Todo Queda en Familia Capítulo 9
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Capítulo 9

El nombre de Mateo cambió la temperatura de la habitación.

No fue algo evidente. No bajaron las luces, no se apagó la chimenea, no entró una ráfaga de viento por debajo de las puertas.

Nada tan educado con el suspense. Fue peor.

Fue esa clase de frío que aparece cuando una palabra cae en el sitio correcto y todos entienden que ya no pueden fingir que no estaba allí.

Mateo.

El hijo de Alicia. El niño de la foto. El posible hombre encapuchado que había entrado por la verja lateral a las diez y doce de la noche y, según la cámara, no había vuelto a salir.

Alicia se quedó de pie, con las manos abiertas, como si acabara de soltar algo y todavía no se hubiera dado cuenta.

—No puede ser él —dijo.

—¿Por qué? —preguntó Vega.

—Porque no sabe quién soy.

La frase salió tan baja que durante un segundo casi pareció que Alicia hablaba consigo misma.

Yo la miré. Mi tía tenía la cara descompuesta, pero no por el maquillaje, que seguía resistiendo con una dignidad bastante admirable.

Estaba descompuesta por debajo. Se le había roto algo que llevaba décadas sujetando con horquillas, perfume y comentarios sobre la vida de los demás.

—¿Está segura? —preguntó la sargento.

Alicia asintió demasiado rápido.

—Sí.

—¿Nunca intentó contactar con él?

—No.

Silencio.

—¿Nunca? —pregunté.

Alicia giró la cabeza hacia mí. Por primera vez en toda la noche no parecía irritada conmigo. Parecía cansada.

—No directamente.

—Ah. El matiz favorito de esta familia.

—Contraté a una persona hace años —dijo—. Un investigador. Solo para saber si estaba bien.

—¿Y estaba bien?

Alicia tragó saliva.

—Vivía en Valencia con una familia normal.

—Normal —repetí—. Qué exótico.

Vega tomó nota.

—¿Nombre actual?

—No lo sé.

—¿No lo sabe o no quiere decirlo?

—No lo sé. Me dieron una fotografía, una dirección antigua y poco más. No quise seguir. Me asusté.

—¿Quién le dio esa fotografía?

—Un hombre que contraté en Madrid. Se llamaba Ortega. O eso dijo.

Ramiro soltó una risa breve, casi involuntaria.

—Alicia, por Dios.

Ella se volvió hacia él.

—Tú no digas mi nombre.

Ramiro cerró la boca. Fue un cierre pequeño, pero satisfactorio. En otra circunstancia habría pedido que lo repitiera.

Vega se acercó a Alicia un poco más.

—¿Julián sabía que usted había buscado al niño?

—Sí.

—¿Cómo?

Alicia miró a Aurora.

—Porque Julián sabía siempre dónde hurgar.

—Eso no es una respuesta.

—Encontró la foto. O alguien se la dio. No lo sé. Hace unas semanas me dijo que había secretos que dejaban de ser útiles si nadie los recordaba.

—¿Y la amenazó?

—Julián no amenazaba como la gente normal. Julián solo te describía el futuro con una sonrisa.

Aquella frase sí sonaba a él.

A un lado, mi madre seguía muy quieta. Yo notaba que quería hablar conmigo, pero no podía. O no se atrevía. O estaba haciendo lo de siempre: esperar a que el dolor se colocara en una esquina y dejara de molestar. El problema era que esa noche el dolor había decidido ocupar toda la casa.

Vega dio una orden a Molina para que comprobara datos sobre adopciones privadas, Enrique Soler, la dirección de la cámara exterior y cualquier entrada por la verja lateral. Después miró hacia la escalera.

—Vamos a revisar el piano.

—Quiero estar —dije.

—No.

—Es la segunda vez que me dices eso en cinco minutos. Empieza a parecer personal.

—Es profesional.

—La carta de mi padre estaba allí.

—Y por eso mismo no quiero que suba alterada.

—Sargento, esta familia lleva treinta años alterada y aun así nos dejan usar cubiertos.

Vega me sostuvo la mirada. Tenía esa paciencia seca de quien ya ha visto demasiadas tragedias vestidas de domingo.

—Puede esperar en el rellano, sin entrar en la galería y sin tocar nada.

—Eso en mi idioma significa sí.

—En el mío significa no me haga arrepentirme.

—Tenemos idiomas compatibles.

Mi madre se puso en pie.

—Voy contigo.

—Clara —dijo Aurora.

Fue una sola palabra, pero llevaba dentro todas las órdenes de una vida. Mi madre se giró despacio hacia ella.

—No.

No gritó. No hizo nada espectacular. Solo dijo “no”.

Y, aun así, me pareció uno de los actos más valientes que había visto en aquella casa.

Aurora la miró como si acabara de descubrir que una puerta antigua podía abrirse desde dentro. No respondió. Quizá porque no supo cómo. Quizá porque, por primera vez, nadie le estaba pidiendo permiso para respirar.

Subimos con Vega, Molina, Tomás y otro agente.

El pasillo del piso superior olía a polvo removido y a madera vieja.

La galería del piano seguía abierta, con la luz fría de las linternas cruzando los muebles cubiertos.

Desde arriba se veía parte del vestíbulo y el tramo curvo de la escalera.

Pensé en Julián al pie de los peldaños, en su mano extendida, en la copa colocada junto a él como un detalle decorativo.

Pensé en el mensaje: lo bajaron. Y esa palabra volvió a traerme una imagen incómoda: alguien moviendo un cuerpo que aún pesaba, alguien calculando ángulos, manchas, explicaciones.

El agente nos dejó en el umbral. Vega entró con Tomás.

—El compartimento está aquí —dijo él, señalando la parte inferior del teclado—. Pero hace años que no lo abro.

—¿La llave?

—No la tengo.

—¿Quién la tenía?

Tomás miró a mi madre.

—Don Andrés la llevaba siempre. Después de su muerte, no sé.

Mi madre habló desde el pasillo.

—Julián recogió sus llaves.

—¿Todas? —preguntó Vega.

—Eso dijo.

—¿Dónde las guardaba?

—En su despacho, quizá. Tenía una caja metálica con cosas de Andrés. Yo se la pedí muchas veces.

—¿Y?

Mi madre sonrió sin alegría.

—Julián era muy bueno diciendo que no sin usar la palabra.

Vega examinó el pequeño cierre del piano. Era antiguo, de latón oscurecido. Molina enfocó la linterna. Había marcas alrededor, arañazos recientes en la madera, como si alguien hubiera intentado abrirlo con prisa y poca delicadeza.

—Esto no es viejo —dijo la sargento.

Tomás se inclinó.

—No. Es reciente.

—¿Pudo hacerlo Julián?

—Pudo.

—¿Y alguien más?

Tomás soltó aire por la nariz. No era una risa.

—En esta casa siempre pudo hacerlo alguien más.

Vega pidió una herramienta fina a Molina. No tardaron mucho en abrirlo. El clic del cierre fue pequeño, pero a mí me sonó enorme. La tapa cedió y dejó al descubierto un hueco estrecho bajo el teclado.

Vacío.

O casi.

No había cuaderno de tapas verdes.

No había confesión completa.

No había una respuesta envuelta con la educación mínima de presentarse cuando una la estaba buscando.

Solo polvo, una goma elástica reseca y un rectángulo limpio donde claramente había estado guardado algo durante mucho tiempo. Algo del tamaño de una libreta.

—Aquí hubo algo —dijo Vega.

—El cuaderno —murmuré.

Mi madre se llevó una mano al pecho.

Vega iluminó el interior. En una esquina había un trocito de material verde, como una piel arrancada de una cubierta. Lo recogió con pinzas y lo metió en una bolsita.

—Parece parte de una tapa.

—Alguien lo sacó —dije.

—Sí.

—¿Cuándo?

Vega miró el polvo del hueco, los arañazos, las marcas en la madera.

—Hace poco.

—¿Esta noche?

—Puede ser.

La respuesta no me gustó. Las respuestas abiertas eran como puertas mal cerradas: invitaban a imaginar demasiado.

Mi madre se apoyó en la pared. Noté que le fallaban un poco las piernas. Me acerqué.

—¿Estás bien?

—No.

Fue una respuesta pequeña y perfecta. No venía con excusas ni maquillaje. Solo la verdad, agotada.

—¿Sabías que el cuaderno estaba ahí?

—No. Andrés nunca me dijo dónde lo había escondido. Solo que, si algún día pasaba algo, la verdad no estaría donde ellos buscaran.

—Y ellos buscaron igual.

Miré hacia abajo, hacia el vestíbulo. Desde allí subían voces apagadas. Alicia, quizá. O Beatriz. O la casa haciendo su ruido de siempre, ese murmullo de gente que intenta no hablar de lo único importante.

—¿Qué había en ese cuaderno? —pregunté.

Mi madre tardó.

—Nombres. Fechas. Pagos. Firmas.

—¿Firmas de qué?

—De la empresa familiar. De la adopción de Mateo. De la venta de unos terrenos. Del dinero que desapareció.

—El dinero que dijeron que robó papá.

Asintió.

La frase me dejó una rabia muy limpia. No de las que estallan. De las que se quedan quietas y empiezan a ordenar la habitación por dentro. Durante años había imaginado a mi padre como una pregunta incómoda. Ahora empezaba a verlo como una víctima que nos habían vendido con factura falsa.

Vega salió de la galería con la bolsita del fragmento verde.

—Vamos a registrar el despacho de Julián.

—Ahí sí quiero estar —dije.

—No.

—Lo intento por si te pillo cansada.

—No insista.

—Es mi tío muerto, mi padre muerto y mi vida familiar muerta en cuotas. Creo que tengo cierta suscripción.

La sargento me miró con una expresión que no era simpatía, pero se le parecía de lejos.

—Esperará fuera. Si aparece algo dirigido a usted, lo sabrá.

—Qué generosidad.

—Es lo que hay.

Bajamos de nuevo. En el salón, la escena había cambiado poco y, a la vez, bastante.

Alicia estaba sentada junto a Beatriz, que le había cogido una mano.

Aquello me sorprendió. Beatriz podía llorar por todo, sí, pero también tenía una ternura torpe que aparecía cuando menos la esperaba.

Álvaro caminaba de un lado a otro, cada vez más nervioso.

Ramiro hablaba en voz baja con Aurora hasta que Vega entró y los dos callaron.

Callaron demasiado tarde, que era una costumbre familiar preciosa si una disfrutaba viendo cómo la gente se delataba.

—¿Qué han encontrado? —preguntó Ramiro.

—Un compartimento vacío —respondió Vega.

La cara de Ramiro no cambió.

Su mano sí.

Se cerró sobre el respaldo de una silla.

—¿Vacío? —preguntó Aurora.

—Con señales de haber contenido una libreta o cuaderno recientemente.

—Eso es especulación.

—No. Es observación. La especulación vendrá cuando pregunte quién lo sacó.

Aurora se puso de pie.

—Quiero llamar a nuestro abogado.

—Su abogado está aquí.

—A uno que no esté siendo tratado como sospechoso.