Capítulo 13 #2
Daniel cerró los ojos.
—Entonces se las llevaron.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Qué había en las que faltan?
Daniel respiró hondo. El sanitario le pidió otra vez que se quedara quieto. Daniel parecía tener la misma relación con las instrucciones que yo con la moderación.
—Una lista de pagos. Y una copia de una carta de Lucía.
Elena se puso pálida.
—¿Qué carta?
Daniel la miró.
—La que nunca me diste.
Elena no respondió.
Alicia los miraba a ambos como si cada frase le quitara y le devolviera a su hijo de formas distintas.
—¿Qué decía esa carta? —preguntó Vega.
—Que Julián no solo vendió silencio en 1991. Vendió acceso a la finca norte. Había algo allí. Algo enterrado o guardado. Lucía ayudó a mover dinero a cambio de que los Alvarado pudieran quedarse con esos terrenos cuando llegara el momento.
—¿Algo enterrado? —pregunté.
Daniel me miró.
—No sé qué. Mi madre hablaba de “la raíz”. Decía que todo estaba en la raíz.
—La hiedra —murmuró mi madre.
Todos la miramos.
—¿Qué? —pregunté.
Clara tragó saliva.
—De pequeña, cuando jugábamos en la finca norte, había una pared cubierta de hiedra junto al invernadero viejo. Andrés decía que la casa tenía demasiadas raíces. Luego, después del escándalo, una vez le oí decir que la verdad estaba “bajo la raíz”.
Vega tomó nota.
—¿Ese lugar sigue existiendo?
Tomás, que estaba en la entrada, asintió.
—Sí. El muro del invernadero. Está cubierto de hiedra vieja.
—Molina —dijo Vega—, avise a los agentes de la finca norte. Que revisen esa zona. Con cuidado.
Molina salió de inmediato.
Aurora habló entonces.
—Están persiguiendo fantasmas.
Su voz sonó tranquila. Demasiado.
Daniel la miró.
—No. Los fantasmas persiguen a quien los fabrica.
Alicia soltó un pequeño sollozo. No sé si por la frase, por él o por todo lo que no había podido decirle durante treinta y cuatro años.
Vega volvió a Daniel.
—¿Qué ocurrió después de que entrara esa persona en la galería?
—Julián empezó a ponerse nervioso.
—¿Antes no lo estaba?
—No igual. Al principio estaba arrogante. Me ofreció dinero.
—¿A cambio de qué?
—De las páginas. Y de que desapareciera.
Alicia se tapó la boca.
Daniel no la miró.
—Le dije que no quería su dinero. Que quería la verdad. Él se rió. Dijo que la verdad era una palabra que usaban los pobres cuando no podían pagar una versión mejor.
—Qué asco de hombre —murmuré.
—Inés —dijo mi madre.
—No, mamá. Está muerto, pero podemos seguir siendo precisos.
Daniel me miró un segundo. Creo que le habría salido una sonrisa si no tuviera la ceja abierta.
—Después bebió agua —continuó—. Tenía un vaso.
Vega se inclinó un poco.
—¿Bebió delante de usted?
—Sí. Dos veces. Sudaba. Le temblaba una mano. Yo pensé que era por rabia, pero luego empezó a hablar raro.
—¿Raro cómo?
—Más lento. Se apoyó en el piano. Dijo que alguien se había pasado con la dosis.
La frase dejó el vestíbulo sin aire.
—¿Dijo eso exactamente? —preguntó Vega.
—Sí. “Alguien se ha pasado con la dosis.” Después miró hacia la sombra, hacia la persona que había entrado. Y dijo: “No era necesario.”
Mi madre se puso blanca.
Alicia se sentó en una silla.
Aurora no se movió.
Yo ya no sabía si eso era inocencia o entrenamiento.
—¿Y qué hizo esa persona? —preguntó Vega.
—Se acercó. Discutieron. Yo intenté grabar con el móvil, pero Julián me lo quitó. Tenía las páginas sobre el piano. La persona empezó a recogerlas. Yo me abalancé para quitárselas y alguien me golpeó por detrás.
—¿No vio quién?
—No.
—¿Con qué?
—No lo sé. Algo duro. Madera quizá.
—El bastón —dije.
Daniel miró hacia mí.
—Puede ser.
—¿Recuerda algo más antes de perder el conocimiento?
—La voz de Julián. Dijo: “No bajéis esto por la escalera principal.”
Vega se quedó muy quieta.
—¿Está seguro?
—Sí.
La palabra del mensaje volvió a golpearme.
Lo bajaron.
—¿Y después? —preguntó la sargento.
—Desperté en el invernadero viejo. Estaba oscuro. Tenía las páginas debajo de la chaqueta, pero no todas. Me dolía la cabeza. Intenté volver a la casa, pero me caí. Creo que perdí el conocimiento otra vez.
—¿Envió usted un mensaje a Inés Valcárcel?
Daniel frunció el ceño.
—¿A quién?
—A mí —dije—. “Tu tío no cayó. Lo bajaron.”
Daniel negó despacio.
—No. Mi móvil desapareció en la galería.
—¿El teléfono encontrado en el paragüero es suyo?
—No.
—Tenía una foto tuya de niño.
Daniel miró a Elena.
—Esa foto era de Lucía.
Elena bajó la vista.
—Mi madre guardaba copias.
—¿Quién pudo tenerla? —preguntó Vega.
Elena no contestó.
Alicia habló muy bajo.
—Julián.
—Sí —dijo Elena—. Julián tenía muchas cosas que no eran suyas.
Eso sonó a epitafio y a acusación.
Los sanitarios terminaron de vendar a Daniel.
Uno de ellos dijo que tenían que llevarlo al hospital para revisar el golpe de la cabeza y el corte.
Vega pidió que fuera custodiado y que, si los médicos lo permitían, un agente permaneciera con él.
Daniel no protestó. Parecía agotado de una forma que iba más allá de la sangre.
Alicia se acercó un paso.
—Daniel.
Él cerró los ojos un momento.
—No me llames así como si hubieras estado allí.
La frase le dolió. Se notó. A Alicia se le dobló la cara, pero no lloró.
—No sé cómo llamarte —dijo.
Daniel abrió los ojos.
—Daniel. Me llamo Daniel.
Ella asintió.
—Daniel.
El nombre le salió torpe, nuevo, lleno de años perdidos.
—No te estoy pidiendo nada —dijo Alicia—. No tengo derecho. Solo... solo quiero que sepas que no te rechacé.
Daniel miró hacia otro lado.
—Eso dicen todos cuando ya no cuesta nada.
Alicia recibió el golpe como antes. Sin defenderse.
—Puede ser —dijo—. Pero es verdad.
Daniel no respondió. Los sanitarios lo ayudaron a levantarse. Al pasar junto a ella, no la tocó. No la abrazó. No la perdonó. Pero se detuvo medio segundo.
—Julián me dijo que tú firmaste sonriendo.
Alicia negó con la cabeza.
—Mentía.
Daniel la miró.
—Ya lo sé.
Y siguió andando.
Alicia se quedó inmóvil. Después se sentó despacio, como si esas tres palabras hubieran sido demasiado peso para recibirlo de pie.
Ya lo sé.
A veces el perdón no llega. A veces solo llega una grieta en el rencor. Aquella noche, en aquella casa, eso ya parecía una forma menor de milagro.
Cuando se llevaron a Daniel, Vega volvió al salón con la bolsa de las páginas. Las abrió sobre la mesa, después de fotografiarlas, y comenzó a revisarlas una por una. No leyó todo en voz alta. Solo algunos fragmentos. Fechas. Iniciales. Pagos. Nombres.
La primera página hablaba de Alicia y Mateo.
La segunda, de una cuenta puente abierta a nombre de una sociedad vinculada a Julián.
La tercera, de Enrique Soler y la adopción.
La cuarta mencionaba a Ramiro, con una anotación de mi padre que decía: R.M.
sabe que la firma no es mía. Lo sabe y aun así sonríe.
Ramiro pidió que constara su protesta. Vega le dijo que ya constaba de sobra.
La quinta página hizo que mi madre se llevara una mano al pecho.
Vega leyó:
—“Clara no debe saberlo todavía. Si sabe demasiado, la pondrán contra mí o contra ella misma. Mejor que me odie vivo a que la destruyan conmigo.”
Mi madre cerró los ojos.
Yo no supe qué hacer con esa frase.
Me enfadó y me rompió a la vez. Mi padre también había callado para proteger. También había decidido por otros. También había usado el amor como excusa para dejar a alguien a oscuras. La diferencia era que él parecía haber intentado pagar el precio. Los demás se lo habían cargado a su nombre.
La sexta página mencionaba la finca norte. Vega leyó despacio:
—“Muro del invernadero. Raíz vieja. L.A. dice que allí quedó copia. J.V. cree que solo hay una. No sabe que Lucía guarda otra. Si venden, excavarán. Si excavan, desaparece.”
—¿Qué desaparece? —preguntó Martina.
Nadie respondió.
La séptima página estaba más dañada. El barro había borrado parte de la tinta, pero aún se leían algunas líneas.
—“A.V. autorizó. No por dinero. Por miedo a que saliera lo de Jacinta.”
Vega se detuvo.
—¿Jacinta? —preguntó.
Miré a mi madre.
Ella negó despacio, pero su expresión decía otra cosa. Decía que había oído el nombre. Decía que no quería reconocerlo.
Aurora habló desde su butaca.
—Jacinta fue mi hermana.
La habitación se volvió hacia ella.
—¿Tu hermana? —pregunté.
—Murió antes de que nacieras.
—¿Y por qué nunca he oído hablar de ella?
Aurora me miró con cansancio.
—Porque murió.
—En esta familia la gente muerta suele tener más presencia que la viva. Esa excusa no sirve.
Aurora apretó la mandíbula.
Vega se acercó.
—¿Cómo murió Jacinta?
—Un accidente.
Me reí.
No pude evitarlo.
No fue una risa alegre. Fue un ladrido pequeño, amargo.
—Claro.
Aurora me miró con odio tranquilo.
—Ten un poco de respeto.
—Se me ha gastado con tantos accidentes.
Vega no apartó la vista de mi abuela.
—¿Qué clase de accidente?
Aurora tardó demasiado.
—Cayó al pozo de la finca norte.
El salón entero se quedó inmóvil.
El pozo.
La finca norte.
El muro cubierto de hiedra.
La raíz.
La parte del terreno que Julián quería vender a los Alvarado.
Todo empezó a acercarse demasiado.
—¿Cuándo? —preguntó Vega.
—Hace muchos años.
—Sea más precisa.
—1979.
—¿Se investigó?
—Fue un accidente doméstico. No había nada que investigar.
—Una mujer cae a un pozo y no hay nada que investigar —dije—. Qué época tan cómoda para las familias con dinero.
Aurora no me contestó.
Mi madre estaba pálida.
—Mamá —dije—. ¿Tú sabías esto?
—Sabía que Aurora tuvo una hermana. No sabía lo del pozo.
Tomás, desde la puerta, habló casi en un susurro.
—El pozo se cerró después.
—¿Dónde está? —preguntó Vega.
—Junto al muro del invernadero viejo. Bajo la hiedra.
Nadie dijo nada.
Hasta que afuera se oyó una voz de radio, distorsionada, entrando por la puerta abierta del vestíbulo.
Uno de los agentes contestó. Luego entró deprisa en el salón.
—Sargento.
Vega se giró.
—¿Qué?
—Los compañeros han encontrado algo en la finca norte.
Aurora cerró los ojos.
—¿Qué han encontrado? —preguntó Vega.
El agente miró alrededor, como si no supiera si decirlo delante de todos.
Ya era tarde para delicadezas.
—Un pozo tapiado detrás del invernadero. La pared está parcialmente abierta. Parece que alguien ha estado removiendo la zona hace poco.
—¿Y?
El agente tragó saliva.
—Hay restos.
Alicia soltó un gemido.
Mi madre me agarró la mano.
Yo miré a Aurora.
Por primera vez desde que la conocía, mi abuela parecía realmente asustada.
No por Julián.
No por Daniel.
No por el testamento.
Por una muerta que llevaba casi cincuenta años esperando bajo la hiedra.