Todo Queda en Familia Capítulo 12
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Capítulo 12

Alicia no se desmayó.

Me sorprendió un poco, lo confieso. Durante años había considerado a mi tía una mujer perfectamente capaz de desmayarse si alguien servía el café en una taza fea.

Pero aquella noche, cuando Elena Alvarado dijo que su hijo no había crecido en Valencia sino en la finca de al lado, Alicia no cayó al suelo ni se llevó una mano dramática a la frente.

Se quedó quieta.

Eso fue peor.

Se quedó tan quieta que pareció que la frase le hubiera atravesado el cuerpo y la hubiera clavado al sitio.

—No —dijo.

Solo eso.

Elena no apartó la vista.

—Lo siento.

—No digas que lo sientes.

—Alicia...

—No. No me hables como si nos conociéramos.

—Nos conocemos.

—No.

La voz de Alicia se quebró ahí. No mucho. Lo suficiente para recordarnos que, debajo de todos sus collares, sus perfumes y sus comentarios venenosos, había una mujer que acababa de descubrir que llevaba treinta y cuatro años llorando a un hijo que había crecido al otro lado de una verja.

Mi madre se acercó a ella, pero Alicia levantó una mano.

—No me toques.

Clara se detuvo.

No pareció ofendida. Pareció entenderlo.

Vega observaba la escena sin interrumpir. Había algo casi respetuoso en su silencio, aunque la libreta seguía en su mano, preparada para convertir el dolor en datos. Supongo que ese era su trabajo. El de los demás era sufrirlo de forma mínimamente útil.

—Señora Alvarado —dijo al fin—, explíquese.

Elena se quitó el abrigo. Debajo llevaba un jersey negro, pantalones oscuros y una serenidad demasiado bien puesta.

La dejó sobre el respaldo de una silla sin pedir permiso, como si hubiera estado allí muchas veces.

Quizá lo había estado. Quizá todos los que creíamos ajenos a la Casa de las Hiedras llevaban años entrando por puertas que yo ni sabía que existían.

—Mateo fue entregado primero a una familia de Valencia —dijo—. Eso no era mentira del todo.

Alicia soltó una risa breve, rota.

—Qué detalle. Una mentira con pedacitos de verdad. Muy de esta casa.

—Pero no se quedó allí —continuó Elena—. A los pocos meses, mi madre intervino para traerlo más cerca. Lo crió su hermana, Carmen, en una casa vinculada a nuestra finca. Oficialmente era su hijo adoptivo. Para nosotros era Daniel.

—¿Daniel? —repitió Alicia.

Elena asintió.

—Daniel Salas.

El nombre se quedó flotando entre las lámparas y los retratos, demasiado corriente para tanto horror.

Daniel Salas. Un nombre normal. De chico que va al colegio, se cae en bicicleta, aprende a conducir, cumple años.

Un nombre que había existido mientras Alicia cenaba en la casa de al lado sin saber que, quizá, su hijo estaba a unos cientos de metros, creciendo con otra vida.

A veces la crueldad no necesita cuchillos. Le basta con organizar bien las distancias.

—¿Y mi madre lo sabía? —preguntó Alicia.

Nadie miró a Elena.

Todos miramos a Aurora.

Mi abuela seguía de pie, apoyada en su bastón. Tenía los labios muy juntos. No parecía culpable. No era ese tipo de mujer. Aurora no se sentía culpable; como mucho, se sentía malinterpretada por personas con menos estómago.

—Tu madre sabía que el niño estaba bien atendido —dijo.

Alicia se volvió hacia ella muy despacio.

—¿Bien atendido?

—Era lo importante.

—Era mío.

La frase salió tan simple que hasta Aurora parpadeó.

—Eras una cría —dijo mi abuela.

—Era su madre.

—No estabas preparada.

—¿Y tú sí? —Alicia dio un paso hacia ella—. ¿Tú estabas preparada para decidir por todas? ¿Para quitarme a mi hijo, esconderlo al lado y luego sentarte a cenar cada Navidad como si no hubiera un niño respirando detrás de la verja?

Aurora no retrocedió.

—Hice lo que había que hacer.

Ahí estaba. La frase oficial de todos los monstruos educados.

Hice lo que había que hacer.

La había oído en distintas versiones durante toda mi vida. Para justificar silencios, ausencias, humillaciones, herencias, matrimonios sin amor y sobremesas llenas de veneno. Siempre lo mismo. Siempre alguien haciendo “lo que había que hacer” y otro pagando la factura.

Alicia se quedó mirándola.

—No —dijo—. Hiciste lo que te convenía.

Vega intervino antes de que aquello se convirtiera en una guerra abierta.

—Señora Alvarado, ¿Daniel sabe que Alicia es su madre biológica?

Elena dudó por primera vez.

No mucho.

Pero dudó.

—Sí.

Alicia cerró los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace seis meses.

—¿Quién se lo dijo?

—Mi madre. Antes de morir.

Aurora levantó la cabeza.

—Lucía no tenía derecho.

Elena la miró.

—Curioso. Mi madre habría dicho lo mismo de ti.

La frase entró limpia. Sin gritos. Sin adornos. Y aun así hizo más daño que muchas de las cosas que se habían dicho aquella noche.

Vega tomó nota.

—¿Su madre murió hace seis meses?

—Siete. Cáncer.

—¿Y antes de morir le contó a Daniel la verdad?

—A él y a mí. No toda, imagino. Pero lo suficiente para que Daniel entendiera que su vida había sido decidida en esta casa.

—¿Y qué hizo él?

Elena miró hacia el vestíbulo, aunque desde allí ya no se veía el cuerpo de Julián.

—Quiso respuestas.

—¿De quién?

—De Julián. De Ramiro. De Aurora. De mí también, supongo, aunque yo era una niña cuando pasó todo.

—¿Contactó con Julián?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace unas semanas.

Ramiro se movió apenas. Yo lo vi. Vega también. A esas alturas, en aquella habitación había más ojos que lámparas.

—¿Y qué quería? —preguntó la sargento.

—Documentos. Saber quién había firmado. Saber por qué lo habían entregado. Saber si Alicia lo había rechazado de verdad.

Alicia abrió los ojos.

—¿Eso le dijeron?

Elena no respondió enseguida.

—Durante años, sí.

Alicia se llevó una mano al pecho.

—Le dijeron que yo no lo quise.

La frase fue tan pequeña que casi no se oyó.

Beatriz se echó a llorar otra vez, pero nadie la mandó callar. A veces las lágrimas de Beatriz eran irritantes; otras, simplemente llegaban donde los demás no sabíamos llegar.

—¿Julián accedió a verlo? —preguntó Vega.

—No al principio. Luego sí.

—¿Cuándo?

Elena bajó la mirada.

—Esta noche.

La habitación entera pareció tensarse.

—¿Daniel estuvo aquí esta noche? —preguntó Vega.

—Sí.

Alicia hizo un sonido ahogado.

Álvaro soltó una palabrota.

Aurora cerró los ojos con fuerza.

Yo miré a Elena.

—El encapuchado.

Ella asintió.

—Probablemente.

—¿Probablemente? —preguntó Vega.

—No le vi entrar. Pero sabía que iba a venir.

—¿Por qué no lo dijo antes?

Elena levantó la vista.

—Porque cuando llegué y vi a Julián muerto, entendí que Daniel podía parecer culpable.

—O serlo —dijo Álvaro.

Alicia se giró hacia él con una furia que no le había visto nunca.

—No digas eso.

—No sabemos quién es ese tío.

—Es mi hijo.

La frase lo dejó callado. A Álvaro, que era bastante resistente al sentido común, la maternidad recién descubierta de Alicia le produjo al menos unos segundos de prudencia.

—¿Dónde está Daniel ahora? —preguntó Vega.

—No lo sé.

—¿No ha hablado con él?

—No desde antes de venir aquí.

—¿Tiene teléfono?

—Sí.

—Número.

Elena lo dio. Molina lo anotó y salió hacia el pasillo para hacer la llamada.

Todos esperamos en silencio. Aquella casa había tenido ya muchos silencios esa noche, pero este era distinto.

Tenía una respiración al otro lado. La posibilidad de que alguien respondiera y nos trajera de golpe una voz nueva, la voz de un hijo robado, un hombre encapuchado, quizá un asesino, quizá otra víctima.

Molina volvió al minuto.

—Apagado o fuera de cobertura.

Alicia se sentó despacio.

—No.

Vega miró a Elena.

—¿Daniel conocía la casa?

—No bien.

—¿Sabía entrar por la verja lateral?

—Sí. La finca de mi familia comparte una linde con esta. Hay un acceso antiguo, una puerta pequeña en el muro. No se usa, pero se puede abrir.

Tomás levantó la cabeza.

—Esa puerta está cerrada con candado.

Elena lo miró.

—El candado es viejo.

—Lo cambié hace dos meses.

—Entonces alguien tenía llave.

La sargento tomó nota.

—¿Daniel sabía dónde estaba la galería del piano?

—No por mí.

—¿Por su madre?

—Quizá. Lucía hablaba mucho al final. Mezclaba recuerdos. Culpa. Medicación. A veces era difícil saber qué era exacto y qué era fiebre.

Alicia la miraba como si Elena tuviera dentro la última fotografía de un hijo.

—¿Cómo es? —preguntó.

Nadie se movió.

Elena tardó en entender que la pregunta no era policial.

—Daniel.

Alicia asintió.

La voz le salió casi sin aire.

—¿Cómo es?

Elena dejó por un momento de mirar a Vega. Sus ojos fueron hacia Alicia y algo se ablandó en su cara. No ternura, exactamente. Más bien cansancio compartido.

—Reservado. Muy serio. Demasiado, a veces. De niño se escondía cuando había visitas, pero luego escuchaba detrás de las puertas. Le gustaban los perros. Mi madre tenía un pastor alemán enorme y Daniel dormía con él cuando había tormenta. De mayor se hizo carpintero. Trabaja muy bien la madera.

Alicia se tapó la boca.

Yo miré hacia el piso superior. Madera. Piano. Surcos en el suelo. Bastón. Puertas antiguas. Mi cabeza empezó a hilar cosas por su cuenta y no me gustó el dibujo que salía.

—¿Carpintero? —preguntó Vega.

—Sí.

—¿Trabaja todavía en la finca?

—A veces. También hace encargos fuera.

—¿Conoce cerraduras? ¿Puertas antiguas? ¿Muebles?

Elena entendió la dirección de la pregunta.

—Sí. Pero eso no significa que haya forzado nada.

—No he dicho que lo signifique.

—No hacía falta.

Alicia se levantó de nuevo.

—Daniel no mató a Julián.

—No lo sabes —dije, y me arrepentí un poco al ver su cara.

—Lo sé.

—Tía...

—No. Lo sé.

—Alicia —dijo Vega—, entiendo que esto sea doloroso, pero no conoce a Daniel.

Alicia tragó saliva. El golpe fue brutal precisamente porque era cierto.

—Una madre conoce a su hijo.

Nadie dijo nada. Ni siquiera Aurora. Quizá porque aquella frase, en boca de Alicia, sonaba menos a certeza que a hambre.

Elena habló con más suavidad.

—Daniel estaba muy enfadado.

Alicia se giró hacia ella.

—¿Conmigo?