Todo Queda en Familia Capítulo 6 #2
19%

Capítulo 6 #2

No miró a Tomás, pero Tomás bajó la cabeza.

Aurora intervino, más fría que antes.

—Mi hija estaba alterada. No convierta cada duda en una sospecha.

—No hace falta —dijo Vega—. Las dudas se están esforzando bastante solas.

Alicia se levantó de nuevo. Tenía esa energía de persona que necesita hablar porque callada podría pensar.

—Yo creo que esto se está descontrolando.

—Qué raro —dije—. Y yo pensando que íbamos de maravilla.

—Inés, por una vez en tu vida, cállate.

No me lo dijo con su tono habitual, ese de tía superior que cree estar corrigiendo una mala postura. Me lo dijo con rabia. Con miedo. Con algo que se le escapó por la voz y la dejó desnuda un segundo.

La miré con más atención.

—¿Qué te pasa, Alicia?

—¿A mí?

—Sí. Llevas toda la noche llorando a ratos y protestando el resto. Pero desde que Lidia ha mencionado el perfume estás como si te hubieran sentado encima de una chincheta.

—Eres insoportable.

—También observadora. Es una combinación muy cómoda para los demás.

Alicia miró a Aurora, luego a Vega, luego a la puerta.

—Yo no hice nada.

La frase fue mala.

Muy mala.

Porque nadie se lo había preguntado así.

Vega se volvió hacia ella.

—¿Qué no hizo?

Alicia palideció.

—Nada. Es una forma de hablar.

—Entonces hable mejor.

Alicia se llevó el pañuelo a la boca. Beatriz murmuró su nombre. Álvaro dejó el vaso. Martina se quedó inmóvil.

Mi madre miraba a Alicia con una expresión nueva.

Reconocimiento.

No sorpresa. Reconocimiento.

—Alicia —dijo Clara—. ¿Fuiste tú?

Alicia abrió mucho los ojos.

—¿Cómo puedes preguntarme eso?

—Porque te conozco.

—Precisamente por eso no deberías.

—No te estoy preguntando si lo mataste.

Alicia se quedó callada.

Ahí estaba el matiz.

La sargento Vega no lo dejó pasar.

—¿Qué le está preguntando entonces?

Mi madre tardó en responder.

—Si habló con él.

Alicia miró hacia la puerta del salón, como si aún pudiera escaparse a tiempo de una verdad pequeña.

—Sí —dijo al fin.

Beatriz soltó un lamento.

—Ay, Alicia.

—No empecemos, Beatriz. No estaba matándolo, estaba hablando.

—En esta familia muchas veces cuesta distinguirlo —dije.

Alicia me fulminó, pero ya no tenía fuerza.

Vega se acercó un poco.

—¿Cuándo habló con Julián?

—Después de que saliera del comedor.

—Usted declaró que estaba en el baño.

—Fui después.

—Antes dijo que fue al baño durante ese intervalo.

—Me confundí.

—Qué oportuno.

—Estaba nerviosa.

—Eso sí lo creo. ¿Dónde habló con él?

Alicia respiró hondo.

—En el pasillo del despacho.

—¿Fue usted la mujer que oyó Lidia?

—Supongo.

—¿Dijo usted “No voy a dejar que vuelvas a hacerlo”?

Alicia apretó el pañuelo.

—Sí.

Mi madre cerró los ojos, pero esta vez de alivio.

Yo no sentí alivio. Sentí que acabábamos de cambiar de puerta y que detrás había otra igual de cerrada.

—¿A qué se refería? —preguntó Vega.

Alicia miró a Aurora.

Mi abuela no dijo nada. Eso en ella podía significar permiso, amenaza o ambas cosas servidas en plato fino.

—A mi hijo —dijo Alicia.

La habitación se quedó quieta.

—¿Tu hijo? —pregunté.

Alicia no me miró.

—Sí.

—No tienes hijos.

La frase salió demasiado rápido. Demasiado seca.

Alicia me miró entonces. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero por primera vez en la noche no parecían decorativas.

—No —dijo—. No lo tengo.

Nadie habló.

Ni siquiera yo.

Y eso ya era decir.

Alicia tragó saliva. El pañuelo le temblaba entre los dedos.

—Hace treinta y cuatro años tuve un hijo. Un niño. Julián se encargó de que desapareciera de mi vida antes de que yo pudiera decidir nada.

Beatriz empezó a llorar en silencio. Aurora no se movió. Mi madre miraba el suelo. Martina se llevó una mano a la boca. Álvaro parecía no entender si aquello le afectaba, y eso en él era casi una crisis de identidad.

Yo sentí que algo se abría dentro de la habitación y dejaba salir un olor antiguo.

—¿Qué significa “desapareciera”? —preguntó Vega.

Alicia se limpió las mejillas.

—Adopción. Un acuerdo privado. Una vergüenza familiar bien colocada en otra casa.

La frase me dejó sin humor.

Y eso me enfadó más que cualquier cosa.

Porque de pronto la maternidad, los hijos, las ramas secas, mi supuesta fecha de caducidad, todos aquellos comentarios que Alicia me había lanzado durante años, se colocaron en otro sitio. No se volvían buenos. No la volvían inocente. Pero empezaban a sangrar por debajo.

—Julián iba a usarlo contra ti —dije.

Alicia asintió sin mirarme.

—Iba a contarlo. A su manera. Como si fuera una anécdota sucia que le pertenecía.

—¿Y por eso hablaste con él?

—Le pedí que no lo hiciera.

—¿Y él?

Alicia soltó una risa rota.

—Él me recordó cuánto le debía esta familia.

Aurora habló por primera vez.

—Basta.

Su voz sonó distinta. No autoritaria. Vieja.

Alicia se volvió hacia ella.

—No. Basta no. Ya no.

La sargento Vega dio un paso entre ambas, no físicamente, pero sí con la voz.

—¿Qué ocurrió después de esa conversación?

Alicia respiró hondo.

—Julián se fue hacia el despacho. Yo fui al baño. Lloré. Me arreglé la cara. Volví al comedor.

—¿Vio la copa?

—No.

—¿Vio el bastón?

—No.

—¿Subió al rellano?

—No.

—¿Lo tocó?

—No.

—¿Alguien puede confirmar que fue al baño?

Alicia negó.

—No.

La respuesta salió muy baja.

Vega anotó.

Yo miré a Alicia. Durante años me había parecido una mujer frívola, cruel en pequeño, experta en hacer daño con frases de sobremesa y una sonrisa. Y lo era. Pero ahora también era otra cosa. En mi familia, al parecer, nadie era solo insoportable. Todos venían con sótano.

—¿Por qué siempre me hablas de hijos? —pregunté.

No era el momento. Lo supe al decirlo. Pero la pregunta llevaba demasiadas cenas sentada conmigo.

Alicia me miró.

—Porque soy idiota.

Fue la respuesta más honesta que le había oído nunca.

—Y porque es más fácil dolerse de los demás que mirar dónde te duele a ti —añadió.

Ahí, por primera vez, no tuve nada que contestar.

Vega dejó que el silencio durara apenas unos segundos. Luego volvió al trabajo.

—Señora Alicia, tendrá que declarar con más detalle. Señorita Lidia, gracias. No salga de la casa.

Lidia asintió. Parecía agotada.

Entonces Molina volvió a entrar desde la salita con otro móvil en la mano. No el mío. Uno pequeño, gris, con la pantalla arañada.

—Sargento.

Vega se acercó. Molina habló bajo, pero esta vez la habitación estaba tan callada que todos oímos lo suficiente.

—Lo hemos encontrado en el paragüero del recibidor. Detrás de unos bastones. No pertenece a ninguno de los teléfonos entregados.

Vega cogió el aparato con guantes.

—¿Tiene batería?

—Sí. Y hay un mensaje enviado hace menos de diez minutos.

Yo sentí que la piel de los brazos se me tensaba.

No hizo falta preguntar a quién.

Vega miró la pantalla.

Después me miró a mí.

—El mensaje salió de este teléfono.

La habitación entera se volvió hacia el paragüero, como si el mueble fuera a confesar.

Yo pensé en el bastón de Julián, que no estaba allí.

Pensé en el móvil escondido justo donde tendría que haber estado.

Pensé en Tomás diciendo que el bastón no estaba.

Pensé en alguien dejando pistas no para ocultar la verdad, sino para repartirla poco a poco, como migas de pan en una casa llena de lobos.

—¿Y de quién es? —pregunté.

Vega no respondió enseguida.

Tocó la pantalla con el dedo enguantado y la iluminó del todo.

Había una foto de fondo.

Un niño de unos diez años, sentado en los escalones del jardín, con una sonrisa tímida y una mancha de chocolate en la camisa.

Alicia soltó un sonido ahogado.

—No —susurró.

Y entendí, antes de que nadie lo dijera, que en aquella familia incluso los secretos que creíamos enterrados habían aprendido a escribir mensajes.