Todo Queda en Familia Capítulo 7
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Capítulo 7

Alicia se quedó mirando la pantalla del teléfono como si acabaran de enseñarle un fantasma que llevaba años intentando no nombrar.

La foto era pequeña y estaba algo desenfocada, pero se veía bien al niño.

Tendría unos diez años. Estaba sentado en los escalones del jardín, con las rodillas separadas, una camisa clara y esa sonrisa tímida que tienen algunos niños cuando todavía no saben si el mundo les va a tratar bien o solo está calentando.

Había algo familiar en su cara, pero no supe decir qué.

La forma de la boca, quizá. O los ojos. O esa expresión de estar esperando permiso para existir.

Alicia dio un paso hacia la sargento.

—¿Dónde estaba eso?

—En el paragüero del recibidor —respondió Vega.

—No.

No fue un “no” de negación. Fue un “no” de súplica. Como si la palabra pudiera empujar el teléfono de vuelta al sitio donde había estado escondido.

Aurora se levantó muy despacio.

—Alicia, siéntate.

—No me digas que me siente.

La frase dejó la habitación más fría.

Alicia nunca le hablaba así a Aurora. Podía ser insoportable, cruel, indiscreta y bastante dada a repartir consejos como si fueran caramelos envenenados, pero con mi abuela mantenía siempre una especie de obediencia antigua.

Esa noche se le había roto. Y, por primera vez, no parecía saber cómo recoger los pedazos.

Vega miró la pantalla y luego a ella.

—¿Reconoce al niño?

Alicia apretó el pañuelo entre las manos. El pobre pañuelo ya había pasado por tantas fases emocionales que empezaba a merecer abogado propio.

—Sí.

—¿Quién es?

Alicia abrió la boca, pero no salió nada.

Aurora habló por ella.

—Eso no tiene relación con la muerte de Julián.

La sargento ni siquiera la miró.

—No le he preguntado a usted.

—Le estoy diciendo que está removiendo asuntos privados.

—Hay un teléfono oculto en la escena, desde el que se ha enviado un mensaje anónimo sobre el fallecido, y la imagen de fondo parece afectar a una de las presentes. La privacidad ha perdido bastante terreno.

Alicia soltó una risa rota. No era bonita. No era de salón. Era una risa que parecía haberse caído también por las escaleras.

—Es mi hijo —dijo.

Nadie respiró.

Yo ya lo había entendido, o creía haberlo entendido, pero oírlo en voz alta fue otra cosa.

Las palabras colocaron al niño en la habitación, entre el muerto, la policía y la tarta olvidada en el comedor.

De pronto todos los comentarios de Alicia sobre mi edad, mis hijos inexistentes, mi vida sin marido y mi supuesta fecha de caducidad se dieron la vuelta como una prenda manchada por dentro.

No la justificaban.

Pero la explicaban un poco.

Y a veces eso molestaba más.

—¿Su hijo? —preguntó Vega.

Alicia asintió.

—Se llamaba Mateo.

—¿Se llamaba?

—No sé cómo se llama ahora.

La sargento dejó que la frase respirara.

—Explíquese.

Alicia miró a Aurora. Mi abuela seguía de pie, con el rostro rígido y las manos apoyadas en el bastón invisible de su autoridad. Se notaba que quería mandar callar a todo el mundo, pero incluso ella debía de comprender que la noche ya no aceptaba órdenes antiguas.

—Me quedé embarazada con diecinueve años —dijo Alicia—. No estaba casada. El padre era... nadie que importara a esta familia.

—Qué forma tan bonita de decir que no tenía dinero —murmuré.

Alicia no me contestó. Quizá ni me oyó.

—Me dijeron que era lo mejor. Que yo no podía criar a un niño. Que destrozaría mi vida. Que destrozaría el apellido. Que la gente hablaría. —Miró a Aurora, pero siguió hablando para la sargento—. Julián se encargó de todo. Ramiro también estaba. Y Enrique Soler.

—El notario —dijo Vega.

—Sí.

—¿Qué hicieron?

Alicia se limpió una lágrima con el dorso de la mano. Sin pañuelo. Sin delicadeza. Ese gesto, por alguna razón, me hizo creerla más.

—Una adopción privada. Rápida. Limpia. Todo muy limpio. En esta familia lo sucio siempre se ha hecho con papeles impolutos.

Ramiro no estaba en la sala en ese momento. Seguía declarando con uno de los agentes, y pensé que era una pena. Me habría gustado verle la cara al oír aquello. Luego pensé que quizá no hacía falta. Ramiro debía de llevar décadas ensayando caras para todo tipo de pecados.

Vega señaló el teléfono.

—¿Y esa fotografía?

Alicia tragó saliva.

—La conseguí años después. Contraté a alguien para buscarlo. No quise molestarlo. Solo quería saber si estaba vivo. Si estaba bien.

—¿Y lo estaba?

Alicia miró la imagen.

—Parecía un niño normal.

Aquello fue tan triste que nadie hizo ningún comentario. Ni siquiera yo. A veces hasta mi lengua sabía cuándo quitarse de en medio.

—¿Dónde guardaba esa foto? —preguntó Vega.

—En mi habitación. En una caja pequeña, dentro del armario.

—¿Aquí?

—Sí. En esta casa.

—¿Ha traído esa caja hoy?

—No. Lleva años aquí. En mi antiguo cuarto.

—¿Quién tiene acceso a esa habitación?

Alicia soltó una risa sin alegría.

—Esto es la Casa de las Hiedras, sargento. Aquí todo el mundo tiene acceso a lo que no debería.

Vega anotó.

Aurora volvió a intervenir.

—Ese asunto pertenece al pasado.

Alicia la miró.

—Mi hijo pertenece al pasado porque tú lo decidiste.

La frase golpeó tan fuerte que Beatriz empezó a llorar otra vez, pero esta vez de una forma distinta. Menos decorativa. Más de hermana.

—Alicia... —susurró.

—No —dijo Alicia—. Tú no llores ahora. Tú también lo sabías.

Beatriz se cubrió la boca.

Yo miré a Martina. Ella no parecía sorprendida del todo. Eso me hizo pensar que algunas verdades, en las familias, no se saben exactamente; se huelen. Como la humedad detrás de una pared recién pintada.

—¿Julián la amenazó hoy con revelar esto? —preguntó Vega.

—Sí.

—¿Durante la cena?

—Antes. Y después. —Alicia respiró hondo—. Me dijo que iba a ordenar la familia. Que ya estaba cansado de cargar con las vergüenzas de todos. Como si no hubiera sido él quien las había puesto en cajas.

—¿Por eso discutió con él en el pasillo?

—Sí.

—¿Lo siguió al despacho?

—No.

—¿Subió al piso de arriba?

—No.

—¿Tocó su bastón?

—No.

—¿Le sirvió vino?

—No.

—¿Le envió el mensaje a Inés?

Alicia miró el teléfono como si fuera un animal muerto.

—No. Ni siquiera sabía que ese móvil existía.

Vega sostuvo su mirada unos segundos.

—De acuerdo. Lo comprobaremos.

Alicia se sentó despacio. No en el sillón de antes, sino en una silla cualquiera, como si de pronto hubiera perdido el derecho a elegir sitio.

Mi tía Alicia, la mujer que me había dicho treinta y dos años como quien anuncia una plaga, parecía mucho más pequeña.

No mejor. No inocente. Solo más pequeña.

Y yo, que tenía una facilidad preocupante para el rencor, no supe qué hacer con eso.

La puerta de la salita se abrió y apareció Ramiro. Venía acompañado por el agente, con la chaqueta desabrochada y la expresión de alguien que ha recordado tarde que incluso los secretos con membrete pueden caducar. Al entrar, notó el ambiente distinto.

—¿Qué ocurre?

Alicia lo miró.

—Han encontrado una foto de Mateo.

Ramiro se quedó quieto.

Fue mínimo. Apenas un corte en el movimiento. Pero ahí estaba. Otro gesto pequeño. Otro cuerpo traicionado por sí mismo.

—No sé de qué hablas —dijo.

Alicia sonrió con una amargura nueva.

—Claro que lo sabes.

Vega se acercó a él con el teléfono en la mano enguantada. No se lo mostró demasiado cerca, solo lo suficiente.

—¿Reconoce esta imagen?

Ramiro miró la pantalla.

—No.

—¿Está seguro?

—Sí.

—Hace un segundo ha reaccionado al nombre de Mateo.

—He reaccionado al tono de la conversación.

—Qué oído tan selectivo —dije.

Ramiro me ignoró. Era bueno ignorando. Lástima que aquella noche hubiera empezado a perder práctica.

Vega no insistió. A veces una pregunta guardada hacía más daño que una pregunta lanzada. Eso lo entendí al verla apartarse.

—Vamos a revisar la habitación de Alicia —dijo—. Y la de Julián. También el despacho y el rellano.

Aurora alzó la barbilla.

—Necesitará una orden.

Vega la miró con una paciencia muy fina.

—Señora Valcárcel, su hijo ha muerto hace menos de una hora en su casa, hay indicios ocultos, un mensaje anónimo enviado desde el interior o las inmediaciones y varias declaraciones contradictorias.

Puede hacerme perder tiempo con formalidades o puede colaborar.

Le adelanto que la segunda opción suele quedar mejor cuando alguien pregunta después.

Aurora no contestó.

Eso, a esas alturas, era casi un aplauso.

La sargento dio instrucciones a Molina y a otro agente. Subirían con Alicia para abrir su antiguo cuarto. Nadie más debía moverse. Nadie podía ir al baño sin avisar. Alicia protestó por eso, por pura inercia, y Vega le respondió que podía protestar sentada.

Fue entonces cuando Tomás se acercó a mí.

No mucho. Lo justo para hablar bajo.

—Señorita Inés.

—Dime.

Tenía la cara gris.

—Necesito decirle algo.

Lo miré. Al fondo, Vega estaba hablando con Alicia. Mi madre seguía junto a la ventana. Aurora observaba a Ramiro. Martina fingía no observarnos a nosotros.

—¿Otra servilleta? —pregunté.

Tomás no sonrió.

—Antes del golpe, cuando encontré el botón, oí algo arriba.

—¿Qué?

—Arrastre.

La palabra me dejó quieta.

—¿Arrastre?

—Como si movieran un mueble. O algo pesado. No duró mucho.

Miré hacia la escalera.

—¿Por qué no se lo has dicho a Vega?

Tomás bajó la vista.

—Porque no estoy seguro.

—Tomás.

—Porque llevo muchos años en esta casa.

—Eso no es una respuesta.

—Aquí las respuestas nunca han servido para proteger a nadie.

La frase me dolió por lo sencilla. Tomás no hablaba bonito. No lo necesitaba. Había gente que llevaba la poesía en las heridas, aunque no supiera ponerle nombre.

—¿De dónde venía el ruido?

—Del rellano. O de la galería del piano.

—¿La galería del piano? ¿Eso sigue cerrado?

Tomás asintió.