Todo Queda en Familia Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Molina volvió junto a Vega.

—Sargento. Elena Alvarado está en su finca. Una patrulla va a acompañarla hasta aquí.

—¿Ha puesto problemas?

—No. Pero ha dicho que ya esperaba la llamada.

Eso nos cayó encima de una forma extraña.

—¿Ya la esperaba? —pregunté.

Molina asintió.

—Eso ha dicho.

Alicia se puso rígida.

Ramiro miró hacia la ventana.

Aurora no se movió.

Vega guardó la fotografía y la carta en una carpeta de evidencias.

—Bien. Mientras esperamos a la señora Alvarado, vamos a ordenar la secuencia.

—Qué optimismo —dije—. Esta familia lleva tres décadas desordenándose con entusiasmo.

La sargento me ignoró, que era justo y saludable.

—Julián abandona el comedor tras anunciar cambios patrimoniales.

Varias personas salen después: Alicia habla con él en el pasillo.

Álvaro pasa por la zona del despacho, aunque al principio lo niega.

Lidia le lleva un vaso de agua y oye algo en el baño.

Clara está en el jardín y oye una puerta.

Tomás recoge un botón de Ramiro al pie de la escalera y oye un arrastre arriba.

Las cámaras se desconectan manualmente. Aparece un bastón escondido en el rellano, una copa de vino que quizá Julián no usó y restos de ansiolítico en el baño del despacho.

Después se oye un golpe y Julián aparece al pie de la escalera.

—Resumido así, parece una velada bastante completa —murmuré.

Martina habló desde la chimenea.

—Falta Mateo.

Vega la miró.

—Falta determinar si el hombre encapuchado de la cámara es Mateo, o si tiene relación con él.

—Y falta el cuaderno —añadí.

—Sí —dijo Vega—. Falta el cuaderno.

Todos miramos hacia el techo, como si la galería del piano estuviera justo encima de nuestras cabezas y pudiera responder golpeando una tubería.

Ramiro se aclaró la garganta.

—Permítame señalar algo. Si alguien externo entró en la casa, quizá todo lo demás sea ruido. Ese hombre pudo venir, discutir con Julián, matarlo y marcharse por una salida no vigilada.

—Qué generoso —dije—. Ya le has escrito una novela entera al desconocido.

—Es una posibilidad.

—También es una posibilidad que tú le arrancaras el botón haciendo algo menos inocente que pasar por el vestíbulo.

Ramiro me miró.

—Tu obsesión conmigo empieza a ser desagradable.

—Eso dicen todos mis hobbies cuando empiezan a dar frutos.

Vega intervino.

—El señor Montero tiene razón en una cosa: debemos considerar a la persona que entró por la verja lateral. Pero eso no elimina las contradicciones de quienes estaban dentro.

—Gracias —dijo Ramiro.

—No era un cumplido.

Ramiro volvió a callarse.

La espera se hizo rara. No larga, porque el tiempo aquella noche ya no se medía bien, sino rara.

La Guardia Civil seguía entrando y saliendo.

Los agentes hablaban por radio, revisaban el vestíbulo, tomaban fotografías, abrían cajones con permiso vigilado.

El cadáver de Julián ya había sido retirado del centro del recibidor hacia una zona acordonada para que el médico forense pudiera examinarlo con más detalle cuando llegara.

Eso, de alguna manera absurda, hizo que la casa pareciera aún más culpable.

Sin el cuerpo a la vista, todo lo demás gritaba más.

Alicia se quedó en silencio. Beatriz le pasaba un pañuelo tras otro, como si intentara salvarla a base de celulosa.

Álvaro hablaba en voz baja con Martina, o más bien intentaba justificar algo y ella lo escuchaba con cara de estar memorizándolo para usarlo luego.

Mi madre se sentó conmigo en el sofá más apartado.

—¿Por qué nunca me dijiste que papá investigaba todo esto? —pregunté.

Clara miró sus manos.

—Porque yo tampoco entendí cuánto había investigado hasta después.

—Después de morir.

—Sí.

—¿Y aun así dejaste que todos pensaran que era culpable?

La pregunta salió dura.

Ella la recibió sin defenderse.

—Sí.

La sinceridad me descolocó más que cualquier excusa.

—¿Por qué?

—Porque tenía miedo.

—¿De Julián?

—De Julián. De Aurora. De quedarme sola. De que si removía demasiado, terminaran haciéndote daño a ti.

—Mamá, me lo hicieron igual.

Clara cerró los ojos.

—Lo sé.

La frase fue pequeña. No arreglaba nada. Pero por una vez no intentó hacerlo.

—Lo siento —añadió.

No supe qué responder. El perdón era una palabra grande y yo estaba demasiado llena de cosas pequeñas, afiladas, absurdas.

Una parte de mí quería abrazarla. Otra quería preguntarle hasta hacerle daño.

Otra quería salir corriendo de aquella casa y no volver nunca, pero eso habría dejado demasiadas preguntas comiendo solas en el comedor.

—No quería hijos —dije de pronto.

Mi madre me miró, confundida.

—¿Qué?

—Eso. Que no quería hijos. No los quiero. No quiero casarme, no quiero continuar nada, no quiero que alguien me llame mamá en una casa donde los secretos se heredan como la vajilla. Y llevo años escuchando a Alicia, a Aurora, a todos, como si yo estuviera rota por no querer dejar descendencia.

Mi madre me cogió la mano.

—No estás rota.

—Ya. Solo vengo un poco abollada de fábrica.

Sonrió apenas.

—Eso puede ser de familia.

—Qué bien. Algo más que reclamar en el testamento.

La sonrisa se le rompió enseguida.

—Tu padre habría querido que fueras libre.

—¿Y tú?

Me miró.

—Yo también. Aunque haya tardado demasiado en aprender cómo se ayuda a alguien a serlo.

Esa frase sí me tocó. De verdad. No como una revelación. Como una mano tibia en una zona fría.

Antes de que pudiera decir nada, un coche se detuvo fuera. Las luces atravesaron los cristales del salón y se deslizaron por las paredes como si alguien estuviera buscando una salida.

Elena Alvarado había llegado.

La puerta se abrió unos minutos después.

Entró acompañada por un agente, con el mismo abrigo beige de antes y una expresión que no tenía nada de sorpresa.

Llevaba el pelo perfecto, la cara tranquila y los ojos atentos.

Parecía una mujer que había venido preparada para un mal rato, quizá porque llevaba años sabiendo que llegaría.

Alicia se puso de pie.

Elena la miró.

No como una vecina.

No como una desconocida.

Como alguien que reconoce una deuda vieja.

—Buenas noches —dijo Elena.

—No tiene nada de buenas —respondí.

Su mirada pasó a mí.

—Inés.

—Veo que sigues sabiendo quién soy. Muy de agradecer en una noche donde todo el mundo finge amnesia.

Vega se acercó con la fotografía en la funda.

—Señora Alvarado, necesitamos hacerle unas preguntas sobre su madre.

Elena miró la foto.

No preguntó cuál.

No pidió verla mejor.

Solo dijo:

—Lucía.

—¿Reconoce esta imagen?

—Sí.

—¿Sabe por qué aparece en una fotografía tomada en la galería del piano de esta casa el 14 de octubre de 1991?

Elena tardó apenas un segundo en responder.

—Sí.

La habitación se quedó en silencio.

—¿Por qué? —preguntó Vega.

Elena se quitó los guantes despacio.

—Porque esa noche mi madre vino a llevarse a un niño.

Alicia hizo un sonido ahogado.

Elena la miró entonces con una calma que no era crueldad, pero tampoco piedad.

—A tu hijo, Alicia.

Alicia dio un paso atrás.

Beatriz la sostuvo por el brazo.

—No —susurró Alicia—. No, no, no.

Elena bajó la vista un instante. Cuando volvió a levantarla, su cara seguía controlada, pero algo le temblaba en la voz.

—Mateo no fue adoptado por una familia de Valencia.

Ramiro cerró los ojos.

Aurora pareció envejecer cinco años.

Yo sentí que la habitación se inclinaba otra vez.

—¿Entonces? —pregunté.

Elena me miró.

—Mateo creció en la finca de al lado. En mi casa.

Alicia dejó de respirar.

Y yo entendí, con un frío lento, que el hombre que había entrado esa noche por la verja lateral quizá no venía de fuera.

Quizá estaba volviendo a casa.