo? ¿O que alguien los haya encontrado?

Mi abuela levantó la vista con una lentitud peligrosa.

—Tenga cuidado.

—Señora Valcárcel, llevo toda la noche teniendo cuidado. Empieza a parecerme una pérdida de tiempo.

No lo dijo con rabia. Eso la hizo más contundente. Vega no era una mujer impresionable, y en aquella casa eso equivalía casi a tener superpoderes.

El agente seguía en la puerta, esperando instrucciones. Tenía barro en los bajos del pantalón y esa cara rara de quien acaba de ver algo que todavía no ha terminado de entender.

—¿Han tocado algo? —preguntó Vega.

—No. Solo han iluminado la zona. Hay parte del muro abierto, hiedra arrancada y una cavidad detrás. Se ven huesos, pero no sabemos cuántos ni de qué antigüedad. También hay algo metálico.

—¿Metálico?

—Una caja o lata pequeña. Está medio enterrada.

Ramiro cerró los ojos.

Fue muy breve.

Pero yo ya estaba coleccionando gestos breves como otras personas coleccionan sellos.

—¿Qué pasa, Ramiro? —pregunté—. ¿La lata también tiene abogado?

—No seas ridícula.

—No lo soy. Estoy desbordada de material.

Vega dio instrucciones rápidas. Nadie tocaría el pozo hasta que llegara el equipo correspondiente.

La zona quedaba acordonada. Tomás debía facilitar los planos antiguos de la finca.

Elena Alvarado, que había vuelto del jardín con la cara más pálida que antes, tendría que explicar cómo se accedía desde su propiedad a la zona del invernadero.

Aurora escuchaba sin moverse.

Eso fue lo que más me inquietó.

No preguntó por Julián. No preguntó por Daniel. No preguntó si los restos podían ser de Jacinta o de alguien más. Solo miraba al frente, con los dedos hundidos en el brazo de la butaca, como si estuviera intentando sujetar una versión que se le escapaba por las costuras.

Alicia habló primero.

—¿Jacinta está enterrada allí?

Beatriz soltó un sollozo.

—Alicia, por favor.

—¿Qué? —Alicia se volvió hacia ella—. ¿También vamos a fingir que esto es una incomodidad social? Hay huesos en un pozo, Beatriz.

—No sabemos si son de ella —dijo Ramiro.

—Tú sabías que el pozo importaba.

—No.

—Sí —dijo Alicia—. Se te ha puesto cara de documento perdido.

Ramiro la miró con desprecio.

—Estás alterada.

—Sí. Me robaron un hijo, mi hermano ha muerto y acaban de encontrar restos humanos en el jardín. Igual un poco alterada sí estoy. Gracias por el diagnóstico.

Hubo un silencio breve.

Me habría gustado decir algo, pero no hizo falta. Alicia lo estaba haciendo bastante bien sola, y yo no quería quitarle el gusto. A veces una persona encuentra su voz en el peor momento posible. Pero la encuentra.

Vega se acercó a Aurora.

—Hábleme de Jacinta.

—No.

—No era una petición.

—No tengo nada que decir.

—Era su hermana.

—Precisamente.

La sargento la observó durante unos segundos. Luego hizo algo inteligente: no insistió con ella. Miró a los demás.

—¿Quién sabe algo de Jacinta Valcárcel?

Nadie respondió al principio. El apellido parecía haber envejecido en el aire. Jacinta Valcárcel. Mi tía abuela. Una mujer que, hasta hacía cinco minutos, para mí no existía. Otra muerta borrada con la eficacia habitual de la casa.

Tomás levantó la mano apenas.

—Yo era pequeño. Mi padre trabajaba aquí entonces.

Aurora giró la cabeza hacia él.

—Tomás.

Él no se calló.

—Jacinta era la mayor. La heredera. O eso decía mi padre.

La palabra heredera hizo que todo encajara un poco peor.

—¿La heredera? —pregunté.

Tomás asintió.

—Don Gregorio, el padre de doña Aurora y doña Jacinta, quería dejarle la casa a ella. Jacinta era... distinta.

—¿Distinta cómo? —preguntó Vega.

Tomás buscó las palabras.

—Más libre. Eso decía mi padre. No quería vivir siempre aquí, ni casarse con quien le convenía, ni seguir las normas de la familia. Quería vender una parte de la finca y marcharse.

Miré a Aurora.

—Qué curioso. Otra Valcárcel queriendo escapar. Igual era hereditario y lo tapasteis con contratos.

Mi abuela no me contestó.

—¿Cómo murió? —preguntó Vega a Tomás.

—Dijeron que cayó al pozo durante una tormenta. Que había salido sola, de noche. La encontraron por la mañana.

—¿Quién la encontró?

Tomás miró a Aurora.

—Doña Aurora.

La habitación se quedó muy quieta.

Mi abuela siguió sin moverse.

—Eso ya lo declaré entonces —dijo—. Salí a buscarla cuando vimos que no estaba en su cama.

—¿Quién más estaba en la casa? —preguntó Vega.

—Mi padre. Algunos empleados. Mi madre ya había muerto.

—¿Julián?

—Era joven. Tenía diecisiete años.

—¿Vio algo?

—No.

—¿Y Lucía Alvarado?

La pregunta no salió de Vega.

Salió de mi madre.

Todos la miramos.

Clara estaba de pie junto al sofá. Pálida, sí, pero con una firmeza nueva que todavía parecía quedarle grande. Como una chaqueta heredada que una no sabe si le pertenece, pero se pone igual porque hace frío.

Aurora la miró con odio.

—No sabes de qué hablas.

—Lucía estaba aquí esa semana —dijo mi madre.

Elena levantó la vista.

—¿Mi madre?

Clara asintió.

—De niña escuché a Julián hablar de eso. No entendí nada entonces. Decía que Lucía había visto algo en la finca norte. Que por eso había que tenerla cerca.

—¿Cerca? —pregunté.

—Los Alvarado compraron la finca colindante poco después.

Elena se quedó helada.

—Mi madre siempre dijo que mi abuelo la compró por oportunidad.

—En esta familia las oportunidades suelen tener cadáver debajo —dije.

Vega anotaba sin perder detalle.

—Entonces Lucía Alvarado pudo saber algo sobre la muerte de Jacinta y, años después, participó en la adopción de Mateo y en movimientos de dinero vinculados a Julián.

—Eso parece —dijo mi madre.

Ramiro intervino.

—Eso es una construcción absurda. Están mezclando una muerte antigua, una adopción compleja y la desgracia de esta noche sin ninguna prueba sólida.

Vega lo miró.

—Señor Montero, a estas alturas, cada vez que usted dice que no hay relación entre dos cosas, me entran ganas de unirlas con hilo rojo.

Yo casi sonreí.

Álvaro, en cambio, parecía cada vez más inquieto. Llevaba un rato callado, cosa que en él no era madurez, sino alarma. Tenía los brazos cruzados y miraba hacia la puerta del jardín como si calculase si podría salir corriendo sin parecer exactamente culpable.

Martina también lo observaba.

—¿Qué sabes tú? —le preguntó.

Álvaro se volvió hacia ella.

—Nada.

—Te conozco.

—Pues entonces sabrás que no sé nada.

—No. Sé que cuando no sabes nada hablas demasiado. Ahora estás callado.

Él apretó la mandíbula.

—Déjame en paz.

—Álvaro —dijo Vega—, ¿tiene algo que aportar?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces deje de mirar la puerta.

Álvaro bajó los ojos. Mala señal. En mi familia, los culpables no siempre bajaban los ojos. A veces los bajaban los cobardes, los cómplices o los idiotas que habían hecho algo menor justo al lado de algo enorme.

La sargento volvió a Aurora.

—Necesito saber si existe documentación sobre la muerte de Jacinta.

—No.

—¿No existe o no va a dármela?

—Fue hace casi cincuenta años.

—Los papeles sobreviven bastante en esta casa. Esta noche me han salido de cajas, pianos, bolsillos y paragüeros.

—No tengo nada.

—Registraremos archivos.

—Necesitará autorización.

—La pediré.

—Hágalo.

Aurora lo dijo con una calma extraña. Demasiado tranquila para alguien que acababa de enterarse de que iban a remover medio siglo de secretos.

Eso me hizo pensar que quizá los papeles de Jacinta no estaban en la casa.

O que ya no estaban.

O que la prueba no era un papel.

Vega recibió otra llamada por radio. Se apartó unos pasos. Mientras hablaba, Alicia se acercó a Elena. La conversación no parecía fácil incluso antes de empezar.

—Quiero saber dónde vivió —dijo Alicia.

Elena la miró.

—Daniel.

—Sí.

—No creo que ahora...

—No te estoy pidiendo permiso para recuperarlo. Sé que no puedo. Solo quiero saber. Una dirección. Una casa. Un cumpleaños. Algo.

Elena sostuvo su mirada unos segundos. Luego bajó la voz.

—Creció en la casa de Carmen, al otro lado de la finca. Iba al colegio del pueblo hasta los doce. Después se marcharon a Valencia un tiempo porque Julián empezó a hacer preguntas.

—¿Julián?

—Cuando comprendió que Lucía había mantenido al niño cerca, se enfadó. No por ti. Por control. Él no soportaba que alguien usara sus secretos sin pedirle tarifa.

Alicia se llevó una mano al cuello.

—¿Y Daniel fue feliz?

La pregunta fue tan simple que me dolió.

Elena no mintió. Se lo agradecí, aunque no fuera conmigo.

—A ratos.

Alicia asintió, como si aquella respuesta pequeña fuera más de lo que merecía.

Vega volvió.

—El equipo forense viene de camino. Mientras tanto, nadie se acerca a la finca norte.

—¿Y Daniel? —preguntó Alicia.

—Lo trasladan al hospital. Un agente irá con él. Podrá verle cuando los médicos lo permitan.

—Voy con él.

—No.

Alicia abrió la boca.

—No me discuta esto.

—No le discuto el dolor. Le discuto la interferencia. Daniel es testigo, posible víctima y posible sospechoso. Usted también forma parte de esta investigación.

Alicia se quedó sin respuesta.

La verdad era una grosería muy eficaz.

—Yo puedo ir —dijo Elena.

Vega la miró.

—Usted también se queda.

Elena no protestó. Parecía haberlo esperado.

—Entonces avisen cuando llegue al hospital.

—Lo haremos.