Todo Queda en Familia Capítulo 6
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Capítulo 6

Mi madre abrió los ojos enseguida, pero ya era tarde.

Hay gestos que duran menos que una palabra y, aun así, dicen más.

Un parpadeo a destiempo. Una mano que se aprieta demasiado.

Una boca que se queda sin la frase preparada.

Clara Valcárcel llevaba media vida intentando no ocupar espacio en aquella familia, pero en ese momento toda la habitación la miró como si hubiera subido al centro de una mesa y hubiera confesado algo con un cuchillo en la mano.

Yo también la miré.

Y odié haberlo hecho.

—Repita la frase —dijo la sargento Vega.

Lidia tragó saliva.

—Dijo: “No voy a dejar que vuelvas a hacerlo”.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Oyó algo más?

—Él dijo algo, pero no lo entendí bien. Estaban hablando bajo. Luego oí pasos.

—¿Hacia dónde?

—Hacia el fondo del pasillo. Creo que hacia el despacho.

—Ha dicho que era una voz de mujer. ¿Podría reconocerla?

Lidia miró a las mujeres de la sala como quien examina una estantería llena de vasos caros y tiene miedo de señalar el que se va a caer. Pasó por Alicia, por Beatriz, por Martina, por Aurora, por mi madre. Al llegar a Clara, bajó los ojos.

—No lo sé.

—No le he preguntado si quiere saberlo —dijo Vega—. Le he preguntado si podría reconocerla.

—Quizá.

Alicia soltó un gemido.

—Esto es una barbaridad.

—Tía, de momento es una frase. La barbaridad está en el recibidor.

—Inés, por favor —dijo mi madre.

Su voz me sonó tan cansada que me mordí la respuesta siguiente. Y era buena. Una pena.

Vega se volvió hacia Clara.

—Señora Valcárcel, ¿habló usted con Julián después de que abandonara el comedor?

Mi madre negó despacio.

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿En ningún momento?

—No.

—Lidia afirma haber oído una voz de mujer discutiendo con él.

—No era la mía.

Lo dijo rápido. Demasiado rápido para mi gusto y, por lo visto, también para el de la sargento.

—¿Dónde estaba usted entonces?

—En el jardín.

—Sola.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo?

Mi madre miró hacia la ventana, como si el jardín pudiera darle una coartada desde fuera.

—No lo sé. Cinco minutos. Diez, quizá.

—¿Salió inmediatamente después de Julián?

—No. Salí después de que él se marchara del comedor. No sé cuánto pasó.

—¿Por qué salió?

Mi madre apretó los dedos alrededor de la correa del bolso, aunque el bolso ya no contenía nada útil. Ni teléfono, ni escapatoria, ni una versión que no se rompiera al tocarla.

—Necesitaba aire.

—Eso ya lo ha dicho. ¿Por qué?

—Porque habíamos discutido.

—¿Sobre qué?

—Sobre mi marido.

—Su marido fallecido.

—Sí.

Vega tomó nota. Lo hacía sin prisa, y eso era peor. Si hubiera escrito rápido, habría parecido un trámite. Pero cada palabra caía en la libreta como una piedrecita dentro de un pozo.

—¿Julián amenazó con revelar información sobre él?

Mi madre no contestó enseguida.

—Insinuó cosas.

—¿Qué cosas?

—No lo sé.

—¿No lo sabe o no quiere decirlo?

—No lo sé.

—Clara —dijo Aurora.

No fue una ayuda. Fue una advertencia.

Vega giró apenas la cabeza hacia mi abuela.

—Señora Aurora, cuando quiera interrogarla a usted, se lo indicaré.

Mi abuela se quedó quieta, pero el silencio que dejó fue de esos que prometían volver más tarde con abogados.

—Mi madre ha dicho que no habló con Julián —intervine.

La sargento me miró.

—Lo he oído.

—Pues igual podemos dejar de ponerla contra la pared como si hubiera bajado a mi tío por la escalera con un carrito de la compra.

Alicia se llevó una mano a la boca.

—Qué horror de imagen.

—Gracias, tía. Tú siempre tan centrada.

Vega no perdió la paciencia. Eso empezaba a molestarme un poco. Yo, en su lugar, ya me habría echado de la casa a mí misma.

—Inés, entiendo que quiera proteger a su madre, pero si vuelve a interrumpir, tendré que pedirle que espere en otra habitación.

—Fantástico. ¿Hay alguna sin familia?

—No abuse.

Me callé.

No por obediencia. Por estrategia. O por agotamiento. A veces una llama estrategia a no tener fuerzas para seguir chocando con todo.

Vega siguió preguntando a las demás. Alicia juró que estaba en el baño cuando Julián pasó por el pasillo, aunque no supo explicar por qué tardó tanto ni por qué nadie la vio volver.

Beatriz aseguró que no se movió del comedor, pero lo dijo con esa voz suya de mujer que se ofende si la realidad no la respalda.

Martina explicó que salió al pasillo, vio a Tomás cerca de la escalera y volvió.

Aurora dijo que permaneció sentada a la mesa todo el tiempo, lo cual podía ser verdad, porque Aurora no necesitaba moverse para hacer daño.

—¿Alguien puede confirmar que la señora Aurora no salió del comedor? —preguntó Vega.

Nadie contestó.

Mi abuela levantó la barbilla.

—No tengo costumbre de escabullirme por mi propia casa.

—Las costumbres son útiles hasta que dejan de serlo —respondió la sargento.

Casi la aplaudo. No lo hice porque todavía quería parecer una adulta funcional, aunque ya íbamos tarde.

Lidia seguía junto a la puerta, con las manos entrelazadas. Vega volvió a ella.

—Además de la frase, ¿recuerda algo más? Un olor, un ruido, algún detalle.

Lidia dudó.

Alicia se puso tensa. Fue muy sutil, pero no lo suficiente.

—Olía a perfume —dijo la chica.

—¿A perfume?

—Sí. Mucho. Dulce. Como flores.

Todos miramos a Alicia.

Ella abrió los ojos, indignada antes de ser acusada, que en mi familia era una forma de preparación física.

—Perdona, ¿me estáis mirando por mi perfume?

—Tía, a veces te olemos antes de verte. Es una línea de investigación razonable.

—Esto es intolerable.

—Ya lo has dicho antes. Vas perdiendo frescura.

Alicia se puso en pie.

—Yo no estaba con Julián.

—Entonces no tendrás problema en explicarlo —dijo Vega.

—Ya lo he explicado. Estaba en el baño.

—¿Con perfume?

—Llevo perfume siempre.

—Eso es verdad —dije—. En el colegio, un profesor mío pensaba que eras una excursión botánica.

Alicia me ignoró con más esfuerzo que éxito.

—El baño del pasillo tiene un difusor de jazmín —añadió—. Puede que la chica oliera eso.

Lidia negó.

—No era jazmín.

—¿Y tú qué sabes?

La pregunta salió fea. Clasista. De esas que en mi familia aparecían cuando alguien se sentía acorralado y dejaba de ponerse guantes.

Lidia bajó la vista, pero contestó.

—Porque limpio ese baño, señora. Sé cómo huele.

El silencio que siguió fue delicioso durante medio segundo y triste después. Alicia volvió a sentarse, roja de rabia.

Vega anotó algo más.

—De acuerdo. Seguiremos con eso. Ahora necesito revisar las llamadas y mensajes recientes de todos.

Molina, el agente que se había llevado los móviles, apareció desde la salita con mi teléfono en una bolsa y una cara que no prometía buenas noticias. Se acercó a Vega y le habló en voz baja. Yo no pude oírlo todo, pero capté palabras sueltas: número oculto, tarjeta prepago, repetidor cercano, casa.

—¿La señal salió de aquí? —preguntó Vega.

Molina bajó más la voz.

Pero no lo suficiente.

—O de muy cerca.

La sargento miró hacia las ventanas. Fuera estaba el jardín, la verja, los muros de piedra, la finca de los Alvarado al otro lado de la oscuridad. La frase del mensaje volvió a encenderse en mi cabeza.

Tu tío no cayó. Lo bajaron.

Si el mensaje había salido de dentro de la casa, uno de los presentes estaba jugando. Si había salido de fuera, alguien nos estaba mirando. Ninguna opción era especialmente acogedora.

—¿Qué pasa? —preguntó Álvaro.

Vega lo miró.

—Estamos comprobando el origen del mensaje.

—¿Y?

—Y cuando tenga algo que decirle, se lo diré.

Álvaro soltó una risa nerviosa.

—Esto es ridículo. Nos está tratando como criminales.

—No —dijo Vega—. Estoy tratando una muerte sospechosa como una muerte sospechosa. Ustedes se están colocando solos donde les parece.

Martina murmuró:

—Touché.

—¿Qué? —preguntó Alicia.

—Nada, tía.

El agente volvió a apartarse. Vega pidió que nadie entrara en el comedor hasta que revisaran las copas y las botellas. Aquello provocó en Beatriz una expresión de alarma.

—¿La tarta también?

La sargento la miró.

—¿Perdón?

—Queda media tarta en la mesa.

Durante un instante pensé que Vega iba a rendirse. No a la investigación. A la especie humana.

—Nadie va a tocar la tarta.

—No, claro. Es solo que...

—Beatriz —dijo Aurora.

Beatriz cerró la boca.

Yo me acerqué a Martina.

—¿Crees que si esto se alarga mucho nos dejarán cenar pruebas?

—Depende. Igual la tarta tiene mejor coartada que nosotros.

Me reí por la nariz. Fue un sonido pequeño y feo. Pero me hizo bien.

La puerta de entrada se abrió y entró otro agente con el abrigo húmedo. Habló con Vega en voz baja. Esta vez sí alcancé más.

—Hay huellas en el barro junto a la terraza lateral. Varias. Una parece de zapato de mujer. Otra, más grande. Hemos acordonado la zona.

Mi madre dejó de respirar un segundo.

Yo lo vi.

Otra vez.

Y otra vez odié verlo.

Vega también lo vio. Empezaba a sospechar que aquella mujer podía detectar un parpadeo culpable en una sala llena de estatuas.

—Señora Clara —dijo—, ha declarado que estuvo en el jardín.

—Sí.

—¿Por la terraza lateral?

—No. Por la puerta del comedor.

—¿Está segura?

—Sí.

—Tiene tierra en las manos.

Mi madre miró sus dedos. Parecía que aquella tierra ya no fuera tierra, sino una frase escrita en otro idioma.

—Me apoyé en una jardinera.

—¿En qué zona?

—Cerca del rosal.

—¿El rosal está junto a la puerta del comedor?

—Sí.

—¿Se acercó a la terraza lateral?

—No.

—¿Vio a alguien en el jardín?

Mi madre negó.

—¿Oyó algo?

Negó de nuevo.

—¿Nada?

—El viento. Las ramas.

—Estamos en una finca con una persona muerta dentro de la casa, señora Valcárcel. Necesito que sea más precisa que “las ramas”.

Mi madre se humedeció los labios.

—Oí una puerta.

—¿Qué puerta?

—No lo sé. Una puerta cerrándose.

—¿Antes o después del golpe?

—Antes.

—¿Cuánto antes?

—No lo sé.

—¿Un minuto? ¿Cinco? ¿Diez?

Mi madre cerró los ojos.

—Poco. Creo.

Vega anotó.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Porque no sabía si era importante.

—Aquí casi todo el mundo parece tener una idea muy personal de lo importante —dijo la sargento.