Capítulo 9 #2
Ramiro la miró, ofendido por la utilidad de la frase.
Vega asintió.
—Podrá llamar bajo supervisión. Pero primero vamos al despacho de Julián.
Ramiro dio un paso.
—Insisto en acompañarla.
—No.
—Hay documentos confidenciales.
—Y quizá pruebas.
—No puede revisar todo sin criterio.
—Tengo un muerto, un mensaje anónimo, una sala con marcas de arrastre, una carta de hace años y un compartimento recién vaciado. Mi criterio está bastante entretenido.
No hubo aplausos. Una pena.
Vega, Molina y otro agente entraron en el despacho de Julián. La puerta quedó abierta, pero no lo suficiente como para ver bien. Yo me situé en el pasillo, apoyada contra la pared. Mi madre se quedó conmigo. Martina vino unos segundos después.
—¿El cuaderno? —preguntó.
—No está.
—Claro.
—¿Claro?
—En esta familia las respuestas nunca están en el primer cajón. Eso sería malgastar generaciones de mala leche.
—Esa frase ha sido muy nuestra.
—Me preocupa.
Álvaro apareció desde el salón.
—¿Qué hacéis aquí?
—Esperar a que alguien encuentre el índice de esta pesadilla —dije.
—Siempre tienes que hacer el comentario.
—Y tú siempre tienes que parecer culpable aunque solo estés respirando. Todos tenemos dones.
Álvaro se acercó más. Olía a whisky. No mucho, pero lo suficiente para que su valentía empezara a parecer alquilada.
—Deberías dejar de señalar a todos.
—No señalo a todos. A algunos ni me da tiempo.
—Julián te provocó delante de todos. Habló de tu padre. Y ahora resulta que hay una carta misteriosa escrita para ti. ¿No te parece demasiada casualidad?
—Sí. Por eso estoy aquí.
—A lo mejor todo esto te viene muy bien.
Mi madre se giró hacia él.
—Álvaro.
—¿Qué? ¿Nadie puede decirlo? Julián iba a cambiar el testamento. Igual Inés no era la única interesada en saber qué había dentro.
Le miré despacio.
—Álvaro, cariño, si yo matara a alguien por dinero, empezaría por alguien con una cuenta corriente más clara que la tuya.
Martina soltó una risa breve.
Álvaro se puso rojo.
—Qué graciosa.
—No tanto como tú intentando parecer solvente.
Su cara cambió.
Ahí había algo.
Una grieta.
—¿Qué sabes? —preguntó.
—De momento, que esa pregunta te queda fatal.
Martina se interpuso un poco.
—Álvaro, vete al salón.
—No me des órdenes.
—Entonces te lo pido como hermana: vete al salón antes de que sigas hablando y te detengan por torpe.
Álvaro la miró con odio, pero volvió sobre sus pasos.
Al hacerlo, casi chocó con Lidia, que salía del comedor acompañada por un agente.
La chica llevaba una bandeja vacía en las manos; supongo que se la habían dejado recoger después de revisar algunas cosas, o quizá necesitaba sujetar algo para no desmoronarse.
—Perdón —dijo Lidia.
Álvaro ni la miró.
—Cuidado —soltó.
La forma en que lo dijo me molestó. No era solo brusquedad. Era desprecio automático, de esos que la gente rica ni siquiera registra como violencia porque lo confunde con costumbre.
Lidia bajó la cabeza.
—Oye —dije.
Álvaro se detuvo.
—¿Qué?
—Se dice perdón cuando empujas a alguien.
—No la he empujado.
—Entonces enhorabuena por casi comportarte como una persona.
—Déjalo, Inés —murmuró Lidia.
La miré.
—¿Estás bien?
Asintió, pero sus ojos fueron hacia el despacho de Julián.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Hoy “nada” está teniendo muchísimo protagonismo.
Lidia apretó la bandeja contra el cuerpo.
—Es que... antes de la cena, don Julián me pidió que no entrara en su despacho bajo ningún concepto.
—¿Eso era raro?
—No. Pero luego me llamó desde dentro.
—¿Cuándo?
—Después del café. Antes de la discusión fuerte.
Mi madre se puso tensa.
—¿Y qué quería?
—Que le llevara agua.
—¿Agua? —pregunté.
—Sí. Un vaso de agua. Dijo que se encontraba mal.
La frase me dejó quieta.
—¿Se encontraba mal antes de caer?
Lidia asintió.
—Tenía mala cara. Sudaba. Pensé que era por la discusión o por el enfado.
—¿Le llevaste el agua?
—Sí.
—¿Y bebió?
—No lo sé. Dejé el vaso en la mesa. Él estaba buscando algo en los cajones. Me dijo que me fuera.
—¿Había alguien con él?
Lidia dudó.
—No vi a nadie.
—Pero.
—La puerta del baño del despacho estaba cerrada.
Mi madre y yo nos miramos.
—¿El despacho tiene baño? —pregunté.
—Sí —dijo ella—. Uno pequeño.
Lidia bajó más la voz.
—Y oí un ruido dentro.
—¿Qué ruido?
—Como si alguien respirara fuerte. O intentara no hacer ruido.
El pasillo pareció estrecharse.
Desde el despacho, Vega apareció en la puerta.
—¿Qué acaba de decir?
Lidia se sobresaltó.
La sargento salió con una bolsa transparente en la mano. Dentro había un vaso bajo, con restos de agua en el fondo.
—¿Este vaso? —preguntó.
Lidia asintió.
—Sí.
—Lo hemos encontrado en la mesa de Julián. Y en una papelera del baño había esto.
Levantó otra bolsa.
Dentro había un blíster vacío de pastillas.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—¿Qué es? —pregunté.
Vega leyó la etiqueta.
—Ansiolítico. Dosis alta.
—Julián no tomaba eso —dijo Aurora desde el salón.
Había salido sin que la oyéramos. O quizá llevaba escuchando desde hacía rato. Con Aurora nunca se sabía si aparecía o si simplemente ya estaba en todas partes.
—¿Está segura? —preguntó Vega.
—Mi hijo tomaba medicación para la tensión y antiinflamatorios cuando le dolía la rodilla. Nada más.
—¿Alguien en la casa toma ansiolíticos?
El silencio fue inmediato.
Alicia levantó la mano desde el salón, como una niña en clase.
—Yo.
Beatriz susurró:
—Yo también, a veces.
Álvaro miró al suelo.
Martina lo miró a él.
—¿Tú también? —pregunté.
—Para dormir —dijo él—. Como media España.
—Media España no tiene a su tío muerto en el recibidor, pero entiendo el matiz.
Vega observó el blíster.
—Este envase está vacío y parece reciente. Necesitaremos comprobar si el agua del vaso contiene restos.
—¿Insinúa que alguien drogó a Julián? —preguntó Ramiro desde el despacho.
—No insinúo. Investigo.
—Pero si Julián no bebió vino... —murmuré.
Mi madre terminó la frase por mí.
—Pudo beber agua.
La copa rota del vestíbulo, de pronto, perdió importancia. O ganó otra distinta. El vino podía ser decoración. El agua, en cambio, quizá había sido el principio.
Vega miró a Lidia.
—Ha dicho que la puerta del baño estaba cerrada. ¿Vio a alguien salir?
—No. Me fui enseguida.
—¿Quién sabía que Julián había pedido agua?
—Yo. Y quizá quien estuviera en el baño.
—¿Alguien más?
Lidia dudó.
—Don Álvaro estaba en el pasillo cuando salí.
Álvaro, que acababa de volver al borde del salón, se quedó inmóvil.
—Eso es mentira.
Lidia se encogió.
—Le vi.
—Yo estaba fumando.
—Te estás moviendo mucho para ser alguien que no estaba en ninguna parte —dije.
Álvaro me señaló.
—Tú cállate.
—Lo intento, pero me lo pones como un bufé libre.
Vega se acercó a Álvaro.
—¿Estuvo usted en el pasillo del despacho después de que Julián abandonara el comedor?
—No.
—Lidia dice que sí.
—Pues se equivoca.
—¿La está acusando de mentir?
—Estoy diciendo que se equivoca.
—Qué delicado —murmuró Martina.
Álvaro la miró.
—No empieces tú también.
Vega no apartó los ojos de él.
—Antes declaró que salió a fumar por la terraza lateral.
—Sí.
—¿En qué momento?
—Después de que Julián se fuera.
—¿Antes o después de que Lidia llevara el agua?
—No lo sé. No estaba mirando el reloj.
—¿Pasó por el pasillo del despacho para salir?
Álvaro abrió la boca.
La cerró.
Ese fue su segundo error.
—Sí —dijo al final—. Pude pasar. Pero no entré.
—Antes dijo que no estuvo allí.
—Dije que no estuve con Julián.
—No. Dijo que no estuvo en el pasillo.
Álvaro miró a Aurora, pero Aurora no le dio nada. Ni una orden. Ni una salida. Ni una mentira mejor.
—Me confundí.
Vega anotó.
—Esta familia se confunde mucho —dijo.
—Es genética —respondí.
Nadie me siguió el chiste. Comprensible. El blíster vacío había cambiado el suelo bajo nuestros pies.
Julián no había muerto simplemente por una caída. Cada indicio nuevo lo alejaba un poco más de la escalera y lo acercaba a algo preparado, torpe o cuidadosamente, por alguien que conocía sus hábitos, sus medicinas, sus habitaciones y sus miedos.
Vega volvió al despacho. Yo me quedé en el pasillo con la sensación de que la noche ya no avanzaba: cavaba.
Mi madre se acercó a mí.
—Inés.
—Dime.
—Si encuentran el cuaderno...
—Cuando lo encuentren.
—Si lo encuentran, puede que no todo sea como crees.
La miré.
—Mamá, ahora mismo creo tantas cosas malas que vas a tener que ser más precisa.
—Tu padre no era culpable de lo que dijeron, pero tampoco era inocente de todo.
La frase entró despacio.
No como una puñalada.
Como una llave girando en una cerradura que una no sabía que llevaba dentro.
—¿Qué hizo?
Mi madre miró hacia el despacho de Julián, hacia el vestíbulo, hacia la casa entera.
—Intentó salvar a alguien.
—¿A quién?
No contestó.
No porque no supiera.
Porque la respuesta salió del despacho antes que ella.
Vega apareció con una caja metálica entre las manos.
Vieja. Gris. Con una etiqueta amarillenta pegada en la tapa.
En la etiqueta ponía:
ANDRÉS.
Mi nombre no. El de mi padre.
Y debajo, escrito con letra de Julián:
No abrir sin mí.