Todo Queda en Familia Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Con todos. Con Julián sobre todo. También con mi madre, aunque ya estaba muerta. Conmigo por no habérselo dicho antes. Con la casa. Con el apellido. Con cualquier cosa que le sonara a Valcárcel.

—Normal —dije.

Aurora me fulminó.

—No ayudes.

—No lo decía para ayudar. Lo decía porque es normal. Si me entero de que mi vida fue una transacción familiar con vistas a la finca, también me enfado. Y yo ya vengo enfadada de serie.

Vega volvió a la línea de tiempo.

—¿A qué hora debía reunirse Daniel con Julián?

—A las diez y cuarto.

—La cámara lo graba entrando a las diez y doce.

—Entonces llegó puntual.

—¿Dónde iban a verse?

Elena respiró hondo.

—En la galería del piano.

Mi madre cerró los ojos.

Tomás se apoyó en el marco de la puerta, como si aquella confirmación le hubiera quitado algo de fuerza.

—¿Por qué allí? —preguntó Vega.

—Porque allí ocurrió lo de 1991. Daniel quería que Julián hablara en el mismo sitio.

—¿Y usted lo sabía?

—Sí.

—¿Por qué no lo acompañó?

Elena sonrió sin humor.

—Porque Daniel me odia un poco.

—¿Por qué?

—Porque crecimos casi como hermanos y yo también mentí. No al principio. Pero cuando supe parte de la verdad, callé. Creí que le protegía.

Miré a mi madre.

Ella miró al suelo.

La frase de Elena había cruzado la habitación y nos había dado a las dos.

Creí que le protegía.

Qué frase tan cómoda. Qué frase tan peligrosa. Con ella una podía esconder una mentira durante media vida y llamarla amor para dormir un poco mejor.

Vega siguió.

—¿Daniel sabía que Julián iba a cambiar el testamento y vender parte de la finca?

—Sí.

—¿Le afectaba?

—Más de lo que parece.

—Explíquese.

Elena miró a Aurora.

—La finca norte no es solo terreno. Hay una casa vieja de servicio, cerca del límite. Allí vivió Daniel de niño con Carmen durante un tiempo. Y antes de eso... —Se detuvo.

—Antes de eso, ¿qué?

—Mi madre guardó allí cosas relacionadas con la adopción. Papeles, cartas, quizá copias. Daniel estaba convencido de que Julián quería vender esa parte para que todo desapareciera.

Ramiro soltó aire.

—Eso es absurdo. Una venta no hace desaparecer documentación.

—No —respondí—. Pero una excavadora ayuda.

Elena me miró como si estuviera de acuerdo y le molestara.

—Daniel creía que en esa casa estaba lo que faltaba del cuaderno de Andrés.

La palabra volvió a encender la habitación.

—¿Lo que faltaba? —preguntó Vega.

—Lucía tenía páginas. No sé cuántas. Mi madre las guardó porque tenía miedo de Julián y de Ramiro. Daniel las encontró después de su muerte.

Ramiro se puso pálido.

Alicia miró a Elena como si acabara de darle otro hijo y quitárselo a la vez.

—¿Daniel tiene páginas del cuaderno? —pregunté.

—Sí.

—¿Las trajo esta noche?

—Creo que sí.

—¿Dónde están?

Elena negó despacio.

—No lo sé.

Vega anotó algo y luego miró a uno de los agentes.

—Hay que buscar en la finca norte y en la casa de servicio. Ahora.

Aurora dio un paso.

—De noche no.

Vega se volvió hacia ella.

—¿Perdón?

—Esa zona está en mal estado. Hay pozos antiguos, maleza, muros caídos. Es peligroso.

—Gracias por la información. Iremos con cuidado.

—No entiende.

—Eso me están diciendo mucho esta noche.

Aurora apretó el bastón.

—Hay lugares que no deberían abrirse.

—Señora Valcárcel, a estas alturas esa frase ya no asusta. Solo orienta.

La sargento dio instrucciones para enviar una patrulla con linternas y pidió planos de la finca.

Tomás se ofreció a buscarlos en el cuarto de administración.

Esta vez Vega mandó a un agente con él. Nadie iba a moverse solo.

Una medida muy sensata y muy ofensiva para una familia acostumbrada a delinquir emocionalmente con privacidad.

Elena se sentó por fin. Alicia quedó frente a ella, de pie, sin saber qué hacer con sus manos.

—¿Él sabe que yo...? —empezó.

No pudo terminar.

Elena entendió.

—Sabe que eras muy joven.

—Eso no responde.

—Sabe que firmaste.

Alicia bajó la mirada.

—Yo no quería.

—Eso no lo sé.

—Yo no quería.

Esta vez lo dijo con fuerza.

Elena no respondió. Quizá porque no estaba allí para perdonarla en nombre de nadie. Quizá porque también ella tenía sus propias cuentas con la verdad.

—¿Por qué viniste antes? —pregunté.

Elena me miró.

—¿Antes?

—Cuando apareció Julián muerto. Dijiste que venías a hablar con él. Pero si sabías que Daniel iba a verlo, quizá venías por otra cosa.

Vega también la miró.

Elena juntó las manos.

—Daniel me llamó a las diez y media.

—¿Qué dijo?

—Que Julián no estaba solo.

—¿Con quién?

—No me lo dijo.

—¿Y después?

—Después se cortó.

—¿No volviste a llamarlo?

—Sí. No contestó.

—¿Y entonces viniste?

—Sí.

—Pero no lo dijiste.

Elena bajó la vista.

—No.

—Porque estabas protegiendo a Daniel.

—Sí.

—Bienvenida al club —murmuré.

Mi madre me rozó el brazo. No como reprimenda. Como reconocimiento triste.

Vega se acercó a Elena.

—¿Daniel dijo algo más en esa llamada?

Elena dudó.

—Sí.

—¿Qué?

—Dijo que Julián había traído a alguien a la galería. Que no era parte del trato. Y que todo se estaba repitiendo.

La frase nos dejó otra vez sin aire.

—¿Todo se estaba repitiendo? —preguntó Martina.

Elena asintió.

—Eso dijo.

—¿Quién podía ser esa persona? —preguntó Vega.

Elena miró a Ramiro.

Ramiro se enderezó.

—Yo no estuve en la galería.

—Nadie te había señalado —dije.

—Tú sí. Con la mirada.

—Es que tengo mucha práctica.

Vega se interpuso con la voz.

—Señor Montero, ¿dónde estaba usted a las diez y media?

—En el despacho de Julián.

—¿Con Julián?

—No. Esperándole.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Puede confirmarlo alguien?

—No.

—Qué noche tan solitaria para todos —dije.

Ramiro me ignoró.

—Julián me había pedido que revisara documentos. No apareció.

—Antes dijo que discutió con él antes de la cena.

—Sí.

—¿Y después de la cena esperaba reunirse otra vez?

—Correcto.

—¿En el despacho?

—Sí.

—¿Sabía que Julián había quedado con Daniel en la galería?

—No.

La respuesta fue limpia.

Demasiado.

Vega la anotó igual.

Un agente volvió con Tomás y varios planos enrollados. Los extendieron sobre la mesa del salón. La finca aparecía dibujada con líneas antiguas, caminos, muros, dependencias, zonas de jardín, la casa de servicio de la finca norte y una construcción pequeña marcada como invernadero viejo.

—Esto ya no existe —dijo Aurora.

Tomás negó.

—Existe. Está medio hundido, pero existe.

—Dije que ya no existe porque no se usa.

—Las cosas no dejan de existir porque usted no las use, señora.

Todos miramos a Tomás.

Él también pareció sorprendido de haberse oído.

Aurora no contestó. Quizá estaba cansada. Quizá empezaba a comprender que aquella noche hasta los criados habían dejado de obedecer las frases de siempre.

Vega señaló el plano.

—¿Por dónde entraría alguien desde la finca Alvarado?

Elena se levantó y se acercó.

—Por aquí. La verja lateral da a este sendero. Si Daniel fue a la galería, pudo entrar por la puerta de servicio trasera y subir por la escalera secundaria. Julián le habría indicado cómo.

—¿Y para salir sin que lo grabara la cámara?

—Podría ir hacia la finca norte y cruzar por el muro viejo.

—O seguir dentro —dijo Martina.

Nadie respondió.

Alicia miró hacia las ventanas.

—¿Daniel puede estar todavía aquí?

Elena no contestó.

Vega dio instrucciones para revisar la finca norte, el invernadero viejo y la casa de servicio. Dos agentes salieron con Tomás y Elena para orientarlos. Alicia quiso ir, pero la sargento se negó. La discusión duró poco. Alicia no tenía fuerzas para ganar nada esa noche.

La espera se volvió insoportable.

Sin móviles, sin posibilidad de salir, con la casa abierta por dentro y por fuera, nos quedamos en el salón como una familia de cera mal colocada.

Beatriz lloraba menos. Álvaro bebía agua ahora, quizá por miedo a que el whisky lo declarara culpable antes que Vega.

Martina y yo nos quedamos junto a la chimenea.

—Esto se está poniendo enorme —dijo.

—Mi familia nunca ha sabido hacer nada pequeño.

—¿Crees que Daniel mató a Julián?

Miré hacia Alicia. Estaba sentada con las manos juntas, mirando la puerta como si esperara que entrara un niño y no un hombre de treinta y cuatro años cargado de rabia.

—No lo sé.

—Eso ha sonado sincero.

—Estoy practicando.

Martina sonrió apenas.

—Yo tampoco lo sé. Pero si vino con páginas del cuaderno y esas páginas no están...

—Alguien se las quitó.

—O Julián se las quitó.

—O alguien mató a Julián para quitárselas a los dos.

Martina dejó de sonreír.

—Tienes un don para alegrar ambientes.

—Me sale de familia.

Desde fuera llegaron voces.

No gritos.

Voces de agentes llamándose entre sí. Linternas moviéndose detrás de los cristales. Un perro ladró en la distancia, quizá en la finca de los Alvarado. Alicia se levantó de golpe.

—¿Qué pasa?

Nadie lo sabía.

Vega fue hacia la puerta. Yo fui detrás y, por una vez, no me dijo que no. Tal vez porque ella también empezaba a entender que decirme que no solo me hacía moverme con más ganas.

El frío del vestíbulo nos recibió como una bofetada. La puerta principal estaba abierta. Al fondo del jardín, entre los árboles, se veían haces de luz cruzando la oscuridad. Tomás apareció primero, respirando con dificultad. Detrás venían dos agentes.

Elena no venía.

—¿Dónde está Elena? —preguntó Vega.

Tomás se apoyó en el marco de la puerta.

—Con él.

Alicia dio un paso.

—¿Con Daniel?

Tomás asintió.

—Lo han encontrado en el invernadero viejo.

El corazón me dio un golpe.

—¿Vivo? —pregunté.

Tomás tardó un segundo.

Demasiado.

—Sí. Pero está herido.

Alicia hizo ademán de salir corriendo, pero Beatriz la sujetó. Vega dio una orden rápida para pedir asistencia médica y salió con Molina hacia el jardín. Esta vez sí me detuvo.

—Usted se queda.

—Sargento...

—Se queda.

Y esta vez no discutí.

No porque no quisiera.

Porque, desde la puerta abierta, alcanzaba a ver algo entre las linternas: una camilla improvisada, un cuerpo incorporándose apenas, una silueta masculina con la cara ensangrentada y una mano apretada contra el pecho.

Daniel.

Mateo.

El hijo de Alicia.

El hombre que quizá había vuelto a la Casa de las Hiedras buscando respuestas y había encontrado una noche llena de muertos.

Un agente entró corriendo con una bolsa transparente en la mano.

—Sargento Vega —llamó desde la puerta.

Vega se giró desde los escalones.

—¿Qué es?

El agente levantó la bolsa.

Dentro había varias páginas dobladas, manchadas de barro.

El borde era verde.

—Las llevaba escondidas bajo la chaqueta —dijo.

Alicia se llevó una mano a la boca.

Mi madre cerró los ojos.

Yo miré las páginas como se mira una cerilla en una habitación llena de gas.

El cuaderno de mi padre había vuelto.

O al menos una parte.

Y, por la cara del agente, lo que decía no venía a salvar a nadie.