Todo Queda en Familia Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—“No fui yo quien robó ese dinero. Eso debes saberlo antes que nada. Cometí errores, muchos, y algunos me persiguieron hasta el final. Pero no fui un ladrón. Firmé lo que no debía firmar y confié en quien no debía confiar. Julián lo sabe. Ramiro también. Y Aurora siempre supo más de lo que dijo.”

Aurora no se movió.

Yo sí.

Me incliné hacia delante, con las manos apretadas.

—“La noche de la galería empezó como empiezan casi todas las desgracias en esta casa: con alguien diciendo que era por el bien de la familia. Alicia lloraba. Clara quería marcharse. Julián hablaba de soluciones. Ramiro ponía papeles sobre el piano como si el dolor necesitara membrete para existir. Yo firmé para evitar un escándalo que no era mío. Y después el escándalo se convirtió en mi nombre.”

Alicia empezó a llorar en silencio. Esta vez nadie la miró mal.

Vega continuó.

—“Si alguna vez te dicen que la casa debe conservarse por encima de todo, no lo creas. Ninguna casa vale lo que cuesta mantener una mentira. Busca el cuaderno de tapas verdes. No está donde ellos creen. Si Julián sigue vivo cuando leas esto, pregúntale por la firma de Aurora. Si Julián ya no puede responder, pregunta quién se quedó con la llave del piano.”

La sargento se detuvo.

—¿Llave del piano? —preguntó Martina.

Tomás levantó un poco la cabeza.

—El piano tiene compartimento.

Todos lo miramos.

—¿Qué compartimento? —preguntó Vega.

—Bajo el teclado. Antiguamente se guardaban partituras. Don Andrés lo usaba a veces.

—¿Tiene llave?

—Sí. Pequeña. De latón.

—¿Dónde está?

Tomás dudó.

Aurora habló antes.

—Eso es absurdo.

Vega la miró.

—Todavía no le he preguntado.

—No hay ningún cuaderno.

—Curiosa seguridad.

—Esta carta puede ser una falsificación.

—¿También la fotografía?

—Las fotografías no explican delitos.

—No, pero suelen incomodar a quienes los recuerdan.

Aurora apretó la mandíbula. Yo seguía mirando la carta.

—Siga leyendo —dije.

Vega bajó la vista al papel.

—“Perdóname, Inés. Perdóname por no haber sido más valiente antes. Perdóname por dejar que crecieras dentro de una historia escrita por otros. Si algún día consigues salir de esta casa sin mirar atrás, hazlo. Y si decides quedarte para descubrir la verdad, no confundas sangre con familia. La sangre mancha. La familia, si lo es de verdad, limpia.”

Ahí se me rompió algo.

No de forma bonita. No como en las novelas donde una lágrima resbala con dignidad por la mejilla. Se me cerró la garganta y tuve que mirar hacia otro lado porque, si seguía mirando aquella hoja, iba a hacer algo imperdonable, como llorar delante de Alicia.

Mi madre me cogió la mano.

No dijo nada.

Se lo agradecí más que si hubiera intentado explicarlo.

Vega terminó.

—“Tu padre, Andrés.”

El silencio que siguió no fue familiar. Fue otra cosa. Un silencio nuevo, casi decente. Durante unos segundos nadie se defendió, nadie fingió, nadie corrigió el tono de nadie. Incluso Aurora permaneció callada, aunque su silencio tenía los puños cerrados.

Yo miré a mi madre.

—¿Lo sabías?

Negó con la cabeza. Esta vez la creí.

—No. Esa carta no.

—Pero sabías que no robó.

—Sí.

—¿Y sabías lo del cuaderno?

Clara tardó demasiado.

—Oí hablar de él una vez.

—¿Una vez?

—Andrés decía que había apuntado fechas, nombres, pagos. Cosas que no quería olvidar.

—¿Y dónde está?

—No lo sé.

Me reí, pero sin humor.

—Si cobrásemos por cada “no lo sé” de esta noche, podríamos recomprar la finca a los Alvarado.

Ramiro se separó de la estantería.

—Esa carta no prueba nada.

Fue una mala decisión.

La habitación entera se giró hacia él.

—Ramiro —dijo mi madre—, por favor.

—No, Clara. No podemos permitir que una carta sin verificar, aparecida en circunstancias más que dudosas, reescriba hechos de hace doce años.

—¿Hechos? —pregunté—. Qué palabra tan cómoda para un entierro.

—Tu padre firmó documentos.

—Según él, porque vosotros se los pusisteis delante.

—Andrés era adulto.

—Y vosotros erais familia. Que, por lo visto, es bastante peor.

Ramiro me miró con una mezcla de cansancio y desprecio. Se le estaba cayendo la piel amable, y debajo no había nada especialmente atractivo.

—No sabes lo que ocurrió.

—No. Pero cada vez tengo más claro quién se esforzó para que no lo supiera.

Alicia habló desde el sofá.

—Ramiro, cállate.

Él se volvió hacia ella.

—Alicia...

—No. Ya te hemos escuchado muchos años. Cállate un rato.

Ramiro pareció recibir la frase como una bofetada. Quizá porque venía de alguien a quien siempre había considerado fácil de manejar. Alicia podía ser muchas cosas, pero esa noche empezaba a recordar que también había sobrevivido a ellos.

Vega dobló la carta con cuidado y la volvió a guardar.

—Vamos a revisar el piano.

—No —dijo Aurora.

La palabra fue seca.

Absoluta.

Vega levantó la vista.

—¿No?

—Esa sala está en mal estado. Puede ser peligroso.

—Lo tendré en cuenta.

—No me ha entendido.

—Sí la he entendido. Usted no me ha convencido.

Aurora se incorporó un poco.

—Sargento, no sabe dónde se está metiendo.

La frase sonó a amenaza.

No grande. No de película. De las otras. De las que una familia rica pronuncia con calma porque está acostumbrada a que el mundo se aparte por educación.

Vega la sostuvo la mirada.

—Me estoy metiendo en una habitación con posibles restos de sangre, marcas de arrastre y un sobre vinculado al fallecido. De momento me parece un sitio bastante adecuado para una investigación.

Aurora no respondió.

Mi madre apretó mi mano.

—La llave del piano —dijo en voz baja.

La miré.

—¿Qué?

—Andrés la llevaba en el llavero. Una llave pequeña, dorada.

—¿La conservas?

—No. Después de su muerte, sus cosas... —Se detuvo.

—¿Qué?

—Julián se encargó de recogerlas.

Sentí que la rabia me subía despacio. No como un estallido. Como una marea sucia.

—Claro que sí.

Vega nos oyó.

—¿El fallecido pudo tener esa llave?

—Sí —dijo mi madre.

—Entonces quizá esté entre sus pertenencias.

—O en su despacho —añadí.

Ramiro se movió apenas.

Lo vi.

La sargento también.

—Revisaremos el despacho —dijo.

Ramiro recuperó su voz de abogado, aunque ya no le quedaba tan bien.

—Insisto en que allí hay documentación sensible.

—Y yo insisto en que su sensibilidad me preocupa menos cada vez.

Uno de los agentes apareció en la puerta.

—Sargento.

—¿Sí?

—Hemos revisado las cámaras interiores.

Aurora cerró los ojos un segundo.

—¿Y? —preguntó Vega.

—Estaban apagadas desde las veintiuna treinta y siete. El sistema fue desconectado manualmente desde el cuarto de seguridad.

—¿Quién tiene acceso?

Tomás respondió.

—Don Julián, doña Aurora y yo.

—¿Alguien más?

Tomás miró a Ramiro.

—El señor Montero conoce el código. Para emergencias.

Ramiro soltó aire por la nariz.

—Esto es ridículo.

—Puede ser —dijo Vega—. Pero está siendo muy productivo.

El agente añadió:

—Hay algo más. La cámara exterior de la entrada sí grabó hasta las veintidós cuarenta. Después también se apagó.

—¿Y antes de apagarse?

El agente miró su libreta.

—Grabó a una persona entrando por la verja lateral.

Todos callamos.

—¿Quién? —preguntó Vega.

—No se ve bien la cara. Lleva capucha. Pero parece joven. Varón. Entra a las veintidós doce y no vuelve a salir en la grabación.

Alicia se puso en pie como si la hubieran tirado de un hilo.

—No.

Vega la miró.

—¿Tiene alguna idea de quién puede ser?

Alicia no contestó. Miraba el teléfono escondido, la foto del niño que ya no era niño, la puerta de la casa, todos los sitios a la vez.

—Mateo tendría treinta y cuatro años ahora —dije.

La frase salió sola.

Alicia cerró los ojos.

Beatriz empezó a llorar otra vez, pero esta vez nadie la mandó callar.

Aurora se hundió un poco en su butaca. Muy poco. Lo suficiente para parecer, por fin, una mujer de ochenta y cinco años rodeada de todo lo que había intentado enterrar.

Vega dio una orden al agente para revisar la finca y avisar a las patrullas cercanas.

Yo miré hacia la escalera.

Al piso superior.

A la galería.

Al piano.

Y por primera vez desde que había llegado a la Casa de las Hiedras, tuve la sensación de que la casa no estaba ocultando un secreto.

Estaba devolviéndolos.

Uno por uno.