Capítulo 7 #2
Recordaba la galería del piano como una sala alargada del piso superior, situada sobre parte del vestíbulo, llena de sábanas blancas cubriendo muebles, un piano negro desafinado y un olor a madera vieja.
Hacía años que no se usaba. Según Aurora, porque la humedad había estropeado el suelo.
Según mi padre, porque en esa casa todo lo que sonaba demasiado acababa encerrado.
—¿Quién tiene llave? —pregunté.
—Doña Aurora. Don Julián. Y yo, para limpiar. Aunque casi nunca se abre.
—¿Casi?
Tomás miró hacia mi abuela.
—A veces don Julián subía.
—¿Para qué?
—No lo sé.
—Esa frase está haciendo horas extra esta noche.
Tomás apretó los labios.
—Hay algo más.
—Claro. Porque una noche así no iba a conformarse con un único hoyo.
Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un llavero pequeño. Lo abrió apenas, enseñándome una llave antigua, larga y oscura.
—La llave de la galería no está en el armario de servicio.
—¿Y esa?
—Es la mía.
—¿La otra quién la tiene?
—Debería estar colgada con las demás. No está.
Miré otra vez la escalera.
De pronto la palabra del mensaje cambió de forma.
Lo bajaron.
No “lo empujaron”. No “se cayó”.
Lo bajaron.
Desde arriba.
Desde una sala cerrada.
Desde un sitio donde quizá Julián había estado antes de aparecer al pie de la escalera, con una copa que no había bebido y un bastón escondido detrás de una cortina.
—Tienes que decírselo a Vega —dije.
—Lo sé.
—No, Tomás. No “lo sé” de forma poética y resignada. Lo sabes de verdad y lo haces. Ya.
Me miró con una mezcla de vergüenza y cansancio.
—Sí, señorita.
—Y deja de llamarme señorita. Me hace sentir que voy a heredar una vajilla o una enfermedad.
Esta vez sí sonrió un poco.
—Inés.
—Mejor.
Tomás dio un paso hacia Vega, pero antes de llegar, Alicia subió la escalera acompañada por Molina. Al pasar junto al cuerpo de Julián, apartó la mirada. No con miedo. Con rabia. Quizá aquella noche todos estábamos descubriendo que el duelo tenía muchas caras, y algunas no lloraban.
Vega vio a Tomás acercarse.
—¿Sí?
Él tragó saliva.
—Tengo que decirle algo sobre la galería del piano.
La sargento se giró hacia él por completo.
—Le escucho.
Tomás explicó lo del ruido. Lo hizo despacio, con más culpa que palabras. Contó que había oído un arrastre breve antes del golpe, que la llave de servicio de la galería no estaba en su sitio y que esa sala llevaba tiempo casi sin usarse. Mientras hablaba, vi cómo Aurora se tensaba.
No mucho.
Lo suficiente.
—¿Qué es la galería del piano? —preguntó Vega.
—Una sala del piso superior —respondió Aurora—. Está cerrada por problemas de humedad.
—¿Quién la ha abierto últimamente?
—No lo sé.
—¿Tiene usted llave?
—Sí.
—Entréguela.
Aurora no se movió.
—No la llevo encima.
—¿Dónde está?
—En mi dormitorio.
—La acompañará un agente.
—No pienso permitir que registren mi dormitorio como si esto fuera una redada.
Vega la miró.
—Señora, si quiere que esto se parezca menos a una redada, deje de comportarse como alguien que esconde algo.
El silencio fue magnífico. Tan magnífico que Alicia se habría ofendido de no estar subiendo las escaleras hacia su hijo perdido.
Aurora se levantó. Por primera vez parecía realmente furiosa.
—Muy bien.
Un agente la acompañó hacia el pasillo del ala este. Ramiro hizo ademán de seguirla, pero Vega lo detuvo.
—Usted se queda aquí.
—Soy el abogado de la familia.
—Precisamente.
Ramiro apretó la mandíbula.
Mi madre se acercó a mí cuando Aurora salió.
—¿Qué te ha dicho Tomás?
—Que oyó algo arrastrándose arriba.
—¿Algo?
—O alguien moviendo algo.
Clara miró hacia la escalera. Su cara volvió a cerrarse.
—La galería del piano no debería estar abierta.
—Esa frase, mamá, por si no lo has notado, pide a gritos una continuación.
—Tu padre tocaba allí.
No esperaba eso.
—¿Papá tocaba el piano?
—Mal —dijo ella, y por un segundo sonrió—. Muy mal. Pero le gustaba. Decía que una familia como esta necesitaba más ruido desafinado y menos silencios perfectos.
Me quedé callada.
Me habría gustado conocer mejor a ese hombre. No al padre convertido en escándalo. No al muerto convertido en tema prohibido. Al hombre que tocaba mal el piano en una sala cerrada para molestar a los silencios de la familia.
—Después de lo que pasó —continuó mi madre—, Julián mandó cerrar la galería.
—¿Por la humedad?
—No.
—¿Por qué?
Mi madre miró al vestíbulo. Al cuerpo. A la escalera.
—Porque allí empezó todo.
No pude preguntar más.
Arriba se oyó un grito.
No fue un golpe. No fue una caída. No fue esa clase de sonido que una intenta explicar antes de entender.
Fue Alicia.
La sargento Vega salió disparada hacia la escalera.
Yo fui detrás. Martina también. Mi madre me llamó, pero no me detuve.
En el rellano, la luz amarilla de los apliques hacía que las sombras parecieran más largas.
Alicia estaba de pie ante una puerta abierta, con una mano en el marco y la otra tapándose la boca. Molina sostenía una linterna.
—No entréis —ordenó Vega.
Naturalmente, miré.
La galería del piano estaba abierta.
Olía a polvo, a humedad y a algo metálico que no quise nombrar demasiado rápido. El piano seguía al fondo, cubierto por una sábana vieja. Había muebles tapados, cajas apiladas y marcas en el suelo de madera, surcos recientes que cruzaban la estancia desde el centro hasta la puerta.
Como si hubieran arrastrado algo pesado.
O a alguien.
En el suelo, junto a una de las patas del piano, había una mancha oscura.
Y sobre el teclado, colocado con cuidado, había un sobre blanco.
Mi nombre estaba escrito encima.
Inés.
Con una letra que yo conocía.
No de ahora.
De una foto antigua, de una postal guardada, de una felicitación de cumpleaños que mi madre conservaba en una caja.
La letra de mi padre.