Todo Queda en Familia Capítulo 5 #2
16%

Capítulo 5 #2

Miré hacia la copa rota del vestíbulo. Uno de los agentes estaba fotografiándola desde varios ángulos.

Otro marcaba la zona. El vino ya no parecía elegante.

Parecía puesto ahí para que todos lo miráramos.

Eso fue lo que me molestó de pronto. La copa era demasiado evidente.

Demasiado cómoda. Como una explicación dejada en el suelo para gente con prisa.

—Si no bebió de esa copa —murmuró Martina—, ¿por qué estaba junto a su mano?

—Porque alguien quería que la viéramos.

—O porque se le cayó a otra persona.

—O porque a Julián le dio por hacer bodegones antes de morir.

Martina se cruzó de brazos.

—Tú haces bromas cuando estás nerviosa.

—No. Hago bromas siempre. Cuando estoy nerviosa, además hablo más rápido.

—Pues estás hablando bastante rápido.

No contesté. Tenía razón, y siempre me ha parecido de mala educación confirmar esas cosas.

Mi madre seguía junto a la ventana. La vi observar la puerta cerrada de la salita donde Vega interrogaba a Lidia.

Había algo en su cara que me llevó de vuelta a la conversación anterior: tu padre cometió errores, pero no robó ese dinero.

Doce años para eso. Doce años de mirar mi propia historia como si le faltara una página y descubrir que no faltaba una, sino que alguien la había arrancado.

Me acerqué a ella.

—Lidia acaba de decirme algo.

Mi madre no apartó la vista de la puerta.

—¿Qué?

—Que Julián no bebió de esa copa.

Su reacción fue mínima. Pero existió.

Un parpadeo más largo. Los dedos apretándose contra el bolso que ya no tenía teléfono. La garganta moviéndose como si se hubiera tragado una respuesta.

—¿Lo sabías? —pregunté.

—No.

—Mamá.

—No lo sabía.

—Pero no te sorprende.

—Esta noche ya no sé qué me sorprende.

—A mí me sorprende bastante que mi tío muerto vaya acumulando accesorios: copa falsa, bastón escondido, botón de abogado y mensaje anónimo. Parece un juego de mesa para familias con traumas.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Convertirlo todo en un chiste antes de sentirlo.

La frase me dolió porque era verdad. Y porque venía de ella, que llevaba media vida convirtiéndolo todo en silencio antes de sentirlo.

—Cada una tiene sus métodos —dije.

Mi madre bajó la mirada.

—Sí.

Durante un instante pensé que iba a decir algo más. Algo sobre mi padre. Algo sobre Julián. Algo que por fin tuviera bordes. Pero Alicia se acercó antes de que pudiera hacerlo.

—Clara, cariño, ¿estás bien?

Mi madre compuso la cara al instante. Fue casi físico. Un telón bajando.

—Sí, Alicia.

—Qué espanto todo. Y qué injusto para mamá. Precisamente hoy.

Miré a Alicia.

—Sí, tía. Julián ha tenido muy poca consideración muriéndose en el cumpleaños de su madre.

—No me refiero a eso.

—Qué alivio. Por un momento parecía que sí.

Alicia me ignoró, cosa que no hacía a menudo porque ignorarme le costaba casi tanto como entenderme.

—Creo que deberíamos llamar a Enrique —dijo.

Mi madre se puso rígida.

Yo miré a una y a otra.

—¿Quién es Enrique?

Alicia se dio cuenta demasiado tarde de que había hablado de más. Una de sus especialidades era poner cara de inocente después de lanzar una granada.

—Nadie.

—Qué popular es Nadie esta noche. Está en todas partes.

—Un amigo de la familia —dijo mi madre.

—¿Un amigo o un abogado de repuesto?

Alicia apretó los labios.

—Es notario.

Ah.

La palabra encajó con un ruido seco.

—¿Notario? —pregunté.

Mi madre cerró los ojos apenas.

—Inés...

—No. Ahora no me hagáis el número de mirar al suelo. ¿Qué pinta un notario en todo esto?

Alicia se abanicó con el pañuelo, aunque no hacía calor.

—Julián iba a formalizar algunos cambios mañana.

—Pero Ramiro tenía documentos esta noche.

—Borradores —dijo mi madre.

—¿Borradores firmados con tinta en los dedos?

Ninguna respondió.

A veces el silencio familiar tenía una eficacia admirable. Servía para confirmarlo todo sin comprometer la elegancia.

Martina se acercó.

—¿Enrique es Enrique Soler?

Alicia la miró fatal.

—Martina.

—¿El notario del pueblo? —pregunté.

—Sí —respondió Martina, ya lanzada—. El mismo que hizo las escrituras de la finca de los Alvarado.

Alicia se llevó una mano al pecho.

—¿Tú cómo sabes eso?

—Porque leo cosas que no son invitaciones de boda.

—Martina, por favor.

—No, tía. Ya está bien. Lleváis toda la noche tratando a Inés como si fuera la única que pregunta demasiado, pero aquí todo el mundo sabe algo y nadie quiere decirlo hasta que se le cae un botón, un bastón o un muerto delante.

La miré con gratitud.

—Ha sido precioso.

—No te acostumbres.

Mi madre respiró hondo.

—Enrique venía mañana por la mañana.

—¿A la casa?

—Sí.

—¿Para firmar qué?

Mi madre me miró.

—No lo sé.

Esta vez le creí un poco menos.

Antes de que pudiera insistir, la puerta de la salita se abrió. Vega salió con Lidia. La chica tenía los ojos rojos, pero no lloraba. Eso la hacía parecer más asustada que si hubiese estado hecha un mar de lágrimas.

La sargento caminó hacia el centro del salón.

—Necesito aclarar quién sirvió las bebidas después de la cena.

Tomás dio un paso.

—Yo serví el café. Lidia ayudó con los platos.

—¿Y el vino?

—Durante la cena, yo.

—¿Después?

Tomás miró a Lidia.

Lidia habló casi en un susurro.

—Yo recogí algunas copas del comedor. Luego llevé una botella al mueble bar porque la señora Alicia dijo que quizá tomarían algo en el salón.

Alicia abrió mucho los ojos.

—Yo no dije eso.

Lidia la miró, sorprendida.

—Sí, señora.

—Dije que quizá alguien querría algo más. No que llevaras una botella.

—Alicia —dijo Aurora—, no matices tonterías.

—No es una tontería si parece que yo he pedido el vino del muerto.

—Nadie ha dicho eso —respondió Vega.

—Pero lo están pensando.

—Ahora sí —dije.

Alicia me fulminó.

Vega continuó.

—Lidia afirma que vio al señor Julián pasar por el pasillo sin copa después de abandonar el comedor.

—Sí —dijo Lidia.

—¿Hacia dónde iba?

—Hacia el despacho. O eso parecía.

—¿Solo?

Lidia tragó saliva.

—No.

La habitación cambió otra vez.

Casi pude oír cómo cada uno empezaba a calcular dónde estaba, qué había dicho, quién podía haberlo visto. En las familias como la mía, la verdad no entra nunca sola. Entra con cuentas pendientes.

—¿Con quién iba? —preguntó Vega.

Lidia miró hacia el suelo.

—No le vi la cara.

Alicia soltó aire con evidente alivio, lo cual fue bastante poco discreto.

—¿Entonces cómo sabe que iba con alguien? —preguntó la sargento.

—Porque oí otra voz. Una voz de mujer.

Mi madre no se movió.

Aurora tampoco.

Beatriz dejó de rezar.

Alicia se quedó tan quieta que por fin pareció una persona pintada.

Martina miró de reojo a mi madre.

Yo también.

No quise hacerlo, pero lo hice.

—¿Qué decía esa voz? —preguntó Vega.

Lidia apretó el delantal entre los dedos.

—No lo sé todo. Estaban discutiendo bajo. Pero escuché una frase.

—Dígala.

Lidia respiró hondo.

—Ella dijo: “No voy a dejar que vuelvas a hacerlo”.

Mi madre cerró los ojos.

Fue apenas un instante.

Pero yo lo vi.

Y la sargento Vega también.