Capítulo 8
Durante unos segundos me olvidé de Julián.
No del todo, claro. Seguía muerto abajo, y la muerte tiene esa mala educación de no desaparecer solo porque una encuentre algo más urgente.
Pero al ver mi nombre escrito sobre aquel sobre, con la letra de mi padre, sentí que el cuerpo del vestíbulo se alejaba un poco, como si la casa acabara de abrir una segunda habitación dentro de la primera.
La sargento Vega levantó una mano antes de que yo diera un paso.
—Nadie entra.
—Ese sobre es mío.
—Ese sobre está en una habitación relacionada con una muerte sospechosa.
—Tiene mi nombre.
—Y precisamente por eso no va a tocarlo.
Tenía razón. La odié un poco por eso. Hay personas que resultan insoportables cuando son injustas, pero las peores son las que tienen razón en el momento exacto en que tú necesitas que no la tengan.
Mi madre llegó detrás de mí y se quedó en el umbral. No dijo nada. Solo miró el sobre. Vi cómo se le iba la sangre de la cara.
—Mamá —dije—. Es su letra, ¿verdad?
No respondió.
No hizo falta.
Alicia estaba apoyada contra la pared del pasillo, temblando.
Había gritado al ver la puerta abierta, pero ahora parecía que el grito se le había quedado dentro, dando vueltas.
Martina miraba la galería con los brazos cruzados y la mandíbula tensa.
Álvaro apareció un segundo después, seguido de Beatriz y Ramiro.
Aurora no venía. O eso pensé hasta que oí su bastón —el suyo, no el de Julián— golpeando el suelo del pasillo con una lentitud cargada de rabia.
—¿Qué ocurre ahora? —preguntó.
Nadie contestó.
Vega se puso unos guantes nuevos y entró en la galería.
La linterna del agente Molina iluminó los surcos del suelo: marcas largas, recientes, hechas sobre la madera polvorienta.
No había que ser una mente privilegiada para entenderlas.
Algo pesado había sido arrastrado allí dentro. Algo que luego había salido. O alguien.
El piano negro estaba al fondo, cubierto a medias por una sábana gris. La tela había sido apartada del teclado y sobre las teclas descansaba el sobre blanco, colocado con una delicadeza casi ofensiva. Mi nombre estaba escrito en el centro.
Inés.
No “Inés Valcárcel”. No “para Inés”. Solo mi nombre.
Como lo escribía mi padre en las tarjetas de cumpleaños.
La sargento fotografió el sobre antes de tocarlo. Luego lo levantó con cuidado y lo metió en una funda transparente.
—¿Reconoce la letra? —me preguntó.
Mi garganta tardó en funcionar.
—Creo que sí.
—Necesito una respuesta más concreta.
—Es la letra de mi padre.
Mi madre soltó aire, muy despacio, como si llevara un minuto sin respirar.
Vega la miró.
—¿Usted lo confirma?
Clara asintió.
—Sí.
—Dígalo en voz alta, por favor.
—Es la letra de Andrés.
Aurora habló desde el pasillo.
—Eso no demuestra nada. Andrés escribía cartas como quien deja trampas.
La miré.
—Qué bonito recuerdo familiar, abuela. ¿Lo tienes bordado en un cojín?
—No empieces.
—No, si empezar empezasteis vosotros hace años. Yo solo estoy llegando tarde.
La sargento guardó el sobre y siguió observando la habitación.
No parecía interesada en nuestras heridas a menos que sangraran cerca de una prueba.
En el suelo, junto a una pata del piano, había una mancha oscura.
No era grande, pero sí suficiente para que el aire se volviera más pesado. Molina se agachó para fotografiarla.
—¿Eso es sangre? —preguntó Beatriz desde el pasillo.
—No lo sabemos aún —respondió Vega.
—Tiene bastante pinta —dije.
—Inés —murmuró mi madre.
—Perdón. Seguro que es mermelada de una merienda muy traumática.
Nadie rió. Ni siquiera Martina. Había momentos en que la realidad se ponía tan fea que el humor no rebotaba; se quedaba pegado en la pared, como una mosca triste.
Vega se acercó al piano. Pasó la linterna por las teclas, por la madera del borde, por la sábana apartada. Después miró hacia la puerta.
—¿Quién ha abierto esta sala?
Nadie contestó.
La pregunta flotó en el pasillo, chocó con todos y volvió intacta.
—La llave de servicio no estaba en su sitio —dijo Tomás, que había subido detrás de nosotros—. Yo tengo mi copia, pero no la he usado hoy.
—¿Y la suya? —preguntó Vega a Aurora.
Mi abuela apretó la empuñadura del bastón.
—La guardo en mi dormitorio.
El agente que había ido con ella apareció entonces al fondo del pasillo.
—Sargento.
Vega se giró.
—¿La llave?
—No está donde la señora dice.
La cara de Aurora no cambió.
Eso fue lo inquietante.
Alicia soltó un suspiro pequeño. Beatriz empezó a llorar otra vez, pero ya sin ganas, como quien repite una costumbre porque no sabe hacer otra cosa.
—¿Quién más sabía dónde guardaba esa llave? —preguntó Vega.
—El personal de la casa —respondió Aurora.
Tomás levantó la cabeza.
—Yo no.
—No te he acusado.
—No hacía falta.
La frase salió de Tomás con una dignidad cansada. Aurora lo miró como si acabara de descubrir que los muebles también podían opinar.
La sargento se acercó a los surcos del suelo.
—¿Cuándo se limpió esta habitación por última vez?
Tomás respondió enseguida.
—Hace tres semanas. Ventilé, pasé el polvo y revisé la humedad. No había estas marcas.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿El piano se movió?
—No. Hace años que no se mueve.
—¿Y estos muebles?
—Tampoco.
Vega iluminó el suelo desde el centro de la galería hasta la puerta. Los surcos no eran rectos del todo. Parecían el rastro torpe de algo arrastrado deprisa. O de alguien con poco tiempo y menos pulso.
—La puerta da al rellano principal —dijo la sargento.
—Sí —respondió Tomás.
—Y desde ahí se accede a la escalera.
—Sí.
Vega no dijo lo que todos pensamos.
No hizo falta.
Julián quizá no había caído desde arriba. Quizá había sido trasladado desde allí. Quizá el golpe que oímos no fue el accidente, sino la puesta en escena final. La muerte convertida en teatro familiar. En la Casa de las Hiedras hasta los cadáveres parecían obligados a representar un papel.
Me acerqué un poco al umbral.
—Quiero ver esa carta.
—Ahora no —dijo Vega.
—Sargento.
—No.
—Tiene mi nombre y la letra de mi padre muerto. Creo que me he ganado un poco de mala conducta.
—Y yo necesito que esto no se contamine.
—La habitación ya está bastante contaminada de familia.
—Inés —dijo mi madre, pero esta vez no sonó a reprimenda. Sonó a súplica.
Vega me observó unos segundos. Supongo que vio lo que yo intentaba esconder con chistes: que estaba a punto de romperme y que, si me rompía delante de todos, algunos iban a disfrutar recogiendo los trozos.
—La abriré yo —dijo al fin—. Delante de usted. Sin que la toque.
—Gracias.
—No me dé las gracias todavía.
Tenía razón. Otra vez. Empezaba a resultar una costumbre desagradable.
Bajamos al salón porque Vega no quiso abrir el sobre en el pasillo, rodeada de familia respirándole encima.
Aunque, para ser justos, en el salón la familia también respiraba encima, solo que sentada y con más lámparas.
Los agentes acordonaron la galería y el rellano.
Nadie podía subir. Nadie podía bajar al jardín.
Nadie podía desaparecer. Alicia preguntó si podía beber agua y Vega le dijo que sí, siempre que la botella se la entregara un agente.
Alicia recibió aquello como si la estuvieran encarcelando en una prisión sin marca de agua mineral.
Nos sentamos, o fingimos sentarnos. Mi madre quedó a mi lado.
Martina se puso cerca de la chimenea. Álvaro estaba de pie, inquieto, moviendo el peso de un pie a otro.
Beatriz abrazaba un cojín como si fuera un perro pequeño.
Aurora ocupaba su butaca, pero por primera vez parecía menos dueña de ella.
Ramiro se había quedado apartado, junto a una estantería, con los brazos cruzados.
Miraba el sobre como si en lugar de papel fuera un animal venenoso.
Vega dejó la funda transparente sobre la mesa baja y se puso unos guantes limpios. Luego abrió el sobre con muchísimo cuidado.
Yo contuve la respiración.
Dentro había una hoja doblada y una fotografía antigua.
La sargento sacó primero la foto. La colocó sobre una superficie limpia, sin tocarla con los dedos.
Era una imagen en color, algo desvaída. Reconocí la galería del piano al instante.
El piano aparecía al fondo, descubierto, brillante.
Delante había cinco personas: mi padre, mucho más joven, con el pelo algo revuelto y una sonrisa ladeada; mi madre, muy joven también, con una mano apoyada en su brazo; Julián, serio, elegante ya en su juventud, con esa misma cara de hombre que cree estar por encima de la habitación; Ramiro, más delgado y con gafas grandes; y Alicia, jovencísima, sentada en un taburete, con un vestido claro y la mirada perdida fuera del encuadre.
En el reverso de la foto había una fecha escrita.
Vega la leyó.
—Catorce de octubre de 1991.
Alicia se tapó la boca.
Mi madre se quedó inmóvil.
—¿Qué pasó ese día? —pregunté.
Nadie contestó.
Qué sorpresa.
Vega desplegó la hoja.
La reconocí antes de que leyera nada. Era la letra de mi padre. Más inclinada de lo que la recordaba, más rápida, como si la hubiera escrito con prisa o con rabia.
—Voy a leerla —dijo la sargento—. Si alguien reconoce algún dato relevante, no interrumpa. Lo dirá después.
Me pareció una norma preciosa. Totalmente incompatible con mi familia.
Vega empezó.
—“Inés: si algún día esto llega a tus manos, siento que tenga que ser así. Hay verdades que uno cree poder ordenar con paciencia, pero las familias como la nuestra no se ordenan. Se tapan.”
Sentí que mi madre se estremecía a mi lado.
La voz de Vega siguió, firme, sin dramatizar. Eso fue peor. Si hubiera leído con emoción, yo habría podido odiarla por apropiarse de algo mío. Pero lo leyó como quien sabe que algunas palabras ya traen su propia carga.